En las últimas semanas inesperada pero
afortunadamente nos hemos dado de bruces
con el caso de Andratx, que ya hace
años que clamaba al cielo. Andratx ha
eclipsado que salga a la luz lo que venía
ocurriendo por ejemplo en Sóller y en
Pollença, municipios regidos los últimos
años por la alianza PP-UM, aunque el PSOE y
otras fuerzas hayan también tenido su sitio
en las gestiones municipales. En Sóller, el
PSOE de Ramon Socías se cargó el
entorno del Port, y ahora el PP de
Carlos Simarro está destrozando la
huerta y los preciosos olivares de Muleta.
En la Pollença de Juan Cerdà (UM),
eterno edil de urbanismo y, para colmo,
además actual Conseller de Patrimonio, las
edificaciones irregulares e ilegales
anunciadas por la prensa durante los
últimos años, vienen proliferando.
Si
los partidos son órganos de la expresión de
las demandas e intereses sociales de una
comunidad, o bien se han mostrado incapaces
de cumplir adecuadamente sus funciones,
bien la comunidad se ha mostrado obtusa e
insensible ante un hecho social y económico
de extrema gravedad. Todas las encuestas
muestran una creciente tendencia a la
abstención electoral en nuestras Islas.
Especialmente entre los jóvenes cunde la
opinión de que los políticos a todos los
niveles y de todos los partidos se aúpan en
el poder bien por ambición o, lo que es
peor, para forrarse. La razón del
desprestigio de los partidos suele
atribuirse generalmente a su incapacidad
para recoger las aspiraciones o las
preocupaciones que siente la ciudadanía,
que no encontraría formas eficaces de
canalizar sus demandas de mayor
transparencia, dedicación y honradez por
parte de los servidores públicos.
Los ayuntamientos intentan entonces
ganarse a los vecinos montando
espectaculares foguerons,
beneïdes, moros y cristianos y otros
festejos, sin aparente límite de gasto. Así
parecen tener contentos a aquellos vecinos
a quienes pudiera preocuparles las
irregularidades urbanísticas, especialmente
frecuentes en algunos municipios de la
extraordinaria Serra de Tramuntana. Estos
se perjudican por una interpretación
inaceptablemente laxa en las limitaciones
de altura, localización y tamaño de las
viviendas que establece la Ley de Espacios
Naturales, así como por la minuciosidad que
hace de socialmente molesto cumplimiento la
Ley de Disciplina Urbanística. Para ello
cuentan con la connivencia de las
Comisiones Insulares de Urbanismo de
Mallorca y de Ibiza, en los contados casos
en que éstas aceptan subrogarse en el
control de la disciplina urbanística.
Pero no siempre existe licencia de
construcción, pues basta con iniciar la
obra de «adecentar» una, muchas veces
supuesta, casa de aperos o situarla junto a
un pozo que disponga de licencia. Lo que
cuenta realmente es contratar un arquitecto
y /o un abogado que «tenga manga» en el
ayuntamiento. Este, incluso en el caso
extraordinariamente infrecuente de que haya
una reclamación por escrito de un vecino,
algo que estos suelen rehusar hacer por
temor a represalias del consistorio, éste
seguirá permitiendo la obra ilegal hasta su
terminación. Y luego qué: ¿quién es el
bueno que consigue una orden de derribo?
Los hechos consumados están al orden del
día. Son la medida real de nuestro
urbanismo en amplias zonas rurales,
especialmente las de paisajes más bellos y
consecuentemente más valiosos. Lo más
triste del caso es que este estado de cosas
goza de un real apoyo popular: no sólo está
bien visto sino constituye una prueba de
que el infractor es un tío con coraje o que
tiene amigos influyentes. Con un civismo de
esta calidad y el sustrato de una
ciudadanía desgraciadamente con
insuficiente nivel cultural y un alto nivel
de obtuso egoísmo, apañados están los
políticos que intenten remediar los abusos
urbanísticos usuales en municipios tales
como Sóller y Pollença, por citar los casos
más escandalosos. En consecuencia ante la
impotencia o falta de voluntad de la clase
política y la interminable resolución de
los contenciosos administrativos,
lamentablemente y ello no es un signo de
salud democrática, no queda más remedio que
recurrir a la jurisdicción penal, única
rápida y expeditiva. Y en esto estamos
quienes nos preocupamos de que nuestras
Islas no vean su entorno gradual e
inexorablemente degradado por sospechosas
desidias urbanísticas.