MIREYA ROURA
VALLDEMOSSA.- «En la
vida, uno siempre tiene momentos
clarividentes. Y a mí la puerta se me abrió
en Valldemossa». A Josep Coll Bardolet,
infatigable pintor universal nacido en
Girona, sólo le faltaba inaugurar la
Fundación-Museo que lleva su nombre para
concluir un estado vital que inició hace
más de sesenta años en Mallorca. Y ayer,
con sus 94 años arropados por todo un
pueblo, pudo entregar por fin parte de su
legado a Valldemossa: 45 de sus obras y 25
cuadros de su colección particular.
Esa firma tan admirada en sus
lienzos recorre ahora la pared de un
espacio de 600 metros cuadrados dividido en
tres plantas. Su museo. De lo más antiguo a
lo más reciente, el espacio alberga todas
las épocas de su actividad pictórica.
El paisaje impresionista que captó
en Vic (Barcelona), los «tonos grises» de
las ciudades europeas que frecuentó, los
payeses mallorquines sacando a bailar sus
abigarrados colores, la Cartuja retratada
en todas las estaciones y, por último, sus
pinturas de 2006, muy empastadas y casi
abstractas. La muestra comparte
protagonismo con obras de Anglada
Camarassa, Ribes y Nadal.
A pesar de
los acertados discursos de toda la clase
política, la nota que delató la importancia
futura de la iniciativa fue la ciudadanía.
Pocos minutos después de las seis de la
tarde, hora oficial de la inauguración, era
ya imposible atravesar el embudo de gente
que se había formado en la entrada. Tampoco
dentro cabía un alfiler.
Testigos
directos de cómo el entrañable pintor
recogía flores de su cultivado jardín para
retratarlas en un lienzo, y más cerca que
nadie de lo que es su fuente de
inspiración, los valldemossins
esperaron pacientemente para recibir su
regalo visual.
Coll Bardolet
recorrió las salas rodeado de su familia y
del brazo de la vicepresidenta del Govern,
Rosa Estaràs, cuya familia ha sido un pilar
importante para el pintor en los tiempos
que frecuentaba el Hotel del Artista, por
entonces cuna de intelectuales con tintes
existencialistas.
Como amigos y
también ciudadanos de Valldemossa, también
acompañaban al pintor, Claudio Torcigliani,
el alemán Nils Burwitz y Bruno Zupan con su
hija Natasha. El cónsul estadounidense,
Tummy Bestard, tampoco quiso perderse el
acto.
«¿Quién es éste?», preguntó
súbitamente el president del Govern, Jaume
Matas, al Hijo Ilustre de Valldemosa. Se
encontraba en la segunda planta, frente al
autorretrato que Coll Bardolet pintó en
1939. Por entonces, el artista tenía 27
años. Atrás dejaba Tous (Francia), la
ciudad que lo acogió después de que junto a
tres amigos atravesara la frontera francesa
para huir de la guerra fratricida.
Bailes mallorquines
En
Tous, tuvo que trabajar para subsistir a la
vez que estudiaba de noche en L'École des
Beaux Arts. En esta ciudad que tan bien se
portó, Coll Bardolet dejó un museo. Después
de un año en Bruselas, el artista volvió a
Cataluña, donde, por cierto, hay otras dos
salas: una en su pueblo natal, Campdevànol,
y otra de obra abstracta en Vic, donde pasó
su juventud.
En 1940 viajó a Mallorca
y allí se quedó. «Un día fue a aprender
bailes mallorquines a Selva y quedó
encantado con aquel folclore. De
allí vienen sus obras. Siempre decía que
tenía más de 90 años de experiencia
pintando bailarines». Así lo recuerda su
sobrina nieta, Olga Coll.
Asimismo,
relata cómo el pintor impulsó su idea de
hacer cantar a una coral en Torrent de
Pareis. «Se iba con su bloc y su mochila,
cuando no existía el túnel». Por lo visto,
allí descubrió «una especie de cooperación
con la naturaleza», en palabras del autor,
y acabó convirtiendo Sa Calobra en un
escenario musical una vez al año. Más
tarde, Coll Bardolet también quiso su museo
para Valldemossa. Y ayer se inauguró.