Una de las cosas que más positivamente
me impactaron en los años que pasé
cubriendo la información de la Presidencia
del Gobierno de España fue la austeridad
que se palpaba en el ambiente. Una
austeridad marca de la casa durante el
felipismo, durante el aznarismo y, según me
cuentan, también en el convulso zapaterismo
actual. Para muestra, un botón: el Air
Force One español que empleaban el
presidente González, su sucesor Aznar y
obviamente el Rey era un Boeing 707, un
modelo que a los profanos en la materia no
les dirá nada pero que a los expertos se lo
dirá todo. No en vano es un aparato
idéntico al que John Fitzgerald Kennedy
empleó en su último viaje de Washington DC
a Dallas el 22 de noviembre de ¡¡¡1963!!! O
sea, que Felipe en mil novecientos noventa
y tantos y Aznar y el Rey en los dos miles
se desplazaban en el mismo avión que JFK
¡¡¡35 años!!! antes. El 707 entró en
servicio en 1954 y pasó a formar parte de
la flotilla presidencial y real española a
caballo de las décadas de los 80 y los 90.
España adquirió estas reliquias de cuarta o
quinta mano cuando todas las aerolíneas
europeas habían jubilado o estaban
jubilando el modelo. Fíjense si estarían
pasados de moda que a mitad de los 90
estaban prohibidos en los grandes
aeropuertos por el infernal ruido que
emiten cada vez que el piloto mete gas.
Este escribidor no toca de oído
porque viajó en esa antigualla no menos de
treinta veces por los lugares más
alucinantes que uno se pueda imaginar del
globo terráqueo. Cada vez que despegaba el
avión insignia el acongojo era inevitable y
el sofoco obligado porque por razones
técnicas que a mí se me escapan el aire
acondicionado no funcionaba hasta que se
alcanzaba la velocidad de crucero. Y, para
colmo, los asientos se descuajeringaban a
las mínimas de cambio. Imagínense el
panorama: los unos temblando por los
movimientos sospechosos que de tanto en
cuando hacía el aparato, los otros jurando
en arameo por las incomodidades y todos
sudando como pollos. Aquello parecía el
rodaje de «Aterriza como puedas».
En
honor a la verdad hay que admitir que
vergüenza, lo que se dice vergüenza,
pasábamos un rato de vergüenza cada vez que
tocaba cumbre europea o mundial. Aún
recuerdo la sensación de país
subdesarrollado que padecimos en el
aeropuerto de Seúl en 2000 al contemplar a
nuestro lado el tan peliculero como
impresionante Air Force One estadounidense,
el reluciente Jumbo del presidente chino o
los Airbus de última generación de Chirac y
Schröder. Todas las comparaciones son
odiosas, cierto, pero ésta era además
escandalosa.
Al sobrio José María
Aznar le iban con el cuento de la
obsolescencia del Air Force One español
cada dos por tres. «Presidente, hay que
cambiarlo porque, además de antediluviano,
nos ha dado ya demasiados sustos», le
razonaba su entorno tras algún que otro
episodio de na, como fallos en el
tren de aterrizaje, en los motores y otras
menudencias. «No», era la parca
respuesta que salía de debajo del
inexpresivo bigote presidencial... hasta
que un día el que suscribe elaboró un
reportaje contando que no cantando las
excelencias del spanish Air
Force One. Dicho y hecho: el Gobierno de
España se hizo apenas un mes después con
dos modernos Airbus 320 de segunda mano
para sustituir a unos 707 más propios de la
España de Cuéntame que del país que
alucinaba a toda Europa y a medio mundo por
su crecimiento económico y su vitalidad
política, social y cultural.
