El año agoniza por la cola, como
siempre, los días se escurren uno a uno y
entonces nos da por filosofar, por
contemplar el destino en las cuencas vacías
de la calavera de Yorick. Uva a uva
nos acercamos al monólogo de Hamlet
hasta que caemos en la cuenta de que, en
realidad, nos estamos mirando al espejo.
El tiempo pasa, sí, nos pasa por
encima. Cierto poeta de cuyo nombre no
logro acordarme escribió: «Los años pasan,
los años pesan, los años pisan, los años
posan, ¿por qué no pusan los años?». Los
poetas, como los físicos, saben muy bien
que la vida no es más que un conjunto de
ilusiones cuya suma se resume en una sola
palabra: entropía. El desgaste de una
articulación en la cadera o la tendencia a
examinar el peine por las mañanas son las
únicas muescas reales en la dura culata del
tiempo.
Este año al menos nos ha
traído la alegría de ver tres sentencias
judiciales impecables que fallaron en favor
de este periódico: la última de ellas -que
condena a un hooligan de las
piscinas ajenas- es de apenas una semana
atrás. Lo demás, por desgracia, no son más
que repeticiones y entropías varias: el
fantasma de la Guerra Civil que se aparece
de nuevo por las cunetas; el nuevo libro de
Harry Potter, que será exactamente
igual que los otros seis; las chicas de las
burbujas Freixenet, que son idénticas a sí
mismas de una Navidad a la siguiente, igual
que los renos de Papá Noel, los premios
Adonais de poesía o los mandamases
de Polonia.
En Mallorca, aparte del
exilio del calvo de la lotería y de la
muerte de Joe Barbera, el padre de
los Picapiedra, nada ha cambiado: Miquel
Nadal sigue en las nubes, Rafa
Nadal en el Olimpo, el Pocero va
a fabricarse un yate más grande que el
anterior y la presidenta se habrá comprado
otro abrigo. Mallorca sigue anclada en el
mundo elemental de los Picapiedra, con
albañiles que amaestran diplodocus y
constructores antediluvianos que vienen del
Pleistoceno y se apellidan Mármol.
Lo malo de vivir en una isla es que
en seguida se termina el paisaje. Uno se
pone a caminar pensando en sus cosas y, si
no se da cuenta, se sale. Para no acabar en
el mar o en un precipicio, hay que hacer
como en los dibujos animados, donde las
persecuciones incluyen siempre el mismo
matojo y el mismo árbol que pasa una y otra
vez, como una cinta de Moebius, como
un calendario. En Mallorca uno tiene la
sensación de leer siempre el mismo
periódico, de vivir siempre el mismo
episodio: los pactos se renuevan, el
Monopoly de la corrupción salta de
Calvià a Andratx, del PP al PSOE. Pero toda
nuestra historia gira y gira en el tiovivo
de una carrera de trotones, alrededor de
una mujer pizpireta que se adorna con
pieles de mamut y collares de dos
toneladas. No, no es María Antonia
Munar: es Vilma Picapiedra.