J. M. PLAZA
MADRID.- «Muchos años
después, frente al pelotón de fusilamiento,
el coronel Aureliano Buendía había de
recordar aquella tarde remota en que su
padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo
era entonces...».
Con voz seca y
firme, la vicepresidenta primera del
Gobierno, María Teresa Fernández de la
Vega, comenzó ayer, a las nueve de la
mañana, la lectura de Cien años de
soledad, la inmortal novela de García
Márquez. La vicepresidenta fue la primera
del largo centenar de lectores cualificados
que pasaron por la Casa de
América.
El director de esta
institución, Miguel Barrroso, señaló que
con la lectura pública y completa de
Cien años de soledad (a imitación de
la lectura de El Quijote) han
pretendido hacer un regalo a García
Márquez, que precisamente hoy, martes,
cumple 80 años.
Con este motivo, a la
medianoche de ayer, cuando la novela estaba
a punto de cerrar los ojos, se encendieron
las dos velas de una tarta de nata que
reproducía la portada y la primera página
del libro, editado en 1967.
«¡Uff, ya
ni me acuerdo de cuándo leí Cien años de
soledad. Fue hace muchos años. Era muy
joven, y me pareció fascinante», confesó
Fernández de la Vega, que llegó acompañada
de las chicas del PSOE: Carme
Chacón, Leire Pajín y Trinidad Jiménez,
quienes leyeron después de
ella.
Trinidad Jiménez, secretaria de
Estado para Iberoamérica, descubrió la
novela en la universidad y aún recuerda la
impresión que le causó la vitalidad, la
belleza y el mundo de Macondo. Leire Pajín,
secretaria de Estado de Cooperación
Internacional, conoció la novela como
lectura en el instituto, pero fue luego, al
releerla por placer, cuando captó toda su
grandeza. Su lectura le marcó, dice, junto
a la de Nada, de Carmen Laforet, y
las poesía de Mario Benedetti.
Carme
Chacón, vicepresidenta del Congreso, fue la
más precoz: leyó la novela a los 12 años. Y
la entendió: «Ya había leído mucho a esa
edad», confesó ayer; «y me gustó tanto que
durante mucho tiempo no quise volver a ella
por si me desencantaba. La releí a los 21 y
la impresión fue aún mayor».
Tras las
cuatro damas socialistas, el Palacio de
Linares se convirtió en un ir y venir de
periodistas, escritores, cineastas y gente
de la cultura que pasó por allí para leer
sus correspondientes siete páginas de
Cien años de soledad: Iñaki
Gabilondo, Fernando Olmeda, Montxo
Armendáriz, Mercedes Sampietro, Irene Zoe
Alameda, Ángeles González-Sinde, Emma
Suárez, Rogelio Blanco (director general
del libro), Manuel Francisco Reina, Marisa
Paredes...
Uno de los más
madrugadores fue Dasso Zaldívar, que pasó
desapercibido entre tanto tránsito pero que
es el mayor experto en García Márquez de
todos los que pasaron por Casa de América
-no en vano es el autor de Viaje a la
semilla, un estudio biográfico del
escritor colombiano que se acaba de
reeditar coincidiendo con el cuarto de
siglo de la concesión del Premio
Nobel-.
Una vez realizado su tramo de
lectura, Zaldívar recordó el origen del
término Macondo, que es una palabra bantú
que en su lenguaje original (plural de
likondo) significa plátanos o frutas del
diablo.
«Es una palabra que llegó al
Caribe con los esclavos africanos, en el
siglo XVI, y que en algún momento tuvo un
cambio de significado, y macondo pasó a
denominar a unos árboles muy altos,
frecuentes en Santa Marta de
Colombia».
Zaldívar, que descubrió
Cien años de soledad a los 13 años,
señala que Macondo era el nombre de una
finca de la compañía bananera que Márquez
veía cuando pasaba en tren camino de la
ciudad. «Así que cuando escribió su primera
novela, La hojarasca, recordó ese
nombre bien sonoro», dijo.