No quiero dejar de referirme esta mañana
del lunes al acontecimiento magno del
pasado viernes, que fue el de la bendición
de la reforma de la Capilla del Santísimo
en la Catedral de Mallorca. Y así lo
titulo, o sea como un acto litúrgico, pese
a que los medios hayan acentuado su otro
acento, que fue sin duda el de una gran
fiesta del arte y también de la mundana
curiosidad.
Diré de antemano que yo
también participé de esta mundana
curiosidad. Ya que pensaba escribir sobre
el evento, era cuestión de saborearlo in
situ, y sobre todo, habiéndome
manifestado crítico sobre la oportunidad de
la reforma de la capilla. Quizás pretendía
expiar mi desconfianza inicial a base de
deslumbrarme ante la grandiosidad de la
obra terminada. En todo caso, ver la
capilla me pesaba más que el ansia de
participar en la celebración litúrgica. Ya
antes de entrar, al encontrarme en la
puerta de La Almoina con José Carlos
Llop, le comenté la sensación que
sentía de que nos hallábamos más en la
entrada de un museo que de un templo. A lo
que perspicazmente el escritor me apostilló
algo que no deberíamos olvidar: que también
los museos, si son capaces de acercarnos a
la belleza, son lugares de encuentro con
Dios.
La verdad es que, contra todo
pronóstico, puesto que dudaba de que ante
tanta gente expectante, tanta cámara y
tanta parafernalia institucional, se
pudiese alcanzar un clima de interioridad
religiosa, pronto descubrí que me había
equivocado. La Catedral hizo el milagro,
favorecida -todo sea dicho- por la
espléndida luz de un mediodía soleado. La
presencia regia, la sinfonía coral, los
juegos de luz de los vitrales atravesados
por el sol y el contacto del humo de los
incensarios con nuestra pituitaria, o sea
toda la grandeza de la liturgia, se
impusieron sobre los miles de presentes
empequeñecidos. Mucha gente pudo no haber
entrado para rezar, pero el silencio
señoreó la inmensa nave central, y se
produjo un clima de recogimiento que hacía
años que no había percibido en el interior
de nuestra catedral, en la que precisamente
suele sentirse un permanente murmullo de
gentes. Digamos, para ser justos, que
también contribuirían a alcanzar el
adecuado clima las palabras de presentación
del acto, más que redondas, pronunciadas
por Xavi Bonet, director de la Cope,
invitándonos, como diría literalmente al
«encuentro con lo Absoluto, con el Dios que
se nos acerca a través de nuestros deseos
de verdad, de bondad y de belleza».
Pronto desaparecieron las cámaras de
fotos. La multitud escuchaba recogida -yo
incluso diría que sobrecogida- y en
respetuoso silencio. Con la liturgia de la
palabra nos llegarían los ecos de la carta
a sus hermanos hebreos de Pablo de
Tarso -este señor que mis alumnos
universitarios ya no saben quién es-. Tras
su lectura, llegaría la del evangelio de
Lucas, el confidente de la Virgen,
referido a la fiesta de la Presentación del
Señor, y a modo de recapitulación la
homilía de don Jesús Murgui, que
glosando la figura del viejo Simeón,
nos recordaría cómo siempre la presencia
divina es iluminación del alma, a menudo
indirectamente a través de humanos y toscos
instrumentos. De ahí que nos invitara a lo
que recalificó de «fiesta del encuentro».
¿Cómo negarnos? Pensé entonces en aquellos
amigos que no piensan volver a entrar en la
Catedral, tras el desmantelamiento de la
antigua capilla de San Pedro,
indignados por el error cometido. Pensé en
ellos porque sigo creyendo que la opción
elegida constituyó un error. Era la capilla
en la que habitualmente se celebraba la
Eucaristía y en la que muchos miles de
mallorquines habremos rezado con devoción.
Era además un recinto de notable dignidad y
una de las pocas muestras del neoclásico en
nuestra catedral. Alguna sensación del
error cometido debía existir en el
ambiente, puesto que varias veces se
repitió aquello de que se había optado por
desmantelar una capilla inacabada. Lo
siento, de inacabada nada. Y en cualquier
caso, si inacabada estaba, pues ¡acábese!
Me pareció la excusa de un error
inexcusable.
Y dicho esto, para
algunos negativo, y que pudo deberse a la
improvisación o a los imponderables,
vayamos a lo positivo. De ahí mi
recomendación a mis amigos agraviados de
que vuelvan a la Seu. Ayer estaba preciosa.
Algo dijo el obispo Murgui sobre la luz que
irradiaba, y esto que él no la habrá visto
nunca como algunos de nosotros, con la
mitad de sus ventanales cegados. Hace
doscientos años, estando prácticamente a
oscuras, debía ofrecer la sensación de una
tumba inmensa. Así nos la describen los
viajeros de antaño. Tras la apertura de la
Catedral a la luz, apenas iniciado el siglo
XX, llegamos hoy a su culminación lumínica
con la obra de Miquel Barceló. Nada
entiendo de arte moderno, pero comprendo a
aquel Teodoro Úbeda que hizo una
confiada apuesta por la luz. Era un hombre
bueno y esperaba en el hombre. Le pregunté,
una de las últimas veces que coincidimos,
si se acordaba de los berrinches de
Julio II con Miguel Ángel.
Quedó pensativo.
El hecho es que
Úbeda confió en lo mejor de Barceló, que
aunque el genial artista no lo sepa, lo
tiene de prestado, como el resto de los
mortales tenemos también de prestado lo
mejor de nosotros. Y acertó. Hay en la
capilla de Barceló mucho de mágico al
tiempo que de realismo. Y hay sobre todo
luz y juego de colores. El barro, incluso
sus grietas y roturas, proyectan en la obra
sentido de lo efímero y perecedero. Y este
contraste entre la materia efímera -algo
más que cartón piedra- que sustenta lo
creado por Barceló, y el sentido del
Absoluto que esta misma creación puede
llegar a producir en el creyente, me
parecía palparlo nada más cruzar el umbral
de la capilla, máxime sabiendo que somos
toscos instrumentos; los toscos
instrumentos que si se dejan llevar por la
gracia pueden producir maravillas. ¿Sería
esto lo que a todos nos quiso dejar como
último mensaje, el Teodoro obispo, también
de barro, enterrado a pocos metros? Pienso
que sí. Como también pienso que él mismo,
desde su hogar definitivo, nos sonreía cual
niño feliz.