La magia del Dakar permite disfrutar de
fenómenos geográficos espectaculares. Desde
el coche, si la tensión de la carrera no lo
impide, se pueden apreciar los contrastes
de esta tierra, tan castigada y dura como
agradecida con el visitante. Estamos en
Marruecos, es invierno, pero la nieve y el
desierto se mezclan con dulzura. Ayer, en
dos horas pasamos del macizo central del
país a la arena sedienta del sur. En la
primera parte de la etapa pudimos apreciar
los picos nevados y la impactante imagen de
pueblos de alta montaña, similares a los
austriacos, con sus techos de pizarra y las
chimeneas humeantes. Un golpe visual, una
golosina para la cámara.
La caravana
avanza hacia territorios más meridionales y
la ropa empieza a sobrar. Camino de Er
Rachidia, a sólo 200 kilómetros de las
blancas cumbres, asoma el desierto con toda
su crudeza. La temperatura asciende por
encima de los 40 grados y la camiseta
sudada es la única prenda que admite el
cuerpo. La tierra salta y el camión se
adapta a su terreno favorito. En las
cunetas ya se ve a la gente de los pueblos,
que sigue mirando curiosa a los grandes
vehículos. En las etapas de Portugal,
pudimos apreciar la fogosidad del público,
siempre con ganas de estar cuanto más cerca
de los coches mejor. Claro peligro cuando
delante hay mastodontes de toneladas, con
limitada capacidad de reacción. En
Marruecos notamos mayor prudencia. Parece
que la campaña de prevención de accidentes
que ha llevado a cabo la organización está
teniendo sus frutos. Ojalá no haya lágrimas
que verter. Hace varias semanas, seis
coches hicieron todo el recorrido dando
clases de seguridad vial en los colegios y
poblados advirtiendo de los riesgos de
atropellos que se pueden sufrir si, sobre
todo los niños, invaden las pistas. Se
pusieron vídeos y se ofrecieron charlas
educativas.
Ayer, guardando las
distancias, todos pudieron ver la soltura
de Carlos Sainz, el más rápido en estas
primeras etapas. Es su momento, hasta que
el desierto nos engulla y sean los pilotos
experimentados los que marquen el ritmo. El
Dakar es un 50% aventura y otro 50%
competición, mucho más difícil de gobernar
la primera mitad que la segunda. Hay que
conducir rápido y domar al desierto.