La llegada de dos barcos patera, es
decir, dos cascarones a punto de desguace
recuperados por las mafias para negociar
con la desesperación, no nos permite
concluir que lo insólito vaya a convertirse
en costumbre. Existen datos, sin embargo,
manejados por las Fuerzas y Cuerpos de
Seguridad del Estado, que indican una
ampliación y diversificación de las vías
marítimas de la inmigración irregular.
Dicho lo anterior, conviene matizar
que ser o no ser tierra de destino me
preocupa mucho menos que el destino, en
sentido estricto, de los embarcados. Quiero
decir con ello que aun siendo problemática
para nosotros la inmigración irregular,
tenemos medios para atajarla o, mejor,
regularizarla. En cambio, los que
decidieron partir en Nochevieja,
aventurándose en un viaje incierto, no
tienen nada excepto la miseria y el miedo
que dejan atrás.
Además, no sería
correcto de ningún modo abundar en el falso
tópico y centrar la problemática de la
inmigración ilegal en el tráfico de
pateras, cuando en realidad supone sólo una
parte mínima de aquella, aunque sí la más
sonora y amplificada por los medios. En
realidad la mayoría de inmigrantes
irregulares, en Baleares y en toda España,
utilizan medios más corrientes, los mismos
que utilizan los turistas tan bien
recibidos. De hecho vienen a engrosar las
estadísticas de visitantes, sólo que se
quedan, con o sin trabajo. Así pues,
Mallorca y todas las Baleares son destino
para la inmigración desde principios de la
década de los noventa del siglo pasado. Y
menos mal que así es. ¿Cómo sino podríamos
conseguir nosotros, una sociedad autóctona
demográficamente envejecida, la meta
marcada por Bruselas de convertir Europa en
un continente altamente competitivo?
La inmigración masiva no es un
problema que no hayamos creado nosotros, o
mejor dicho, que no hayan creado aquellos
que hemos elegido para gestionar nuestros
estados, los del Primer Mundo. Si el
mercado político no mantuviera deprimidas
extensas áreas del planeta, no tendríamos
que plantearnos soluciones que pretenden
paliar las consecuencias en lugar de
erradicar las causas.
Hace años, uno
confiaba en los hijos propios y en los
ajenos para poder cobrar una pensión al
llegar la jubilación laboral. Hoy por hoy
es mucho más coherente confiar en los
inmigrantes, vengan de donde vengan y
lleguen de la forma que lleguen. No
conviene olvidarlo.