De las tres grandes religiones
monoteístas, todas ellas abrahámicas
ya que coinciden en llamar a aquel
nómada caldeo «nuestro padre Abraham», sólo
una, el cristianismo, tiene la osadía de
atreverse a representar a Dios en pintura o
escultura. Ni judíos, ni musulmanes pueden
representar el rostro divino y si lo
hicieran serían para ellos
ídolos.
Incluso dentro del
cristianismo la cosa fue discutida y con
gran violencia…
¿Quién cometió el
desafuero de raspar y rascar los rostros y
los ojos de las pinturas sobre las paredes
de roca de las innumerables cuevas
habitadas por monjes en Capadocia (Turquía
actual)…? No fueron los musulmanes, ya que
aún no había nacido Mahoma. Fueron los
iconoclastas en su furia destructora de
cualquier imagen sagrada… La reacción del
cristianismo oriental, pasada la furia
iconoclasta, fue la de considerar a los
iconos como objeto de culto,
santo…
El argumento cristiano era
clarísimo: A Dios no se le podía
representar hasta que Él mismo asumió la
naturaleza humana. A partir de Jesucristo,
Dios tiene rostro humano y puede ser
pintado y esculpido. Jesucristo es el icono
viviente y visible de Dios, el misterio
eterno e invisible.
Pero pintar a
Dios exigía que el pintor tuviera una
sensibilidad especial que sólo da la fe.
Por eso en Oriente pintar iconos es un
trabajo sagrado que ejercen casi en
exclusiva los monjes.
En Occidente
quizá no seamos tan exigentes, pero lo que
sí es cierto es que en la obra de un pintor
siempre se reflejan sentimientos y
convicciones profundas del mismo.
No
concibo imaginarme a un Miquel Ángel
Buonarotti esculpiendo la Pietá sin
fe.
Evidentemente sin fe se puede ser
un artista magnífico. Pero es muy difícil,
sino imposible, que un ciego explique la
luz.
Lo más sagrado para el
catolicismo es una catedral. Y lo más
sagrado de una catedral es el lugar en que
guarda la Eucaristía: Cuerpo y Sangre de
Cristo, oasis para el encuentro personal y
comunitario con Dios viviente que habita
plenamente en Jesucristo, Dios y
Hombre.
Ésta es la fe de los
católicos… y de otros muchos
cristianos.
Yo no voy a juzgar
artísticamente la obra de Barceló en la
catedral de Palma. Acepto que es un gran
artista… si quiere, el más grande del
mundo. Pero si él declara que es
no-creyente, agnóstico, y que por tanto no
pondrá los pies en las naves de la catedral
mientras se celebre la Eucaristía… entonces
estamos ante algo que roza el
absurdo.
La obra de un gran pintor no
creyente donde debe exponerse es en un
museo, o en la calle, o en un palacio o en
un gran centro cultural o comercial… en
cualquier sitio menos en un templo, y para
más INRI en lo más sagrado de este
templo.
Quién falló más ¿el que le
propuso la obra conociendo sus
convicciones? ¿El pintor que aceptó? No lo
sé ni me importa, primero porque no se
trata de buscar «culpables» y segundo por
aquello del dicho mallorquín «Déu mos
guard d'un ja està fet!» Quizá dentro
de 10 ó 100 años se podrá proclamar que en
la catedral de Palma está la obra de lo
mejor del arte moderno: Gaudí y
Barceló…
Y los guías explicarán a los
visitantes: «Aquí está la obra de San
Antonio Gaudí… y de Barceló… un
agnóstico…»
A mí esto me suena fatal
por mucho que a otros les parezca una
maravilla de la globalización o… del
«relativismo» del que tanto habla Benedicto
XVI.
Alfredo Miralles es
párroco de la iglesia de Sant Sebastià de
Palma y miembro del Consejo Editorial de EL
MUNDO/ El Día de Baleares.