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Piel de cerámica
ASUN CLAR
Como una segunda piel que se superpone a
los sillares medievales de los muros de la
capilla del Santísimo -o de San Pedro- se
encaraman los lienzos de terracota pintada
que, junto a los vitrales, dan por
finalizada la obra que Barceló empezara
hace ya cinco años en la Catedral de
Mallorca.Como una piel, pero que deja
respirar el soporte sobre el que se ancla,
adaptándose a la estructura arquitectónica,
-como ya hiciera Gaudí en la capilla
vecina-, aprovechando sus particularidades
constructivas para incorporarlas al diseño
del mural. Muy distintas son estas
intervenciones de las de los retablos
policromados que desde la Edad Media se
interponían como una pantalla impidiendo la
visión del diseño constructivo. Así, el
diálogo con la base sobre la que se asienta
se pone en evidencia con la cobertura
parcial de los paños, acotándolos a
diferentes alturas para dejar hablar a las
nervaduras de sostén. De este modo las
trompas laterales se convierten en una
cueva subterránea y en un horno de pan, y
los nervios centrales de los ventanales son
incorporados como eje de las pinturas de
los vitrales.Un material, la arcilla,
que de nuevo, como la piel, se estira y
cede y permite la huella, y la impronta del
gesto, hasta que bajo la presión, se
agrieta y se desgarra. Los puños de
Barceló, los huecos dejados por su cuerpo
en el reverso de esta lámina tienen su
continuidad en los relieves que afloran a
la superficie; protuberancias de todos los
tamaños que llegan a mostrar sus heridas, y
que se matizan en su anverso con señas e
incisiones que definen las formas de los
panes, los peces, los frutos y los
vegetales.Esta gestualidad es la
protagonista también del dibujo digital de
las vidrieras y de la pintura del esmalte:
los goteos, la disolución de los pigmentos
más trasparentes que desdibujan los
contornos, dominan muchos de los motivos.
Sin embargo, cada especie animal y vegetal
es fácilmente identificable. El artista no
tuvo dificultad para determinar la
materialización formal de este milagro ya
que su iconografía formaba parte de su
obra. Su desarrollo le ha revelado
posteriormente otro segundo sentido con el
que el pintor también ha trabajado en
numerosas ocasiones: es el tema del artista
en el taller como demiurgo transformador de
la materia. La armonía con el resto del
templo es uno de los retos que el artista
comenta haber tenido en cuenta
especialmente. Para ello ha superpuesto un
engobe blanquecino para matizar el tono
excesivamente rojizo de la arcilla e
incorporar así mejor esta aportación a la
obra coral que constituye la catedral. Esta
intención de asimilación con el ámbito que
le rodea no se obtiene, sin embargo, en el
color de los vitrales. Un tono plomizo,
marcadamente frío, contrasta -con toda
intención- con la calidez del resto del
trabajo. Los vitrales son pintura a merced
de la luz, y el artista justifica este tono
por la necesidad de filtrar una intensidad
lumínica excesiva a causa de la orientación
al este de la capilla. "También Cézanne
consideró la luz gris claro como la más
idónea para la contemplación del arte",
comenta el artista. Finalmente es la
mirada la que completa la obra, dice
Barceló. En dos días miradas infinitas la
completarán y la incorporarán seguramente
al conjunto como una magnífica intervención
del arte contemporáneo a una obra en
proceso como es la Seu.
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