- Estamos mejor que hace un año y
dentro de un año estaremos mejor (José
Luis Rodríguez Zapatero, anteayer al
mediodía).
No habían pasado ni 24
horas y ETA engordó a golpe de dinamita el
ya de por sí obeso ridículum vítae
de un presidente del Gobierno que, con
una frase a camino entre la redundancia
sintáctica y el optimismo patológico, se la
jugó. ZP enfiló a las nueve de la mañana de
ayer el camino a la derrota electoral al
quedar aprisionado en la soga que él
mismito se anudó en el gaznate antes
incluso de emprender su ilusionante pero no
menos inquietante andadura presidencial. Al
inquilino de La Moncloa no lo va a
desahuciar un Mariano Rajoy cuyos méritos
son inversamente proporcionales a su
gigantesca estatura moral sino un tal José
Luis Rodríguez Zapatero. Al suicidio no lo
conducen a uno, al suicidio se conduce uno
solito, conviene no olvidar que el suicidio
es el mayor y más terrible ejercicio de
voluntad individual. Hace tiempo denuncié
en este mismo hueco el mix de
irresponsabilidad e incompetencia de un ZP
que aceptó quedar en manos del realganismo
etarra: «Un muerto en atentado [vine a
decir] y será un cadáver político».
Resumiendo que es gerundio: el presidente
del Gobierno aceptó convertirse en el rehén
de los designios de una banda de asesinos,
en el esclavo de una gentuza de marca
mayor, en el títere político de unos
indeseables que pegan tiros en la nuca,
ponen bombas y extorsionan a pequeños,
grandes y mediopensionistas empresarios en
la mejor tradición
mafiosi.
Así como la suerte
electoral de 2004 la decidieron uno o
varios grupos terroristas, ahora ETA está
en condiciones de dictar veredicto en 2008
o cuando quiera que se celebren las
próximas elecciones generales. Si los
pistoleros se rinden y entregan las armas,
cuestión inverosímil por no decir utópica,
Zapatero arrasará; si continúan haciendo de
las suyas, Rajoy arrasará o como mínimo
vencerá. Así de cruel, así de simple y así
de triste. El destino de la democracia
española está en manos de unos terroristas
por culpa de la frivolidad y/o el
oportunismo de un político adolescente.
¡Quién le mandaba meterse en este lío!
Hace dos años y medio tracé un
paralelismo entre el devenir del Pacte de
Progrés y el discurrir del -en terminología
Prisa- Gobierno progresista de José Luis
Rodríguez Zapatero. Entonces estaba más
lejos que hoy de tener razón porque
faltaban casi cuatro años para el Día D
electoral, hoy ando más cerca que en el
verano de 2004 de dar en la diana pero, al
paso que vamos, menos que mañana. No soy
ningún genio y, al contrario que Pepiño
y Francina Armengol en el caso
Andratx, Dios no me ha llamado ni por
el camino de la adivinación ni por el de la
empírica futurología. Lo mío es un proceso
deductivo, lógico, puro sentido común, en
fin, nada paranormal.
En este país de
gilipuertescos eufemismos el de «proceso de
paz» es el más gilipuertesco o uno de los
más gilipuertescos jamás parido. ¿Cómo es
posible bautizar como «proceso de paz» a
una negociación con terroristas? Es más,
este palabro fruto de la unión de tres
palabras es un ejemplo de libro de eso que
los lingüistas han dado en denominar
perversión del lenguaje. Me explico: para
que haya un proceso de paz tiene que
existir previamente una guerra. Y que yo
sepa lo de ETA no es ninguna guerra ya que
la condición sine qua non para que
se pueda hablar de tal cosa es que haya dos
partes en conflicto. Aquí hay unos que
asesinan y otros que son asesinados, unos
que disparan y otros que son disparados,
unos que ejercen voluntariamente el rol de
verdugos y otros que desempeñan
involuntariamente el de víctimas. Y que
conste en acta que este escribidor ha
defendido siempre la necesidad de dialogar
o de tomar la temperatura a ETA siempre que
se presente la oportunidad. Lo hizo Suárez,
lo repitió Calvo-Sotelo, les imitó Felipe
González y tres cuartos de lo mismo ocurrió
durante el aznarismo. Pero una cosa es ésa
y otra ponerse a negociar en términos
políticos de tú a tú con tipejos que
asesinan, mutilan, hieren, extorsionan o
secuestran a los que no piensan como ellos
o a los que no quieren pasar por el
aro.
