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  Lunes, 26 de febrero de 2007 Actualizado a las 00:59
 

EL TELESCOPI
La 'Rosa' que abanderó nuestro Estatut

ROMÁN PIÑA HOMS


Está claro que el día en que Jaume Matas decidió sacar adelante una reforma a fondo del Estatut, pensó en poner tan arduo y delicado cometido en manos de la persona de su máxima confianza: Rosa Estaràs. Al igual que en su día, del Marqués de Santa Cruz, don Álvaro de Bazán, cuando levantó su magnífico palacio en el páramo de El Viso, se dijo aquello de que lo hizo «porque pudo y porque quiso», nuestro presidente Matas también porque quiso dejó tan delicado asunto en manos de esta habilidosa política, con perfecto cálculo de lo que hacía. Y la chica, ya lo saben ustedes, se puso a trabajar.

A la hora en que salgan estas líneas, estaremos a punto de ver publicado y convertido definitivamente en ley el Estatut; un texto que aprobaba el pasado miércoles por abrumadora mayoría el Senado y que puesto en pie, aplaudió elegantemente a la representación balear que había acudido al acto. El gesto no pudo resultar más redondo y expresivo. Aquellos padres de la patria acababan de constatar cómo con esta reforma estatutaria los políticos de las islas han dado ejemplo de sentido común, de cohesión y diálogo, o sea de precisamente estos ingredientes que tanto se notan a faltar en otros pagos de la vida política española.

Temo que es imposible sintetizar en estas líneas el largo periplo de esta ley. De ahí que prefiera centrarme en el protagonismo que Matas otorgó a Rosa, y que ella supo ejercer en todo instante, incluido el momento emblemático en que pronunciaría el discurso con el que defendió el texto ante la comisión del Senado, y que no tiene desperdicio. Lo primero que pienso es que tenía que ser una mujer la que asumiese tal protagonismo. En las Islas, para reconocer a la mujer su primacía social no necesitamos acudir a leyes de paridad. Una historia de más de dos mil años avala el peso del matriarcado entre nosotros, consagrado en nuestro Derecho y rubricado con el papel de árbitro decisivo que la mujer ha venido desempeñando en lo realmente importante que nos acontece, incluso en el ámbito religioso. No pocas veces he dicho, medio en serio medio en broma, que si el fantástico Ramon Llull y el eximio Miquel Costa hubiesen tenido nombre de mujer, como Catalina o Francinaina, ya haría años que serían santos.

Pero volvamos a Rosa. Nada más comenzar su discurso se despacharía con las siguientes palabras: Tiempo atrás, éramos un reino en mitad del mar, lo cual nos configuró una lengua, una cultura y unas tradiciones propias, y la historia nos ha enseñado que el mejor instrumento de progreso es siempre nuestra capacidad de decisión. Podrían éstas parecer unas frases retóricas, más o menos bonitas para comenzar un discurso, pero si nos fijamos resultan mucho más que esto. Expresan un total compromiso con ser lo que se es, renunciando a sucursalismos de una u otra especie, y además reconociendo que desde este «ser lo que se es» tenemos los baleares la clave para avanzar, partiendo de la confianza en nuestra capacidad de decisión. Rosa ha sido mujer que aúna, siempre fiando en la capacidad de diálogo, en el saber escuchar, que sin duda constituye uno de sus elementos más característicos. Porque sabe escuchar, dirigió, sin perderse ni una sola de ellas, las cuarenta sesiones de la comisión de expertos que hizo el primer borrador del Estatut. Y también porque sabe escuchar se reunió personalmente con cuatrocientas ochenta y seis asociaciones de las Islas para conocer su particular visión del proceso estatutario.

Es curioso, cuando esta valiosa política tuvo que enfrentarse con quien preconizaba las enmiendas que resultaron rechazadas, fue acusada de «católica», y no por santona, sino por cerrada y recalcitrante, que para según quienes resulta lo mismo. Comprenderán que el epíteto venía de Benet i Revès de Esquerra Republicana, formación de no poco olor a sacristía, que ofreció la divertida ocurrencia de acudir al símil de la lógica de la Reforma Protestante, para echar en cara a Rosa su desconocimiento del verdadero espíritu del «pluralismo», o sea esta excelsa virtud que anima a las gentes de habla catalana, más cercanas a «una interpretación quizá sajona, de moral protestante y no católica». A estos señores de la corte de Carod si no los ves y les oyes no te los crees. Como verán, la intervención de Benet da para todo un artículo aparte.

El hecho es que Rosa a pesar de ser acusada de falta de sensibilidad hacia el pluralismo, pudo recordar ante todos cómo el texto llegaba desde el esfuerzo común de entendimiento entre partidos. Había sido votado por el ochenta por ciento del Parlament, o sea por 50 de sus 59 diputados, ya que sólo se mantendrían al margen los de Izquierda Unida y del PSM. Pese a ello, Rosa en su discurso no dejaría de hacer una mención de agradecimiento a estos grupos, que al menos habían puesto en el debate lo mejor de su dialéctica. Y no se olvidaría de recalcar, cómo el Grupo Popular, aún teniendo la mayoría, había aceptado nada menos que setenta enmiendas de las ciento veinte planteadas por el PSOE.

Y terminemos, no por falta de tela, sino de espacio. Excelente el senador popular Josep Seguí de Menorca, así como Carlos Gutiérrez de Mallorca. Elegante y conciliador Pérez Sáenz del PSOE, al que no le dolerían prendas a la hora de reconocer y aplaudir la intervención de Rosa, y al que también se uniría la voz del convergente Jordi Cases, que incluso llegado el plenario cambiaría su intención de voto en relación a su anunciado apoyo a las enmiendas de Entesa Catalana, molesto de las majaderías e inoportunidades de su portavoz. Y es que Cases es de estos caballeros que, como el senador socialista por Mallorca Joaquín Bellón, honran la política estén donde estén. Realmente inefable el señor Cuenca Cañizares de Izquierda Unida, anunciando su voto en contra por aquello de que «no se les respeta a los baleares el derecho y el deber del uso del catalán». Y al final de la historia, ya lo saben ustedes, 224 votos a favor, ningún voto en contra y siete abstenciones.

 
   
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