Podría
continuar hasta mañana relatándoles las mil
y un miserias que padece la Administración
General del Estado por aquello de que, como
recalcaba Aznar y suele advertir ZP, «con
tu dinero puedes hacer lo que te dé la gana
pero con el de los demás, no». La estética
de los ministerios, La Moncloa y no digamos
ya de las sucursales del Estado no es
precisamente la que corresponde a una de
las 10 primeras economías del mundo. Hasta
en La Zarzuela o, sin ir más lejos, en
Marivent, se respira diez veces menos lujo
que en las administraciones autonómicas,
municipales e insulares. Para comprobar que
Pasqual Maragall tenía cínica razón cuando
largó aquello del Estado residual no hace
falta ni leer EL MUNDO, ni escuchar la
Cope, ni encargar ningún estudio, ni desde
luego medir porcentualmente las
competencias de las hasta cuatro instancias
administrativas existentes en España. Basta
con darse una vuelta por cualquier gobierno
autonómico para certificar el boato y la
pompa imperantes. Pompa y boato que
contrastan con el polvo y el olor a viejo
que se respira en todos y cada uno de los
edificios estatales, La Moncloa y La
Zarzuela incluidas. A nivel nacional prima
la estética IKEA, a nivel autonómico, el
marchamo Beccara o Casa y Jardín cuando no
Harrods.
Comparativamente el
dispendio más cantoso de todos es, como
hemos ratificado por infinita vez esta
semana, el de Maria Antònia Munar alias MAM
y alias bis La Carbonera. Además de
forrarse llevando la grava de las
carreteras que adjudica, además de
transportar el carbón de las centrales
térmicas que dependen administrativamente
de ella, además de piñatear el
dinero público a manos llenas para
repartirlo entre amiguetes y
correligionarios, además de regalar solares
públicos como Can Domenge, además de tantas
y tantas cosas, se lo lleva también crudo
en ese cajón de sastre que es el apartado
de los gastos de protocolo y
representación. Para estos menesteres se ha
autoconcedido este año 516.000 euros que,
para los que aún siguen pensando en
pesetas, son exactamente 85,5 kilos.
O sea, mucho más de lo que infinidad de
mallorquines ganarán en toda su vida, el
doble de lo que cuesta una vivienda media
por estos pagos y cuatro veces el precio de
una VPO.
El dato es por sí solo un
escándalo que roza, si no entra de lleno,
en las movedizas aguas de esa malversación
de caudales públicos que tan de moda está
en este país todavía llamado España. Pero
si lo ponemos en relación con el parné que
se maneja en otras instituciones para
idéntico objetivo es motivo más que
suficiente para que el fiscal
anticorrupción abra diligencias de
investigación hoy mismo o mañana que es día
hábil y para que la oposición constituya
una comisión que investigue hasta las
últimas consecuencias este implícito saqueo
de las arcas públicas. No sueñen porque ni
Joan Carrau moverá un dedo -debe ser el
único balear al que MAM no le parece la
madre de todas las corrupciones- ni la
oposición dirá esta boca es mía. Sólo el
digno Antoni Alorda ha salido al quite con
una reflexión que en condiciones normales
no sería para tirar cohetes pero que, visto
lo visto, es un lujo: «Es un exceso y
podría ser más grave si se conoce en qué se
gasta exactamente ese dinero. El ego de
algunos dirigentes les lleva a disparar
estos gastos». El digno conseller pesemero
exigió lo que toca: «Que el Consell
explique con detalle en qué se gastan
semejantes sumas».
Los demás, desde
el obediente Rubio hasta el manager de
futbolistas y político en su tiempo libre
José Manuel Sierra, le han quitado hierro
al asunto. La cosa tiene miga porque el
portavoz popular en el Consell
reclamó anteayer «prudencia hasta que la
presidenta dé explicaciones». Lo de este
chico manda con perdón huevos: entre la
lealtad a su desleal socia de
gobernabilidad y el servilismo al que le
obligan desde arriba hay un punto medio. Lo
del concejal-agente FIFA es para enviarlo
una temporadita al África subsahariana a
ojear futbolistas. «Seguro que está todo
justificado», vino a comentar Sierra
palabra arriba, palabra abajo en IB3 Radio
salvando el cuello a la enemiga número
uno de su jefa. Seguro que las cuentas
de MAM están tan justificadas como las
suyas como representante de jugadores de
fútbol. El socialista Santi Morey también
anduvo entre amarrategui y cobardón.