El de ayer probablemente sea el
único punto en el que no haya similitudes
en el fondo aunque sí en las insensatas
formas entre el Pacte de Progrés
(PSIB-PSM-EU-Els Verds-UM) que desgobernó
Baleares de 1999 a 2003 y el pacto de
progreso PSOE-PSC-ERC-IU que
malgobierna España o como quiera que se
llame en este momento procesal el país en
el que nos ha tocado en suerte o en
desgracia vivir. El problema del marido de
Sonsoles Espinosa es el mismo que el de
Antich: que cuando juegas con las cosas de
comer, acabas devorado por la realidad. Se
puede gobernar contra unos pocos mucho
tiempo, contra muchos un poco de tiempo
pero no contra todo y contra muchos todo el
tiempo.
El primer paralelismo de
fondo entre el quintapartito balear y el
tetrapartito que gobierna España reside en
un vicio de origen. Así como el Pacte de
¿Progrés? conquistó el poder en condiciones
tan legales y legítimas como dudosamente
morales con un pacto antinatura con MAM,
José Luis Rodríguez Zapatero jamás hubiera
sido presidente del Gobierno de no haber
intervenido en el proceso electoral unos
terroristas venidos de desiertos y montañas
no muy lejanos. En un caso la voluntad
popular se alteró a posteriori
gracias al capricho de la de siempre, la
política y pecuniariamente honrada
MAM, y en el otro la voluntad popular
se alteró a priori. Y con ello no
estoy afirmando ni mucho menos que el PSOE
tuviera que ver algo con el 11-M, es más,
estoy absolutamente seguro de que ni lo
sabía, ni lo conocía, ni desde luego
participó en conspiración alguna.
Simplemente, forzó la máquina el 13-M más
allá de lo que democráticamente es
tolerable con el tristemente célebre asedio
a las sedes del PP, con el más que
discutible «no nos merecemos un Gobierno
que mienta» y con las insinuaciones
golpistas de un cineasta
enloquecido.
Cuando arribas al poder
por accidente, de chiripa, cuando pisas
moqueta porque los hados le dieron la
vuelta al normal devenir de las cosas, lo
normal es perder el sentido de la realidad,
pensar que todo el monte es orégano,
creerte el mesías o el lugarteniente del
mesías y ponerte a hacer machadas como
loco. Algo de eso es lo que le sucedió a un
Francesc Antich que en condiciones normales
no hubiera pasado de alcalde de su pueblo y
gracias y algo de eso es lo que le está
ocurriendo a un Rodríguez Zapatero que pasó
de ser un insípido, incoloro e indoloro
diputado del montón a ser presidente del
Gobierno ¡¡¡en menos de cuatro años!!! Y
con ello no estoy tratando de equiparar a
un politiquillo como Antich a un con todos
sus defectos politicazo como ZP.
El
quid de la cuestión es más bien
otro. El uno, Francesc Antich, terminó como
el rosario de la aurora porque jugó con una
cosa de comer llamada turismo; el otro,
José Luis Rodríguez Zapatero, va camino de
suicidarse políticamente por jugar con una
cosa de comer conocida como España
constitucional. Todo ello aderezado con un
común denominador: el radicalismo. Tanto el
vulgar en el fondo y en las formas Antich
como el mediocre en el fondo pero brillante
en las formas Zapatero optaron por ponerse
el centrismo y la moderación por montera.
Eso de in medium virtus -«en el
punto medio está la virtud»- se lo han
pasado por el forro de sus caprichos el
aprendiz de aprendiz y el maestro. El de
aquí lo acabó pagando y el de allí va
camino de.
Todos, desde Suárez hasta
el mejor Aznar pasando por Felipe González,
tuvieron claro que para llegar a La Moncloa
había que pasar por el centro conquistando
el voto de ese millón y pico de españoles
que unas veces giran a la derecha y otras a
la izquierda. Un principio elemental que
olvidó un Antich que se dedicó a poner
patas arriba la actividad que ha convertido
en prósperas unas Islas hace no tanto
paupérrimas, el turismo, y algo que suena a
chino a un ZP que se creyó que saltarse a
la torera los consensos de la Transición
salía gratis. Consecuencia: el
desastre.
Con el peor president de
nuestra autonomía Baleares pasó de crecer
al 7%, de ser la región más rica de España,
a decrecer con un PIB que se situó en el
-0,5% en la recta final del pentapartito.
Los platos rotos no los pagaron sus odiados
hoteleros sino más bien decenas de miles de
trabajadores que acabaron en las colas del
Inem por mor de un espantapájaros
ideológico que provocó la fuga de cerca de
un millón de turistas y por culpa de una
ecotasa bien intencionada pero mal diseñada
y peor ejecutada.
En el debe de
Zapatero no se puede colocar el desastre
económico porque, al César lo que es del
César, lo de las pelas va como un tiro.
Crecemos más que nadie (casi 4%) en la
Unión Europea excepción hecha de la
República de Irlanda, hay pleno empleo, la
inflación adelgaza poco a poco cuando hace
no tanto andaba desbocada y la Bolsa
registra los mejores parámetros de todo el
mundo mundial occidental. Un milagro por
obra y gracia de un sensato, inteligente e
íntegro Pedro Solbes que optó por aplicarse
ese aserto que recomienda no cambiar las
cosas cuando van bien. Resultado: un
éxito.
