Mucha razón lleva la escritora
Antònia Vicens cuando en el pregón
de la recién inaugurada Semana del Libro en
Catalán aseguró que «las cosas tienen que
ir bien mal en nuestra casa para que, año
tras año, se tenga que celebrar la Semana
del Libro en Catalán». En efecto. Los
complejos de inferioridad generan extrañas
patologías. Curiosas fobias. Dudosos
experimentos que nos confirman cuánto
cuesta asumir el fracaso personal sin
apelar al colectivo.
Nunca he creído
un ápice en los géneros literarios pero,
aún así, no parece un absurdo organizar,
por ejemplo, una feria sobre novela negra,
libros de autoayuda, manuales de cocina,
guiones teatrales, libros viejos, comics o
nuevas tendencias audiovisuales. Vaya, que
hasta podría entenderse un cónclave sobre
rondalles o poesía posmoderna, sobre
cata de vinos y alcoholismo por puntos,
sobre censura lingüística, pureza
étnico-nacionalista o cualquiera de los
géneros clásicos en la clave que se
prefiera, otomana, austro-húngara u
occitana. Tanto da, porque todo parece
valer cuando a la literatura se le ponen
adjetivos y se la despoja de su esencia. La
lengua como género literario es un cajón de
sastre, una hélice trituradora, un
subterfugio forzado y discriminatorio de la
realidad, un simple reclamo electoral. Otro
más.
Por eso, en la inhóspita carpa
blanca del Patio de la Misericordia sólo
brilla con luz propia el stand del
Consell Insular dedicado, íntegramente, no
a promocionar el libro o la lectura, sino
todo lo contrario, a difundir y facilitar
el visionado de su cutre televisión, la
TeleMunar, que, por cierto, se veía
fantástica en el enorme televisor digital
allí instalado. A su lado, el Govern balear
regenta un chiringuito algo más coherente,
discreto y casi literario con unas agendas
de regalo, marca Dirección General de
Política Lingüística, unos curiosos mini
diccionarios catalán-chino, rumano, inglés
o castellano y algunos cuadernillos sobre
Mossèn Alcover. Todo muy normalito,
la verdad.