Hemeroteca Agenda cultural Cartelera Titulares

Tienda Restaurantes De copas Loterías
 BALEARES
 24HORAS
 Opinión
 Illes Balears
 Palma
 Menorca
 Part Forana
 Deporte
 Cultura
 Ibiza y
 Formentera
 SUPLEMENTOS
 La Economía
 Balear
 Fora Vila Verd
 EDICIÓN
 NACIONAL
 España
 Internacional
 Economía
 Deportes
 Cultura
 Ciencia
 Tecnología
 60 segundos
 Edición
 impresa
 Catalunya
 Madrid24horas
 OTROS
 Fotos del día
 Álbum
 Vídeos
 
  Lunes, 5 de febrero de 2007 Actualizado a las 00:47
 

EL TELESCOPIO
Barceló entre el error y su compensación

ROMÁN PIÑA HOMS


No quiero dejar de referirme esta mañana del lunes al acontecimiento magno del pasado viernes, que fue el de la bendición de la reforma de la Capilla del Santísimo en la Catedral de Mallorca. Y así lo titulo, o sea como un acto litúrgico, pese a que los medios hayan acentuado su otro acento, que fue sin duda el de una gran fiesta del arte y también de la mundana curiosidad.

Diré de antemano que yo también participé de esta mundana curiosidad. Ya que pensaba escribir sobre el evento, era cuestión de saborearlo in situ, y sobre todo, habiéndome manifestado crítico sobre la oportunidad de la reforma de la capilla. Quizás pretendía expiar mi desconfianza inicial a base de deslumbrarme ante la grandiosidad de la obra terminada. En todo caso, ver la capilla me pesaba más que el ansia de participar en la celebración litúrgica. Ya antes de entrar, al encontrarme en la puerta de La Almoina con José Carlos Llop, le comenté la sensación que sentía de que nos hallábamos más en la entrada de un museo que de un templo. A lo que perspicazmente el escritor me apostilló algo que no deberíamos olvidar: que también los museos, si son capaces de acercarnos a la belleza, son lugares de encuentro con Dios.

La verdad es que, contra todo pronóstico, puesto que dudaba de que ante tanta gente expectante, tanta cámara y tanta parafernalia institucional, se pudiese alcanzar un clima de interioridad religiosa, pronto descubrí que me había equivocado. La Catedral hizo el milagro, favorecida -todo sea dicho- por la espléndida luz de un mediodía soleado. La presencia regia, la sinfonía coral, los juegos de luz de los vitrales atravesados por el sol y el contacto del humo de los incensarios con nuestra pituitaria, o sea toda la grandeza de la liturgia, se impusieron sobre los miles de presentes empequeñecidos. Mucha gente pudo no haber entrado para rezar, pero el silencio señoreó la inmensa nave central, y se produjo un clima de recogimiento que hacía años que no había percibido en el interior de nuestra catedral, en la que precisamente suele sentirse un permanente murmullo de gentes. Digamos, para ser justos, que también contribuirían a alcanzar el adecuado clima las palabras de presentación del acto, más que redondas, pronunciadas por Xavi Bonet, director de la Cope, invitándonos, como diría literalmente al «encuentro con lo Absoluto, con el Dios que se nos acerca a través de nuestros deseos de verdad, de bondad y de belleza».

Pronto desaparecieron las cámaras de fotos. La multitud escuchaba recogida -yo incluso diría que sobrecogida- y en respetuoso silencio. Con la liturgia de la palabra nos llegarían los ecos de la carta a sus hermanos hebreos de Pablo de Tarso -este señor que mis alumnos universitarios ya no saben quién es-. Tras su lectura, llegaría la del evangelio de Lucas, el confidente de la Virgen, referido a la fiesta de la Presentación del Señor, y a modo de recapitulación la homilía de don Jesús Murgui, que glosando la figura del viejo Simeón, nos recordaría cómo siempre la presencia divina es iluminación del alma, a menudo indirectamente a través de humanos y toscos instrumentos. De ahí que nos invitara a lo que recalificó de «fiesta del encuentro». ¿Cómo negarnos? Pensé entonces en aquellos amigos que no piensan volver a entrar en la Catedral, tras el desmantelamiento de la antigua capilla de San Pedro, indignados por el error cometido. Pensé en ellos porque sigo creyendo que la opción elegida constituyó un error. Era la capilla en la que habitualmente se celebraba la Eucaristía y en la que muchos miles de mallorquines habremos rezado con devoción. Era además un recinto de notable dignidad y una de las pocas muestras del neoclásico en nuestra catedral. Alguna sensación del error cometido debía existir en el ambiente, puesto que varias veces se repitió aquello de que se había optado por desmantelar una capilla inacabada. Lo siento, de inacabada nada. Y en cualquier caso, si inacabada estaba, pues ¡acábese! Me pareció la excusa de un error inexcusable.

Y dicho esto, para algunos negativo, y que pudo deberse a la improvisación o a los imponderables, vayamos a lo positivo. De ahí mi recomendación a mis amigos agraviados de que vuelvan a la Seu. Ayer estaba preciosa. Algo dijo el obispo Murgui sobre la luz que irradiaba, y esto que él no la habrá visto nunca como algunos de nosotros, con la mitad de sus ventanales cegados. Hace doscientos años, estando prácticamente a oscuras, debía ofrecer la sensación de una tumba inmensa. Así nos la describen los viajeros de antaño. Tras la apertura de la Catedral a la luz, apenas iniciado el siglo XX, llegamos hoy a su culminación lumínica con la obra de Miquel Barceló. Nada entiendo de arte moderno, pero comprendo a aquel Teodoro Úbeda que hizo una confiada apuesta por la luz. Era un hombre bueno y esperaba en el hombre. Le pregunté, una de las últimas veces que coincidimos, si se acordaba de los berrinches de Julio II con Miguel Ángel. Quedó pensativo.

El hecho es que Úbeda confió en lo mejor de Barceló, que aunque el genial artista no lo sepa, lo tiene de prestado, como el resto de los mortales tenemos también de prestado lo mejor de nosotros. Y acertó. Hay en la capilla de Barceló mucho de mágico al tiempo que de realismo. Y hay sobre todo luz y juego de colores. El barro, incluso sus grietas y roturas, proyectan en la obra sentido de lo efímero y perecedero. Y este contraste entre la materia efímera -algo más que cartón piedra- que sustenta lo creado por Barceló, y el sentido del Absoluto que esta misma creación puede llegar a producir en el creyente, me parecía palparlo nada más cruzar el umbral de la capilla, máxime sabiendo que somos toscos instrumentos; los toscos instrumentos que si se dejan llevar por la gracia pueden producir maravillas. ¿Sería esto lo que a todos nos quiso dejar como último mensaje, el Teodoro obispo, también de barro, enterrado a pocos metros? Pienso que sí. Como también pienso que él mismo, desde su hogar definitivo, nos sonreía cual niño feliz.

 
   
BUSQUEDAS

Otros buscadores
 LA VIDA MÁS FÁCIL
Hemeroteca
Agenda cultural
Cartelera
Restaurantes
De copas
Busca piso
Rutas de viajes
Callejero
Farmacias
Horóscopo
Televisión
Aeropuertos
Estado de la mar
Líneas Marítimas
Teléfonos útiles
Tráfico
Gasolineras
© EL MUNDO / EL DIA DE BALEARES
Política de privacidad