El error de Zapatero que puede
acabar demostrando que Zapatero era un
error es, como ya he anticipado, esa manía
que tiene de jugar con la suprema cosa de
comer: la unidad de España. Esa
constitución catalana mal llamada Estatut
es el punto de inflexión que ha hecho
saltar por los aires el periodo de
estabilidad y prosperidad más longevo de la
Historia de España por no decir el único.
La deconstrucción nacional está servida: la
Generalitat tiene en sus manos
prácticamente todo el poder en Cataluña con
lo cual cualquier día puede decir ¡Adéu!
con todas las de la ley, Andalucía es «una
realidad nacional», el Gobierno gallego
exige su propio huso horario y se
autodefine como «comunidad nacional», se ha
destrozado ese pilar básico de toda nación
que se precie que es la solidaridad
interterritorial, el Estado es ya residual
en media España y parte de la otra, en el
País Vasco el PSE lucha para que se vaya
más allá aún que en Cataluña, mi querida
Navarra está en subasta, hay 17 modelos
educativos cada uno de su padre y de su
madre y vamos camino de 17 sistemas
judiciales diferentes y de 17 sistemas
fiscales distintos. Como ven, el
caos.
Si a eso le unimos esa Ley de
Memoria Histórica que no está ni entre las
primeras, ni entre las segundas, ni
siquiera entre las decimonovenas
preocupaciones ciudadanas, llegarán a la
misma conclusión que yo: esto no va a
terminar mal, va a terminar peor. ¿A
cuántos catalanes les ocupaba y les
preocupaba la reforma del Estatut? Al 5%.
¿Cuántos españoles consideran una prioridad
revisar nuestro más siniestro pasado? ¿El
3%, el 5%, el 10% tal vez y como mucho? Más
madera: el Gobierno de España ha quedado en
manos de socios tan poco recomendables y
tan antidemócratas como Josep Lluís
Carod-Rovira o Anxo Quintana.
La
historia se repite si tenemos en cuenta que
Antich pasó cuatro años a merced de los
independentistas pesemeros y de Doña
Corruptelas y que ideológicamente
estuvo y está en primera posición de saludo
ante el analfabeto intelectual que anida en
el cerebro de Pedro Serra. El caso del
presidente del Gobierno de España es
seguramente más sangrante porque su futuro
depende, muy a su pesar, de la dirección
que tome el dedo pulgar del tipejo (Arnaldo
Otegi) que ayer tildó de «un hecho más» la
salvajada de Barajas.
El radicalismo
no le salió gratis a Antich y me temo que
le va a costar un ojo de la cara
políticamente hablando a ese buen tipo pero
frívolo político que es José Luis Rodríguez
Zapatero. El embajador del PSOE en Baleares
se metió de hoz y coz en un proyecto que
consideraba a Baleares «un país», que cerró
el círculo del unilingüismo en las aulas,
que proponía crear una Conselleria de
Asuntos Exteriores y que si no empezó a
multar a los que no rotulasen sus comercios
en catalán fue porque Juan Balear lo echó
antes con cajas templadas. Amén, claro
está, de dejar hecho unos zorros el
turismo. Lo del mandamás socialista ha sido
más por omisión que por comisión: primero
permitió que los suyos en Cataluña creasen
los cimientos de una nación y no sólo
terminológicamente y después ha dado rienda
suelta al taifismo que en estos
momentos impera en este país todavía y no
sé si por mucho tiempo llamado
España.
Termino como comencé. Con más
semejanzas: el Govern de Antich era
manifiestamente inempeorable y el Gobierno
de Zapatero es manifiestamente mejorable.
Resultado: una gestión tan pésima como
radical en el primer caso y una labor
regular e irresponsable en el segundo. José
Luis Rodríguez Zapatero, cuya desencajada
cara era ayer todo un poema, es la prueba
del nueve de que tenía más razón que un
santo aquél que sentenció que «las
elecciones nunca las gana la oposición, las
pierde el Gobierno». Si a la improvisación,
la insensatez y la incompetencia unimos una
temeridad irredenta el resultado es
normalmente el que es: el
desastre.
La ecotasa y la declaración
de guerra al sector hotelero fueron el
principio del fin del Pacte de Progrés y lo
de ayer, que no es sino el fruto de una
estrategia kamikaze, puede acabar dejando a
ZP reducido a la condición de paréntesis de
la Historia de España. O sea, lo de ese
Andreotti que sostenía que «el poder
desgasta pero sobre todo al que no lo
tiene», pero al revés.
e.inda@elmundo.es