Está claro que el día en que Jaume
Matas decidió sacar adelante una
reforma a fondo del Estatut, pensó en poner
tan arduo y delicado cometido en manos de
la persona de su máxima confianza: Rosa
Estaràs. Al igual que en su día, del
Marqués de Santa Cruz, don Álvaro de
Bazán, cuando levantó su magnífico
palacio en el páramo de El Viso, se dijo
aquello de que lo hizo «porque pudo y
porque quiso», nuestro presidente Matas
también porque quiso dejó tan delicado
asunto en manos de esta habilidosa
política, con perfecto cálculo de lo que
hacía. Y la chica, ya lo saben ustedes, se
puso a trabajar.
A la hora en que
salgan estas líneas, estaremos a punto de
ver publicado y convertido definitivamente
en ley el Estatut; un texto que aprobaba el
pasado miércoles por abrumadora mayoría el
Senado y que puesto en pie, aplaudió
elegantemente a la representación balear
que había acudido al acto. El gesto no pudo
resultar más redondo y expresivo. Aquellos
padres de la patria acababan de constatar
cómo con esta reforma estatutaria los
políticos de las islas han dado ejemplo de
sentido común, de cohesión y diálogo, o sea
de precisamente estos ingredientes que
tanto se notan a faltar en otros pagos de
la vida política española.
Temo que
es imposible sintetizar en estas líneas el
largo periplo de esta ley. De ahí que
prefiera centrarme en el protagonismo que
Matas otorgó a Rosa, y que ella supo
ejercer en todo instante, incluido el
momento emblemático en que pronunciaría el
discurso con el que defendió el texto ante
la comisión del Senado, y que no tiene
desperdicio. Lo primero que pienso es que
tenía que ser una mujer la que asumiese tal
protagonismo. En las Islas, para reconocer
a la mujer su primacía social no
necesitamos acudir a leyes de paridad. Una
historia de más de dos mil años avala el
peso del matriarcado entre nosotros,
consagrado en nuestro Derecho y rubricado
con el papel de árbitro decisivo que la
mujer ha venido desempeñando en lo
realmente importante que nos acontece,
incluso en el ámbito religioso. No pocas
veces he dicho, medio en serio medio en
broma, que si el fantástico Ramon Llull
y el eximio Miquel Costa
hubiesen tenido nombre de mujer, como
Catalina o Francinaina, ya haría años que
serían santos.
Pero volvamos a Rosa.
Nada más comenzar su discurso se
despacharía con las siguientes palabras:
Tiempo atrás, éramos un reino en mitad del
mar, lo cual nos configuró una lengua, una
cultura y unas tradiciones propias, y la
historia nos ha enseñado que el mejor
instrumento de progreso es siempre nuestra
capacidad de decisión. Podrían éstas
parecer unas frases retóricas, más o menos
bonitas para comenzar un discurso, pero si
nos fijamos resultan mucho más que esto.
Expresan un total compromiso con ser lo que
se es, renunciando a sucursalismos de una u
otra especie, y además reconociendo que
desde este «ser lo que se es» tenemos los
baleares la clave para avanzar, partiendo
de la confianza en nuestra capacidad de
decisión. Rosa ha sido mujer que aúna,
siempre fiando en la capacidad de diálogo,
en el saber escuchar, que sin duda
constituye uno de sus elementos más
característicos. Porque sabe escuchar,
dirigió, sin perderse ni una sola de ellas,
las cuarenta sesiones de la comisión de
expertos que hizo el primer borrador del
Estatut. Y también porque sabe escuchar se
reunió personalmente con cuatrocientas
ochenta y seis asociaciones de las Islas
para conocer su particular visión del
proceso estatutario.
Es curioso,
cuando esta valiosa política tuvo que
enfrentarse con quien preconizaba las
enmiendas que resultaron rechazadas, fue
acusada de «católica», y no por santona,
sino por cerrada y recalcitrante, que para
según quienes resulta lo mismo.
Comprenderán que el epíteto venía de
Benet i Revès de Esquerra
Republicana, formación de no poco olor a
sacristía, que ofreció la divertida
ocurrencia de acudir al símil de la lógica
de la Reforma Protestante, para echar en
cara a Rosa su desconocimiento del
verdadero espíritu del «pluralismo», o sea
esta excelsa virtud que anima a las gentes
de habla catalana, más cercanas a «una
interpretación quizá sajona, de moral
protestante y no católica». A estos señores
de la corte de Carod si no los ves y
les oyes no te los crees. Como verán, la
intervención de Benet da para todo un
artículo aparte.
El hecho es que Rosa
a pesar de ser acusada de falta de
sensibilidad hacia el pluralismo, pudo
recordar ante todos cómo el texto llegaba
desde el esfuerzo común de entendimiento
entre partidos. Había sido votado por el
ochenta por ciento del Parlament, o sea por
50 de sus 59 diputados, ya que sólo se
mantendrían al margen los de Izquierda
Unida y del PSM. Pese a ello, Rosa en su
discurso no dejaría de hacer una mención de
agradecimiento a estos grupos, que al menos
habían puesto en el debate lo mejor de su
dialéctica. Y no se olvidaría de recalcar,
cómo el Grupo Popular, aún teniendo la
mayoría, había aceptado nada menos que
setenta enmiendas de las ciento veinte
planteadas por el PSOE.
Y terminemos,
no por falta de tela, sino de espacio.
Excelente el senador popular
Josep Seguí de Menorca, así como
Carlos Gutiérrez de Mallorca.
Elegante y conciliador Pérez Sáenz
del PSOE, al que no le dolerían prendas a
la hora de reconocer y aplaudir la
intervención de Rosa, y al que también se
uniría la voz del convergente Jordi
Cases, que incluso llegado el plenario
cambiaría su intención de voto en relación
a su anunciado apoyo a las enmiendas de
Entesa Catalana, molesto de las majaderías
e inoportunidades de su portavoz. Y es que
Cases es de estos caballeros que, como el
senador socialista por Mallorca Joaquín
Bellón, honran la política estén donde
estén. Realmente inefable el señor
Cuenca Cañizares de Izquierda Unida,
anunciando su voto en contra por aquello de
que «no se les respeta a los baleares el
derecho y el deber del uso del catalán». Y
al final de la historia, ya lo saben
ustedes, 224 votos a favor, ningún voto en
contra y siete abstenciones.