Vivimos una época de prodigios. Aprietas
el mando de la tele y ves la cumbre de un
volcán humeando en Nueva Guinea. Giras el
volumen del amplificador y oyes a Glenn
Gould tocando el piano desde el
infierno. Descuelgas el teléfono y hablas
con un amigo en Polonia. Abres el ordenador
y envías un manuscrito con doce fotos a un
editor al otro lado del
Atlántico.
Todos esas maravillas no
existían hasta hace nada y han reducido el
mundo físico hasta un punto que nuestros
abuelos ni siquiera soñaban. La aldea
global que predicaba McLuhan ya ni
siquiera alcanza la categoría de barrio.
Las noticias se propagan a la velocidad de
la luz: todos pudimos ver el horrible
espectáculo de las Torres Gemelas
tambaleándose como si la tele fuese una
ventana.
Sin embargo, se trata de
una magia fantasmal, ilusoria. No se puede
echar un cubo de agua al rascacielos
ardiendo en el televisor, acariciar el
hermoso rostro de la mujer que asoma por la
pantalla, resucitar a esos muertos que
tocan enjaulados merced a un sortilegio
digital: meras sombras de sombras. Los
muertos, en vez de papeles y cartas, nos
dejan fotos, grabaciones y videos. Pero la
realidad, por mucho que haya ampliado sus
círculos de poder, sigue siendo lo que
era.
Un anciano, Pedro
Belmonte, ha permanecido siete años
muerto en un piso en el centro de Palma sin
que nadie lo echara de menos. Alguien quizá
se preguntó por él, tal vez el panadero o
el lechero, unos vecinos sorprendidos de
que ya nunca se lo tropezaran en la
escalera. Es una escena extraña,
misteriosa, mucho más que los amantes
abrazados en las ruinas de Pompeya.
Atrapado en su íntima catástrofe, el muerto
yace echado sobre la cama, rodeado de
electrodomésticos inútiles, mientras a su
alrededor, tras los muros y las persianas,
la vida continúa. Al otro lado de la pared
golpea de cuando en cuando una música; el
ruido del tráfico hace vibrar al mediodía
los cristales; un día del teléfono (¿un
familiar lejano?, ¿un número equivocado?)
rompe de improviso la calma augusta de
aquella cripta funeraria. Ocho, nueve
timbrazos y después silencio. Día a día,
mientras los insectos y las larvas
colonizan el cuerpo, las cartas y las hojas
de propaganda se van acumulando en el buzón
de correos.
De la gente que vive al
lado, de los rostros que nos cruzamos en el
portal, o que odiamos minuciosamente en las
reuniones de la comunidad, apenas sabemos
nada. Durante esos siete años, para sus
vecinos, las Torres Gemelas, el piano de
Glenn Gould, la voz de una tía desde
México, el aviso de una oferta vía
internet, un caimán en un documental
amazónico, estuvieron mucho más cerca que
Pedro Belmonte, ese cadáver que se iba
momificando apenas a unos metros de sus
vidas. Reconstruir su final será ahora
cuestión de laboratorios, vanas preguntas y
tibias conjeturas: como fechar un sarcófago
de la Octava Dinastía.