Quizá construir balances sea asunto de
contables. Y pretender exprimirles un saldo
cualquiera, una temeridad rayana en el
maniqueísmo más insoportable. No hay años
mejores ni peores. Hay sólo libros, frases,
palabras. Ideas que van o vienen, y luego
retornan, ajenas a los temporales
intermitentes de intensa sequía u hondo
naufragio. Esos ciclos carecen de
coordenadas pero uno puede columpiarse en
ellos sabiendo que, desde siempre, hay unas
pocas premisas anteriores que nos sirven
para situar la Literatura -ese inventario
de siglos, ese templo babélico de lecturas-
y diferenciarla de otros
menesteres.
¿Cómo explicar que no hay
forma sin contenido, ni viceversa? Cómo que
ambas son, esencialmente, la misma cosa: el
holograma de un ser mítico atrapado en el
espejo de la realidad y sus sombras. Inútil
detenerse en lo obvio. Por eso prefiero un
destello deslumbrante a un silogismo
metódico, una frase sugerente -un hermoso
racimo de hipótesis secretamente
engarzadas- a la simple enunciación de una
tesis cualquiera. El pensamiento caótico al
normativo. La rebelión del arte al
gregarismo de la corrección política. El
pensamiento libre a la redundante y
artificiosa libertad de
pensamiento.
Por todo ello no voy a
ser exhaustivo. Tampoco podría. Ponerle
orden a la lectura es atentar contra su
naturaleza; siempre esquiva a las
previsiones y a los calendarios marcados
con días laborables y festivos, noches de
escarnio, insomnio y, cuando hay suerte,
incluso luciérnagas. Pero el caos tiene sus
nombres y la memoria su propia arqueología
y sus prioridades. Confieso haber leído las
obras completas -o casi- de poetas como
Miguel Veyrat y Beatriz
Hernanz o narradores como Francisco
Rodríguez Criado. Podría tejer con
ellos la tela inverosímil de una araña y
sumergirme en un laberinto donde los
sabores añejos se mezclan con los
intemporales mientras la luz, que parece
parpadear lejana, nos va desvelando un
sendero desconocido y quizá nuevo. La luz
de la palabra recrea el instante inicial
pero también el último y es entonces cuando
lo conocido y lo desconocido se abrazan en
un único paisaje y una sola pero múltiple
batalla.
También pasó ante mi mirada
un antiguo, pero memorable, libro de
Ernesto Maruri, una preciosa
antología de Antonio Gamoneda, un
poemario de Juan Barja, lo último de
Kepa Murúa y Daniel Riu
Maraval, dos poemas que me envió
Vicente Gallego y bastantes libros
de autores mallorquines -aquí la referencia
territorial es puro sarcasmo y/o voluntario
anacronismo- como Cristóbal Serra, José
Carlos Llop, Emilio Arnao, Jaume Pomar,
Pere Font, Román Piña, Antoni Serra, Juan
Luis Calbarro, Pedro Gomila, Eduardo
Jordá o Antonio Rigo. También he
releído a mis clásicos, que no citaré para
no irritar su sueño, su excepcional
integridad, su raro silencio.
Luego
están los manuscritos que me envían. Son
muy importantes esos libros -o no- futuros
que sólo aspiran a ser leídos sabiendo que
así se convertirán en imprescindibles. Ese
deseo es siempre legítimo porque además es
el único que, desde luego, comparto. Los
doy a conocer a través de Internet y pueden
ser, por ejemplo, de David González,
de Emili Sánchez, de Raúl
Ximénez, de José Luis Allés, de
Salvador Alis, de Rolando
Revagliatti, de Daniel Omar
Cignacco, de Yván Silén, de
Ricardo Daniel Piña, de Paco
Piquer -que pronto tendrá nuevo libro
en la imprenta- y de tantos otros. Pero hay
más. También están, cómo no, las revistas.
La Bolsa de Pipas.
Casatomada. El fanzine Cisne
Negro. Y finalmente -aunque parezca que
una mano los arrincone y el polvo los
cubra- al fondo, como en un aparte que se
desea oasis y, a veces, suele serlo, queda
la huella de algunos suplementos que guardo
porque encontré en ellos alguna carta
ansiolítica de Juan Ramón, algún
apunte de Rilke o el tesoro de algún
poema inédito de un heterodoxo sin más
nombre que el olvido.
http://jplanas.blogspot.com
P>