J. R. R.
PALMA.- Se llama Colegio
Público Julián Gómez Elisburu y está en la
calle Baleares, de la ciudad de Gijón, en
Asturias, pero esa no es su única relación
con las Islas. Hace poco una alumna de
Primaria llegó al centro procedente de un
colegio de Mallorca. Desde el Elisburu (que
es como más se conoce al centro) se pidió
al colegio de la Isla el expediente de la
niña.
Les respondieron en catalán.
Los asturianos, ni cortos ni perezosos,
contestaron a la carta catalana en bable,
la lengua propia de Asturias, que aunque
aún no tiene el reconocimiento oficial,
está aceptada como tal por el pueblo astur.
La carta, en tono jocoso, acaba invitando a
los mallorquines a telefonear al Elisburu:
«Si queréis allugamos metei los deos nos
furacos 985384402 que ye'l nuesu númberu pa
llamar de lloñe». Está claro.
La
noticia apareció el pasado 27 de diciembre
en la página 10 del periódico La Nueva
España, firmada por Ana Rubiera. La
periodista destaca que el colegio y su
director, Manuel Llano, han querido tomarse
la cosa a broma, aunque denunciando desde
el humor la, cuando menos, falta de
delicadeza de los talibanes
catalanistas del colegio en
cuestión.
«Para qué nos complicaremos
tanto la vida». Esta es la reflexión que
La Nueva España refleja en forma de
declaraciones de Manuel Llano, director del
Colegio Julián Gómez Elisburu. La polémica
«podría interpretarse como una
provocación», señala Rubiera y añade que
«Llano y su equipo han decidido tomarse en
clave irónica, porque estamos en fiestas,
es Navidad y queremos acabar el año con
buen humor», dice el director.
A
petición del Colegio Público Elisburu, la
madre de la niña que se incorporó al
colegio asturiano requirió a su antiguo
colegio de Mallorca el obligado certificado
de matrícula de la estudiante y, pese a
advertir que sería para un colegio
asturiano, el papel que acabó llegando a
Gijón estaba escrito en
mallorquín.
Incumplir la
normativa
Con esta actuación el
centro podría haber incumplido la normativa
balear que desde principios de esta
legislatura obliga a los colegios a
respetar la elección de lengua de
comunicación con los padres, aunque el
centro sea un colegio con proyecto
lingüístico de inmersión, de esos que usan
el catalán como lengua vehicular al
100%.
«¿Qué sentido tiene entrar en
estas dinámicas?», dice Manuel Llano en sus
declaraciones a La Nueva España,
«sobre todo tras saber que la madre de la
alumna había advertido de la posibilidad de
que enviaran el texto en castellano, a lo
que al parecer contestaron desde el centro
que «nuestro idioma es el catalán, así que
ya lo entenderán», escribe Rubiera. Y
añade:
Para poner de relieve lo
absurdo de llegar a ese nivel de ineficacia
en sus relaciones, el Colegio Elisburu ha
ideado una contestación en asturiano a sus
compañeros mallorquines. «Nos gusta el
humor, y este cachondeo tiene que servir
para que todos seamos un poco más
colaboradores», apunta el director del
Elisburu.
Explica la información de
La Nueva España que en la réplica de
los responsables gijoneses de este colegio
público -que tuvieron que consultar con la
Oficina Municipal de la Llingua para no
cometer errores- «además de invitar a un
culín de sidra a sus homónimos de Mallorca
les dejan claro que necesitan el expediente
académico de la niña para registrarla en el
centro».
Y lo dicen en bable, es
decir, en la lengua de los montes astures:
«Nun vos preocupéis si nun lu entendemos.
Ya-y pidimos al nuesu Conseyeru que nos
mande pa cada colexu un tradutor de
gallegu, otru d'eusquera, otru de catalán,
otru de valenciá, otru de mallorquín, otru
d'aranés y, por si acasu, otru que sepa
dellos dialetos. Asina entenderémonos col
restu les comunidaes españoles, porque
colos marroquís, ucranianos y rumanos no
tenemos problema nengún d'entendimientu»,
les dicen.
A la espera de noticias,
el «direutor» del Colegio Público Elisburu
advierte a los compañeros del centro
público docente de Mallorca que «si querés
allueganos, metei los deos nos furacos
985384402, que ye'l nuesu ñúmeru pa llamar
de lloñe».
De este texto se desprende
que «marcar el número de teléfono» se dice
en bable utilizando la expresión «meter los
dedos en los agujeros», probablemente un
arcaísmo derivado de la necesidad de meter
los dedos en los agujeros de los antiguos
teléfonos con dial. Es lo que tienen las
lenguas montañeras, que conservan la
belleza de las formas de expresión de otros
tiempos.