Si tienen ustedes dos habitaciones
separadas por una puerta hermética, y en
cada una de ellas un gas, y entonces abren
la puerta que las separa, los gases se irán
mezclando hasta alcanzar una dilución
perfecta. Y eso es lo que ha ocurrido con
el concepto de lujo: que se ha feminizado,
es un lujo fluido, ilocalizado. Cosas que
antes se consideraban artículos de lujo,
como por ejemplo, tener una
possessió en Porreres, se
identifican hoy más con una cruz para el
propietario que con una degustación del
artículo en cuestión: está bien claro que
hoy por hoy esa possessió es algo
indisfrutable y muy poco femenino por la
sencilla razón de que hoy el lujo se asocia
a la invisibilidad y democratización de las
emociones. Son mucho más lujosas, por
ejemplo, actividades como viajar, o
disfrutar de una vida tranquila con todas
las comodidades al alcance de la tarjeta de
crédito y del PC: un lujo emocional. El
lujo se ha vuelto algo expansivo, algo
inconcebible si no se halla diluido en la
propia vida, de la misma manera que un hijo
está para siempre diluido en la vida de la
madre por mucho que físicamente se separen.
Tener una buena colección de LPs se
consideraba un lujo. El tamaño se fue
reduciendo y esa ostentación pasó a los
CDs. Hoy el lujo radica en tener en una
invisible y gigantesca memoria de un I-Pod
una cantidad también invisible y gigantesca
de canciones para escuchar donde nos venga
en gana. Todo se ha ido atomizando, y con
ello también el lujo, hasta su total
sublimación. Desde aquellos tiempos
Premodernos -aristocráticos- en los que
tener una possessió era un lujo,
pasamos a la era Moderna -burguesa- en la
que el lujo residía en disfrutar de objetos
de consumo materiales que eran para
siempre, hasta llegar a la era Posmoderna
-líquida-, en la cual el lujo es,
sencillamente, la inmaterialidad de la
propia vida. Cuando ustedes lean este
artículo todos habremos recibido múltiples
regalos en el repetido rito de los Reyes
Magos, pero ya no serán aquellos objetos
para siempre, sino que probablemente el
próximo año en estas fechas estén ya
desaparecidos en su cotidianeidad. Eso es
hoy el lujo.
Ahora bien, el lujo más
lujoso es el dinero, porque es lo más
inmaterial que existe: en un simple euro
caben infinitas posibilidades de objetos
comprables, de la misma manera que en un
verso caben millones de posibilidades de
interpretación. El dinero es pura poesía.
El Corte Inglés lo vio claro:
«Regale Bonos-Regalo», un regalo que, en sí
mismo, contiene al infinito en
posibilidades. En este sentido, esa
actividad tan balear de vivir de puertas
para adentro, de guardar a cal y canto el
lujo en palacios que por fuera se caen a
pedazos, como queriendo atesorar el
concepto mismo de lujo, va perdiendo
dígitos en beneficio de la joven que va por
la calle perdida en los millones de
posibles canciones de su I-Pod.