MARCOS TORÍO
PALMA.- Siete siglos de
historia contemplan la obra de Barceló en
la Seu. El artista ha luchado para que el
gótico imponente del símbolo de Palma
conviviera con el arte contemporáneo del
XXI. Él no pensaba ayer en cómo, dentro de
cien o doscientos años, su mural seguirá
anclado en el ábisde derecho de la
Catedral, que todavía tendrá más lejano el
inicio de su construcción a principios del
siglo XIV por orden del rey Jaume II. Él
mismo ordenó en 1306 que se levantara una
capilla funeraria para albergar los restos
de los monarcas mallorquines. El Obispado
tomó esa fecha para conmemorar el año
pasado los 700 años del edificio.Las
obras se paralizaron entre 1345 y 1376 por
rencillas entre los reyes de Aragón y de
Mallorca. Todos los estamentos
contribuyeron económicamente para continuar
con la construcción hasta que la fachada se
alzó en 1601. Un temblor de tierra la puso
en peligro en 1851 y, de su recuperación,
resultó la decimonónica con la que recibe a
los turistas hoy en día.Gaudí entró para
reordenar el espacio y dejar su impronta en
1902. Le dio luz con vidrieras y sentaba un
precedente que tardaría cien años en
recoger Miquel Barceló. Corría la primavera
de 2000 cuando la UIB propuso declarar
doctor 'honoris causa' al artista. Aceptaba
condicionándolo a la realización de una
gran obra en Mallorca.
El Departamento
de Arte de la Universitat de les Illes
Balears puso en marcha el proyecto que
rápidamente encontró el apoyo de la
conselleria de Cultura del Govern balear y
las puertas 'semiabiertas' del Obispado de
Mallorca.
Con la propuesta en el aire,
las conversaciones entre el artista y el
Capítol Catedral de Mallorca se iniciaron a
finales del mes de septiembre de 2000.
Barceló tenía el nombre, la trayectoria y
el prestigio necesario, pero de ahí a
abrirle las puertas de la Catedral al arte
contemporáneo distaba un consenso. El deán
de la Seu, Joan Darder, recordaba ayer cómo
fue Pere Llabrés el que más hizo por que la
cosa no se quedara en proyecto. En la
reunión capitular celebrada el 16 de
diciembre de 2000 surgieron, según Darder,
dos preguntas. La primera decía: "¿Aceptáis
una intervención de Barceló en la Seu?". La
cuestión, "genérica e inconcreta" recibió
una respuesta no unánime, pero sí lo
suficientemente mayoritaria como para pasar
al segundo interrogante. "¿Aceptáis que la
intervención se concrete en la capilla de
Sant Pere, lo que supone quitar el retablo
neoclásico?". El consentimiento se logró
con el mínimo de votos. Después, Barceló se
iría ganando la confianza conforme el
trabajo se iba realizando. Los primeros
encuentros hablaban de una triple
intervención en la Seu: un número que nunca
llegó a determinarse de gárgolas en
cerámica, la capilla Penitencial y la
capilla de Sant Pere. Las gárgolas estaban
pensadas para sustituir las actuales, muy
deterioradas. Iban a construirse con un
tipo de cerámica muy resistente.
La obra
en la Capilla Penitencial iba a inspirarse
en la reconciliación y en la parábola del
hijo pródigo dentro de una reforma que
incluía abrir tres nuevos vitrales
tapiados.
El tercero de los proyectos y
más ambicioso era el de la Capilla de Sant
Pere y el que finalmente ganó la partida.
La inspiración sería el capítulo sexto del
Evangelio de San Juan, la multiplicación de
los panes y los peces y el discurso del pan
de la vida.
Barceló comenzó entonces a
meditar las propuestas y prometió una
respuesta a su vuelta de una exposición de
cerámicas en el Louvre.
Su entusiamo era
tal que se habló de una renuncia a los
honorarios por su trabajo con tal de que el
proyecto pudiera llevarse a cabo.
Finalmente, y tras la intervención de su
marchante Bruno Bischofberger, la idea se
desvaneció y se acordó pagar 3.500.000 de
euros, cotización por debajo de la fijada
en el mercado que, con las actualizaciones
ha alcanzado los 4 millones. Barceló se
comprometió también a realizar el
mobiliario litúrgico y a donarlo a la Seu.
La elegida había sido la capilla de Sant
Pere con la particular recreación de la
Eucaristía. En ese punto se constituyó el 1
de julio de 2002 la Fundación Art a la Seu
de Mallorca, el órgano gestor encargado de
tutelar su actuación en la Seu.
La firma
del acuerdo llegó el 29 de agosto de 2002.
Miquel Barceló y el obispo Teodoro Úbeda
rubricaron la entrada del arte
contemporáneo -con permiso de Gaudí- ante
el entonces presidente del Govern, Francesc
Antich. El acontecimiento coincidía con la
intervención hacía un siglo del catalán,
que culminó con la desbordante luz de las
vidrieras.
Barceló tenía dos años para
cumplir con su compromiso, tiempo que se ha
traducido en casi cinco por falta de
financiación y otros asuntos propios de la
"intrahistoria apasionante" a la que se
refería ayer la vicerrectora de postgrado
de la UIB, Mercé Gambús, como implicada en
el proceso desde su gestación. Se
adelantaba a "los interrogantes y el
debate" que provocará la obra de Barceló
para la Catedral: "Se puede debatir o
criticar lo que ha hecho, pero no se puede
negar que ha sido una opción muy valiente.
Pido seriedad en el juicio porque se ha
establecido una novedad de alcance
internacional que ha escrito una página en
la historia del arte".
En 2003 había
llegado la cerámica, más tarde los vitrales
y mañana la bendicen los Reyes. El resto ya
es historia.