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  Domingo, 11 de marzo de 2007 Actualizado a las 01:56
 

EL ÁGORA
El pacto con 'la Princesa'

GREGORIO DELGADO DEL RÍO



Nos encontramos ya en plena vorágine electoral. Son muchas las cosas que se ventilan en dicho proceso. Estamos -aunque molesta a muchos que se recuerde- permitiendo que alguien protagonice nuestras vidas y nuestra libertad sin nuestro consentimiento. Lo cual, como ya dijera Abraham Lincoln, no le corresponde a hombre alguno por bueno que sea.

Con ser grave, muy grave, la situación social y política -tanto a nivel nacional como autonómico-, me parece infinitamente más deplorable la actitud del cuerpo social, aunque, por ventura, se atisben ciertos indicios de reacción. Nadie, o casi nadie, se escandaliza ya de nada. Y lo que es peor, son muy pocos los que se avergüenzan de todo ello e intentan ponerle remedio. Sin embargo, casi nadie renuncia a mostrar las paradojas del tiempo hipermoderno que nos toca vivir (Lipovetsky/Charles). En efecto, la inmensa mayoría de la ciudadanía practica a diario, como si se tratara de consumados maestros, el arte de mirar hacia otro lado, de aparentar que no se ha enterado de lo que pasa, de abrazarse a lo más cómodo, de no complicarse la vida, de colocar al familiar incompetente, de obtener del político de turno alguna ventaja urbanística o de cualquier tipo, de jugar a La Piñata, de obtener de los políticos un trato diferenciado por la puerta trasera, de ser beneficiario de alguna subvención.

Tan pasota, egoísta, contradictoria, irresponsable y antisocial actitud -por extendida que lo esté y lo está- es el caldo de cultivo de cierta clase política que padecemos. Tenemos los políticos que queremos, que mantenemos y que refrendamos. ¿A qué viene lamentarse después? La clase política deja, sin duda, mucho que desear. Pero no es menos cierto que ello es así porque la sociedad es como es. Como dijera el jesuita y enciclopedista Guillaume Raynal, «la fuerza del gobernante no es en realidad más que la fuerza de los que se dejan gobernar». Los políticos son lo que el cuerpo electoral quiere que sean.

Desde esta perspectiva, los gobernados tenemos el derecho y el deber de recordar a la clase política que están a nuestro servicio, que viven de nuestros impuestos, que sólo se legitiman si tutelan nuestros derechos y nos gobiernan con eficacia. Ya sé que semejante recordatorio les sabe a cuerno quemado. Pero, aunque muchos no lo quieran ver, ahí radica una de las esencias del buen gobierno democrático. Precisamente, porque estas ideas han desaparecido del ideario de la mayoría del electorado y de la clase política, porque no tenemos la fuerza moral para exigir su vigencia, porque carecemos de ciertos valores, nos encontramos tan alejados del ideal democrático.

En este punto, me atrevo a recordar a los dirigentes del PP que realicen un profundo examen de conciencia. No jueguen con su electorado, que anda un tanto agitado y no sin cierta razón. ¡Ya está bien! No desoigan sus quejas, escuchen infinitamente más de lo que es habitual en ustedes, no sean tan prepotentes, despréndanse de tanto protegido incompetente y no falten tanto a la verdad. El pacto con la Princesa les saldrá muy caro. Tiempo al tiempo. ¿De verdad no quieren saber nada de ella? ¿No es más cierto que el pacto ya se firmó al inicio de la legislatura que termina y fue para ocho años? ¡Ya lo veremos!

Para terminar, una última reflexión. Cuando uno participa en lo que se comenta en los más diversos foros sociales y políticos, se queda perplejo y apenado. Casi nada se enfoca con objetividad. Casi todo depende de la previa perspectiva política en que la mayoría de la gente se halla instalada. Aunque parezca mentira, la inmensa mayoría del electorado se posiciona a partir de un principio sagrado, no explicitado, que consiste en marginar la racionalidad y que se formula con calculada simplicidad: «Yo, con los míos». A pocos, a muy pocos se les escucha una palabra de recriminación del pasotismo vigente o de la falta de un mínimo de compromiso social. Todo se reduce a echar la culpa al vecino, al adversario político, a los demás. Ni la más mínima autocrítica.

Semejante estado de cosas, que nadie debiera ignorar, me obliga a proclamar una incorrección política y social que toma del gran George Steiner. Dice así: «Los hombres son cómplices de cuanto les deja indiferentes».

 
   
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