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  Domingo, 14 de enero de 2007 Actualizado a las 01:29
 

FORO DE EL MUNDO DE BALEARES / Vigésimo capítulo
Un joven sin complejos contra la dictadura nacionalista

El candidato de Ciutadans prometió llevar el castellano al Parlament catalán


EL MUNDO

Vino al mundo el 15 de noviembre de 1979. Naturalmente nació en cueros. En esa fecha otoñal los muros interiores de la Sagrada Familia alcanzaban ya siete metros. HB y el PNV ignoraban al presidente Tarradellas en su viaje oficial por Navarra y Euskadi, y Rossend Audet, alcalde de Guissona, Lleida, era elegido presidente nacional de Esquerra Republicana.

En septiembre de 2006, aquel nen barcelonés se incorpora a la sardana de la política catalana. Y aparece, 180 centímetros y 85 kilos después, en cueros. Se llama Albert Rivera -aunque figure Alberto en su DNI-, es el bisoño presidente de Ciutadans de Catalunya y, por aclamación de su propio partido, se convirtió en candidato a la presidencia de la Generalitat en las pasadas elecciones celebradas en el día de Todos los Santos. Aparecer en porretas, con perdón, fue su virginal manera de proclamar ja soc aquí (ya estoy aquí) por la vía de la cartelería electoral.

Irrumpió como un streaker que salta al Camp Nou (metáfora prestada del columnista David Gistau) para «salir del armario político en el que nos encontramos muchos catalanes que no comulgamos con la presión nacionalista», razonaba Rivera a sus 26 años, que parecen menos.

Cuerpo a cuerpo

Su contundente fisonomía creció más rápido que el templo de Gaudí, fue alimentada en los barrios de la Barceloneta y el Poble Nou en pleno pujolismo, y la materia gris de su amueblada cabeza le procuró un puesto de abogado en el departamento jurídico de La Caixa. Pidió dos meses de excedencia para luchar en el cuerpo a cuerpo de debates y promesas electorales con Carod Rovira, Artur Mas, José Montilla y Josep Piqué por la presidencia de su comunidad autónoma... O de la nación catalana, según el Estatut. «Aquí hay muchos que les encantaría ser investidos presidente de un país. En los 223 artículos de ese vergonzoso Estatut la palabra España sólo aparece cinco veces. Y una es para referirse al Banco de España», detallaba Rivera mientras sorbía una Coca Cola light, su gasolina para aguantar tanto trajín.

Casualmente, la entidad bancaria está a un vistazo desde la planta 10 de la Torre Urquina, sede de este partido fundado por el dramaturgo Albert Boadella y el escritor y columnista de EL MUNDO Arcadi Espada -entre otros intelectuales-, en junio de 2005.

En otoño de 2006, las elecciones autonómicas catalanas arrojaron un resultado que abría la puerta a todo tipo de especulaciones. Esquerra Republicana de Catalunya tenía de nuevo la llave de la Generalitat y, contra todo pronóstico, daba una patada a Convergència i Unió para gestar un nuevo tripartito y aupar al sillón presidencial a un cordobés, José Montilla.

Poco habría cambiado el escenario político catalán de no ser por la entrada a bombo y platillo de Ciutadans-Partit de la Ciutadania, una formación que en sólo unos meses pasó de ser objeto de todo tipo de trabas a entrar con tres diputados por la puerta grande del Parlament. Su irrupción en el máximo órgano político catalán junto con Antonio Robles y José Domingo, consiguió quebrar el coto privado de los grandes partidos catalanes y promete ser un soplo de aire fresco en la próxima legislatura.

Rivera ya dio pistas en su primer discurso como diputado electo que su rompedor cartel electoral tendrá continuidad. El presidente de Ciutadans prometió llevar el castellano al Parlament y, entre gritos de «libertad, libertad» aseguró que luchará porque «Cataluña no tenga un conseller en cap que se reúne con terroristas».

El gran reto

Al joven Albert Rivera, no obstante, se le avecina un gran reto: generar un discurso político sólido y capaz de contentar a una base transversal -que incluye antiguos votantes del PP, PSC y abstencionistas- y conseguir que Ciutadans no sea flor de un día, como ya ocurrió en 1980 con el Partido Socialista de Andalucía-Partido Andaluz, que obtuvo dos escaños antes de perderse en el olvido.

Habrá que ver con el tiempo si este campeón de natación, aficionado al waterpolo y al motociclismo, hijo de padre catalán y madre andaluza, que comparte su vida desde hace cuatro años con una psicóloga, logra corregir como él predica, las «distorsiones engendradas por el nacionalismo» y «superar la obsesión identitaria que ahoga el dinamismo de la sociedad catalana».

 
   
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