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  Lunes, 26 de febrero de 2007 Actualizado a las 00:59
 

A CAPÓN
Lejanía de los vecinos

DAVID TORRES


Vivimos una época de prodigios. Aprietas el mando de la tele y ves la cumbre de un volcán humeando en Nueva Guinea. Giras el volumen del amplificador y oyes a Glenn Gould tocando el piano desde el infierno. Descuelgas el teléfono y hablas con un amigo en Polonia. Abres el ordenador y envías un manuscrito con doce fotos a un editor al otro lado del Atlántico.

Todos esas maravillas no existían hasta hace nada y han reducido el mundo físico hasta un punto que nuestros abuelos ni siquiera soñaban. La aldea global que predicaba McLuhan ya ni siquiera alcanza la categoría de barrio. Las noticias se propagan a la velocidad de la luz: todos pudimos ver el horrible espectáculo de las Torres Gemelas tambaleándose como si la tele fuese una ventana.

Sin embargo, se trata de una magia fantasmal, ilusoria. No se puede echar un cubo de agua al rascacielos ardiendo en el televisor, acariciar el hermoso rostro de la mujer que asoma por la pantalla, resucitar a esos muertos que tocan enjaulados merced a un sortilegio digital: meras sombras de sombras. Los muertos, en vez de papeles y cartas, nos dejan fotos, grabaciones y videos. Pero la realidad, por mucho que haya ampliado sus círculos de poder, sigue siendo lo que era.

Un anciano, Pedro Belmonte, ha permanecido siete años muerto en un piso en el centro de Palma sin que nadie lo echara de menos. Alguien quizá se preguntó por él, tal vez el panadero o el lechero, unos vecinos sorprendidos de que ya nunca se lo tropezaran en la escalera. Es una escena extraña, misteriosa, mucho más que los amantes abrazados en las ruinas de Pompeya. Atrapado en su íntima catástrofe, el muerto yace echado sobre la cama, rodeado de electrodomésticos inútiles, mientras a su alrededor, tras los muros y las persianas, la vida continúa. Al otro lado de la pared golpea de cuando en cuando una música; el ruido del tráfico hace vibrar al mediodía los cristales; un día del teléfono (¿un familiar lejano?, ¿un número equivocado?) rompe de improviso la calma augusta de aquella cripta funeraria. Ocho, nueve timbrazos y después silencio. Día a día, mientras los insectos y las larvas colonizan el cuerpo, las cartas y las hojas de propaganda se van acumulando en el buzón de correos.

De la gente que vive al lado, de los rostros que nos cruzamos en el portal, o que odiamos minuciosamente en las reuniones de la comunidad, apenas sabemos nada. Durante esos siete años, para sus vecinos, las Torres Gemelas, el piano de Glenn Gould, la voz de una tía desde México, el aviso de una oferta vía internet, un caimán en un documental amazónico, estuvieron mucho más cerca que Pedro Belmonte, ese cadáver que se iba momificando apenas a unos metros de sus vidas. Reconstruir su final será ahora cuestión de laboratorios, vanas preguntas y tibias conjeturas: como fechar un sarcófago de la Octava Dinastía.

 
   
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