EL MUNDO
Vino al mundo el 15 de
noviembre de 1979. Naturalmente nació en
cueros. En esa fecha otoñal los muros
interiores de la Sagrada Familia alcanzaban
ya siete metros. HB y el PNV ignoraban al
presidente Tarradellas en su viaje oficial
por Navarra y Euskadi, y Rossend Audet,
alcalde de Guissona, Lleida, era elegido
presidente nacional de Esquerra
Republicana.
En septiembre de 2006,
aquel nen barcelonés se incorpora a
la sardana de la política catalana. Y
aparece, 180 centímetros y 85 kilos
después, en cueros. Se llama Albert Rivera
-aunque figure Alberto en su DNI-, es el
bisoño presidente de Ciutadans de Catalunya
y, por aclamación de su propio partido, se
convirtió en candidato a la presidencia de
la Generalitat en las pasadas elecciones
celebradas en el día de Todos los Santos.
Aparecer en porretas, con perdón, fue su
virginal manera de proclamar ja soc
aquí (ya estoy aquí) por la vía de la
cartelería electoral.
Irrumpió como
un streaker que salta al Camp Nou
(metáfora prestada del columnista David
Gistau) para «salir del armario político en
el que nos encontramos muchos catalanes que
no comulgamos con la presión nacionalista»,
razonaba Rivera a sus 26 años, que parecen
menos.
Cuerpo a
cuerpo
Su contundente fisonomía
creció más rápido que el templo de Gaudí,
fue alimentada en los barrios de la
Barceloneta y el Poble Nou en pleno
pujolismo, y la materia gris de su
amueblada cabeza le procuró un puesto de
abogado en el departamento jurídico de La
Caixa. Pidió dos meses de excedencia para
luchar en el cuerpo a cuerpo de debates y
promesas electorales con Carod Rovira,
Artur Mas, José Montilla y Josep Piqué por
la presidencia de su comunidad autónoma...
O de la nación catalana, según el Estatut.
«Aquí hay muchos que les encantaría ser
investidos presidente de un país. En los
223 artículos de ese vergonzoso Estatut la
palabra España sólo aparece cinco veces. Y
una es para referirse al Banco de España»,
detallaba Rivera mientras sorbía una Coca
Cola light, su gasolina para aguantar tanto
trajín.
Casualmente, la entidad
bancaria está a un vistazo desde la planta
10 de la Torre Urquina, sede de este
partido fundado por el dramaturgo Albert
Boadella y el escritor y columnista de EL
MUNDO Arcadi Espada -entre otros
intelectuales-, en junio de 2005.
En
otoño de 2006, las elecciones autonómicas
catalanas arrojaron un resultado que abría
la puerta a todo tipo de especulaciones.
Esquerra Republicana de Catalunya tenía de
nuevo la llave de la Generalitat y, contra
todo pronóstico, daba una patada a
Convergència i Unió para gestar un nuevo
tripartito y aupar al sillón presidencial a
un cordobés, José Montilla.
Poco
habría cambiado el escenario político
catalán de no ser por la entrada a bombo y
platillo de Ciutadans-Partit de la
Ciutadania, una formación que en sólo unos
meses pasó de ser objeto de todo tipo de
trabas a entrar con tres diputados por la
puerta grande del Parlament. Su irrupción
en el máximo órgano político catalán junto
con Antonio Robles y José Domingo,
consiguió quebrar el coto privado de los
grandes partidos catalanes y promete ser un
soplo de aire fresco en la próxima
legislatura.
Rivera ya dio pistas en
su primer discurso como diputado electo que
su rompedor cartel electoral tendrá
continuidad. El presidente de Ciutadans
prometió llevar el castellano al Parlament
y, entre gritos de «libertad, libertad»
aseguró que luchará porque «Cataluña no
tenga un conseller en cap que se
reúne con terroristas».
El gran
reto
Al joven Albert Rivera, no
obstante, se le avecina un gran reto:
generar un discurso político sólido y capaz
de contentar a una base transversal -que
incluye antiguos votantes del PP, PSC y
abstencionistas- y conseguir que Ciutadans
no sea flor de un día, como ya ocurrió en
1980 con el Partido Socialista de
Andalucía-Partido Andaluz, que obtuvo dos
escaños antes de perderse en el
olvido.
Habrá que ver con el tiempo
si este campeón de natación, aficionado al
waterpolo y al motociclismo, hijo de padre
catalán y madre andaluza, que comparte su
vida desde hace cuatro años con una
psicóloga, logra corregir como él predica,
las «distorsiones engendradas por el
nacionalismo» y «superar la obsesión
identitaria que ahoga el dinamismo de la
sociedad catalana».