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  Sábado, 6 de enero de 2007 Actualizado a las 01:57
 

DANZA / Cascanueces - Ballet de Moscú
Decadencia apolillada


'Cascanueces' / Escenario: Auditórium de Palma / Fecha: jueves 4 de diciembre.

Calificación:

FERNANDO MERINO

PALMA.- Estábamos habituados a recibir en verano a compañías residuales de la escuela rusa de ballet. En esta ocasión el encuentro coincide con la fecha señalada para presenciar Cascanueces, la pieza que se ha convertido en ritual navideño. De hecho las formaciones de gran calado internacional contemplan esta coreografía si bien para ello acuden a una revisión actualizada del original.

Pasado más de un siglo desde el estreno de Cascanueces, el 17 de diciembre de 1892 en el Teatro Mariisnkii de San Petersburgo, la partitura de Tchaikovsky sigue gozando de excelente salud, con paisajes aislados que continúan siendo antológicos, y tocada de un desarrollo sin duda hermosísimo, potente.

Cuentan que el compositor no estaba por la labor, escéptico de las bondades del argumento, pero las circunstancias han demostrado que andaba equivocado, hasta el punto de convertirse esta obra en un referente, especialmente su versión para concierto.

Volviendo a esos pasajes antológicos, en uno de ellos, aquel con pasos de campanillas solo de Clara en el segundo acto, se produjo la pérdida de equilibrio de Nadezda Ivanova, precisamente en el momento en que hilaba lo mejor de la tarde. A pesar del incidente, el público reconoció la belleza que precedía a la caída, arropando a la bailarina con un caluroso aplauso.

Me refería antes al carácter residual de las compañías rusas. Una de sus características destacadas es la prevalencia de la bailarina, que no parece sentirse afectada por unas cada vez más mediocres puestas en escena. Siempre exceptuando colectivos como Bolshoi o el Kirov. La decadencia se muestra a flor de piel, mientras ellas parecen conservar el resplendor. Eso pasa con Ivanova.

También Andrey Shalin, encarnando al Príncipe, y Shuparskiy Roman, en el papel del mago Drosselmeyer, dieron lustre a sus respectivos personajes. El resto, ya se sabe: Ballet de Moscú.

En cuando a la coreografía de Lev Ivanov sólo nos llegaba el eco, perdidos sus rasgos originales con el pasar de los años. Debido a la pérdida de las fuentes originarias, también a la necesidad de adaptar el cuento a los nuevos tiempos, varias son las revisiones que a día de hoy aún siguen acudiendo a las cita navideña, siendo las más destacadas las de Balanchine, Nureyev o Roland Petit.

Evidentemente nada que ver con lo visto en Palma, pero contar con el Ballet de Moscú ha servido para incorporar nuestra ciudad al listado de espacios escénicos que recuerdan Cascanueces en el momento más propicio para ello, al coincidir con las fechas de la historia que se narra en el libreto de Petipa.

De paso, ver la platea de la sala magna del Auditorium repleta de infantes siempre se agradece. Para quienes acudían por primera vez a una función de danza seguramente les asombraría el color y la presunta espectacularidad de una puesta en escena que sólo era en realidad funcional y cautiva, en los gestos, de una apolillada escuela rusa. Gustó especialmente el segundo acto.

 
   
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