Debe ser que todos éstos ganan todos los
días 516.000 euros porque, si no, no se
entiende por qué se andan con tantos paños
calientes.
A lo mejor es que es la
cosa más normal del mundo que la presidenta
de una diputación tenga 516.000 para gastos
de representación, tal vez es que los
anormales, los tiquismiquis y los
exagerados somos nosotros. Claro que cuando
examinamos las cifras de otras
administraciones vemos que esto no es ni
medio normal, que esto más bien es un
escándalo al cuadrado o al cubo. Ésta tira
con la pólvora del Rey pero a lo
bestia.
MAM (516.000 euros) es tras
el presidente del Gobierno de España, José
Luis Rodríguez Zapatero (588.000), la
política con una cifra más abultada para
estos menesteres. El agravio comparativo es
bestial, descomunal y no sé cuántos
-al más si tenemos en cuenta que la
presidenta de una comunidad como Madrid,
Esperanza Aguirre, dispone de una partida
de 24.000 euros, que el presidente del
Congreso, Manuel Marín, cuenta con 50.000,
que el portavoz del PP en la Cámara Baja,
Eduardo Zaplana, se tiene que conformar con
25.000, y que a todo el Ministerio de
Defensa -ministro incluido- le han asignado
376.000. A nivel nacional, en lugar de ir a
más van a menos en prebendas: ZP y
Fernández de la Vega han ordenado anular el
servicio externo de catering que
servía las comidas en Moncloa desde la
era Aznar y volver a confiar en el
por otra parte excelente ejército de
cocineros del complejo. «Hay que ahorrar»,
se justificó recientemente la número
2 del Gobierno de un país cuya economía
crece más que ninguna otra en Europa. La
cosa es igualmente sangrante sin necesidad
de salir de Palma. Todo Cort invierte en
protocolo 220.000 euros anuales, 100.000 de
ellos para la alcaldesa Cirer, y el
president del Govern destina 230.000 a
estas cuitas. Igualmente sangrante es que
la consellera de Cultura de MAM, la ex
profesora de gimnasia Dolça Mulet, nos
salga a los mallorquines por 327.000 euros
del ala anuales con una partida para
protocolo ¡¡¡14¡¡¡ veces superior a la de
Esperanza Aguirre. Me pregunto en qué
invierten la una y la otra esta pasta gansa
-843.000 euros en total-: ¿en esa
interminable colección de bolsos de Loewe y
de Vuitton que ambas exhiben sin ningún
pudor, en abrigos de visón, en comprar
voluntades en una versión perfeccionada de
La Piñata, en esos viajecitos a
Milán y París de los que vuelven cargadas
de bolsas o tal vez en desayunos, comidas y
cenas? Imagino que esto último no porque
ninguna de las dos exhibe esa figura de
luchador de sumo que se les pone a los
tragones compulsivos. Y con 853.000 euros
hay para desayunar, comer y cenar decenas
de miles de veces en un año.
Lo más
preocupante social, ética y estéticamente
hablando sería que todas estas corruptas
causas no tengan las consecuencias
legalmente obligadas ya que cundiría la
especie de que la mangancia sale gratis.
Sería tristísimo que, si como toda la gente
de bien espera, Juan Balear le da boleto el
27-M, MAM se vaya de la vida pública con
los bolsillos y la caja fuerte a reventar.
Fíjense cómo serán las cosas que hasta su
cuate El Egipcio no se corta un pelo
al reconocer que es «la mujer más rica de
Mallorca». Y para pillarla con el
carrito del helao no es preciso irse
ni a principados, ni a peñones, ni a islas
lejanas. Basta con enviarle unos
inspectores de Hacienda a su casoplón de
Palma y exigirle que justifique hasta el
último euro de su patrimonio. Así de
sencillo.
e.inda@elmundo.es