Nos encontramos ya en plena vorágine
electoral. Son muchas las cosas que se
ventilan en dicho proceso. Estamos -aunque
molesta a muchos que se recuerde-
permitiendo que alguien protagonice
nuestras vidas y nuestra libertad sin
nuestro consentimiento. Lo cual, como ya
dijera Abraham Lincoln, no le
corresponde a hombre alguno por bueno que
sea.
Con ser grave, muy grave, la
situación social y política -tanto a nivel
nacional como autonómico-, me parece
infinitamente más deplorable la actitud del
cuerpo social, aunque, por ventura, se
atisben ciertos indicios de reacción.
Nadie, o casi nadie, se escandaliza ya de
nada. Y lo que es peor, son muy pocos los
que se avergüenzan de todo ello e intentan
ponerle remedio. Sin embargo, casi nadie
renuncia a mostrar las paradojas del
tiempo hipermoderno que nos toca vivir
(Lipovetsky/Charles). En
efecto, la inmensa mayoría de la ciudadanía
practica a diario, como si se tratara de
consumados maestros, el arte de mirar hacia
otro lado, de aparentar que no se ha
enterado de lo que pasa, de abrazarse a lo
más cómodo, de no complicarse la vida, de
colocar al familiar incompetente, de
obtener del político de turno alguna
ventaja urbanística o de cualquier tipo, de
jugar a La Piñata, de obtener de los
políticos un trato diferenciado por la
puerta trasera, de ser beneficiario de
alguna subvención.
Tan pasota,
egoísta, contradictoria, irresponsable y
antisocial actitud -por extendida que lo
esté y lo está- es el caldo de cultivo de
cierta clase política que padecemos.
Tenemos los políticos que queremos, que
mantenemos y que refrendamos. ¿A qué viene
lamentarse después? La clase política deja,
sin duda, mucho que desear. Pero no es
menos cierto que ello es así porque la
sociedad es como es. Como dijera el jesuita
y enciclopedista Guillaume Raynal,
«la fuerza del gobernante no es en realidad
más que la fuerza de los que se dejan
gobernar». Los políticos son lo que el
cuerpo electoral quiere que
sean.
Desde esta perspectiva, los
gobernados tenemos el derecho y el deber de
recordar a la clase política que están a
nuestro servicio, que viven de nuestros
impuestos, que sólo se legitiman si tutelan
nuestros derechos y nos gobiernan con
eficacia. Ya sé que semejante recordatorio
les sabe a cuerno quemado. Pero, aunque
muchos no lo quieran ver, ahí radica una de
las esencias del buen gobierno democrático.
Precisamente, porque estas ideas han
desaparecido del ideario de la mayoría del
electorado y de la clase política, porque
no tenemos la fuerza moral para exigir su
vigencia, porque carecemos de ciertos
valores, nos encontramos tan alejados del
ideal democrático.
En este punto, me
atrevo a recordar a los dirigentes del PP
que realicen un profundo examen de
conciencia. No jueguen con su electorado,
que anda un tanto agitado y no sin cierta
razón. ¡Ya está bien! No desoigan sus
quejas, escuchen infinitamente más de lo
que es habitual en ustedes, no sean tan
prepotentes, despréndanse de tanto
protegido incompetente y no falten tanto a
la verdad. El pacto con la Princesa
les saldrá muy caro. Tiempo al tiempo. ¿De
verdad no quieren saber nada de ella? ¿No
es más cierto que el pacto ya se firmó al
inicio de la legislatura que termina y fue
para ocho años? ¡Ya lo veremos!
Para
terminar, una última reflexión. Cuando uno
participa en lo que se comenta en los más
diversos foros sociales y políticos, se
queda perplejo y apenado. Casi nada se
enfoca con objetividad. Casi todo depende
de la previa perspectiva política en que la
mayoría de la gente se halla instalada.
Aunque parezca mentira, la inmensa mayoría
del electorado se posiciona a partir de un
principio sagrado, no explicitado, que
consiste en marginar la racionalidad y que
se formula con calculada simplicidad: «Yo,
con los míos». A pocos, a muy pocos se les
escucha una palabra de recriminación del
pasotismo vigente o de la falta de un
mínimo de compromiso social. Todo se reduce
a echar la culpa al vecino, al adversario
político, a los demás. Ni la más mínima
autocrítica.
Semejante estado de
cosas, que nadie debiera ignorar, me obliga
a proclamar una incorrección política y
social que toma del gran George
Steiner. Dice así: «Los hombres son
cómplices de cuanto les deja indiferentes».