Arbitro: Rubino Pérez
Tarjetas amarillas: Cygan,
Matías Fernández, Somoza, Tuni, Ibagaza,
Maxi López, Varela,
Tarjetas
rojas: Ninguna.
Goles:
0-1: Pereyra (min. 24). 1-1: Tomasson
(min. 37). 2-1: Fuentes (min. 89).
ANDRÉS
CORPAS
VILA-REAL.- Hay una
gran diferencia entre el suicidio y el
asesinato. Su único nexo de unión es la
muerte, pero no es lo mismo matarte a que
te maten. El Villarreal descubrió que el
egoísmo llega a cotas impresionantes, ya
que cuanto más cerca está uno del ataúd que
de la vida, prefiere mandar al otro barrio
al primero que pasa por delante antes que
ser él quien deje de respirar.
Sobre
todo cuando en juego está la permanencia.
En estos casos, todos son enemigos, sean
quienes sean. En estos casos, aparece una
fuerza interior extraña, capaz de sacar a
relucir los peores sentimientos. Si hay que
matar, se mata. Aunque sea en el último
minuto, aunque sea sin jugar bien y aunque
se considere delito. Los amarillos
decidieron dar boleto al Mallorca y ahora
comienzan a respirar tranquilos después de
tres encuentros perdidos de forma
consecutiva y, lo que es peor, después de
ver de cerca la zona de descenso. Ayer, el
asesino respondió al nombre de Fuentes, que
eliminó a los bermellones a escasos
instantes del pitido final.
Tener
una soga amarrada al cuello impide vivir
con dignidad. No permite respirar, pensar,
reaccionar. La tensa cuerda que anuda a
aquellos equipos que conviven en el borde
del abismo del descenso es, además de
alargada, irrompible. Aquellos conjuntos
que están unidos por ella son incapaces de
actuar con naturalidad y menos aún de tener
un mínimo de cordura. Sobreviven como
pueden, con eso tienen suficiente.
El Villarreal y el Mallorca son dos
claros ejemplos de lo mal que se vive en el
infierno. Están quemados por las llamas de
la lucha por la permanencia. Creadas para
dar espectáculo, son escuadras que no saben
cambiar de rol y menos aún de buscar la
victoria por la vía fácil.
Claro que
todavía hay urgencias y urgencias y, en
este sentido, las del Mallorca son más
acuciantes que las de su rival. Consciente
de que, según los resultados que deparase
la jornada podría acabar en plazas de
descenso, el cuadro balear saltó al campo
con la intención de sacar tajada de la
endeblez anímica de un adversario en horas
bajas y soliviantado por un público que
empezó a silbar a sus jugadores a los
veinte minutos escasos del choque, después
de una enésima pelota perdida. Y, en
principio, la suerte sonrió al Mallorca. La
nueva apuesta de Manzano, con dos
delanteros en vanguardia (Jankovic y
Arango), Tuni como puñal en el flanco
izquierdo y Pereyra como único pivote en la
medular, dio resultado y los bermellones se
hicieron con el control del esférico
obligando a los castellonenses a abusar del
pelotazo largo. Durante la primera media
hora de juego, el Mallorca 'bailó'
literalmente al Villarreal y fruto de su
mejor juego llegó el tanto de Pereyra, que
encendió todas las alarmas en El
Madrigal.
Eran los mejores momentos
del conjunto de Manzano: disciplinado
atrás, con carácter y garra en el centro
del campo, peligroso en las aproximaciones
a la portería contraria... pero, como
siempre, falto de remate. Y en esas
estábamos cuando llegó la jugada que
determinó en buena medida el desenlace del
duelo. Jankovic encaró a Barbosa con todos
los pronunciamientos para batirle y, en el
último segundo, el portero le arrebató el
balón, pero para ello tuvo que salir
algunos metros fuera del área utilizando
antirreglamentariamente las manos. En
aplicación del reglamento, el meta debió
ver la tarjeta roja dejando a su equipo en
inferioridad numérica, pero el árbitro hizo
caso omiso de la normativa, perdonó a
Barbosa la expulsión y perjudicó
notoriamente las expectativas del
Mallorca.
Y como si no quieres taza,
taza y media, la racanería ofensiva de los
locales se vio injustamente premiada con el
gol de Tomasson en el minuto 37 tras un
fallo defensivo del Mallorca que nunca
debió haberse producido. Aún así, con
vistas a la segunda parte, las apuestas
seguían estando a favor de los insulares, a
pesar del mazazo moral del gol del empate y
la remora de haber perdido a uno de sus
jugadores más entonados en El Madrigal,
Guillermo Pereyra. La renanudación
respondió solo a medias al planteamiento
previsto. Los viillarrealenses fueron
incapaces de dar síntomas de mejoría y los
mallorquinistas bajaron el pistón. De
hecho, a medida que los minutos fueron
discurriendo, era ostensiblemente evidente
para cualquier observador que unos y otros
se daban con un canto en los dientes si el
choque finalizaba en reparto de puntos.
El descontrol apareció en escena y
solo un golpe de fortuna podía hacer que la
balanza se inclinara de uno u otro lado. Y
se inclinó del lado del Villarreal, como
pudo haberlo hecho a favor de los intereses
del Mallorca. Porque apenas un minuto antes
de que Fuentes desequilibrara el marcador a
favor de los locales, el canterano Víctor,
que junto a Maxi constituyeron la baza
ofensiva de Manzano en la recta final del
encuentro, desaprovechó una ocasión
imperdonable dejándose robar la cartera por
Viera en el uno contra uno. Y, sin tiempo
para nada, un minuto antes de que se
agotase el tiempo reglamentario, Fuentes
acabó de hundir la nave bermellona con un
gol que se cebaba injustamente en un
Mallorca falto de suerte.