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  Viernes, 29 de diciembre de 2006 Actualizado a las 01:00
 

A CAPÓN
Los Picapiedra

DAVID TORRES


El año agoniza por la cola, como siempre, los días se escurren uno a uno y entonces nos da por filosofar, por contemplar el destino en las cuencas vacías de la calavera de Yorick. Uva a uva nos acercamos al monólogo de Hamlet hasta que caemos en la cuenta de que, en realidad, nos estamos mirando al espejo.

El tiempo pasa, sí, nos pasa por encima. Cierto poeta de cuyo nombre no logro acordarme escribió: «Los años pasan, los años pesan, los años pisan, los años posan, ¿por qué no pusan los años?». Los poetas, como los físicos, saben muy bien que la vida no es más que un conjunto de ilusiones cuya suma se resume en una sola palabra: entropía. El desgaste de una articulación en la cadera o la tendencia a examinar el peine por las mañanas son las únicas muescas reales en la dura culata del tiempo.

Este año al menos nos ha traído la alegría de ver tres sentencias judiciales impecables que fallaron en favor de este periódico: la última de ellas -que condena a un hooligan de las piscinas ajenas- es de apenas una semana atrás. Lo demás, por desgracia, no son más que repeticiones y entropías varias: el fantasma de la Guerra Civil que se aparece de nuevo por las cunetas; el nuevo libro de Harry Potter, que será exactamente igual que los otros seis; las chicas de las burbujas Freixenet, que son idénticas a sí mismas de una Navidad a la siguiente, igual que los renos de Papá Noel, los premios Adonais de poesía o los mandamases de Polonia.

En Mallorca, aparte del exilio del calvo de la lotería y de la muerte de Joe Barbera, el padre de los Picapiedra, nada ha cambiado: Miquel Nadal sigue en las nubes, Rafa Nadal en el Olimpo, el Pocero va a fabricarse un yate más grande que el anterior y la presidenta se habrá comprado otro abrigo. Mallorca sigue anclada en el mundo elemental de los Picapiedra, con albañiles que amaestran diplodocus y constructores antediluvianos que vienen del Pleistoceno y se apellidan Mármol.

Lo malo de vivir en una isla es que en seguida se termina el paisaje. Uno se pone a caminar pensando en sus cosas y, si no se da cuenta, se sale. Para no acabar en el mar o en un precipicio, hay que hacer como en los dibujos animados, donde las persecuciones incluyen siempre el mismo matojo y el mismo árbol que pasa una y otra vez, como una cinta de Moebius, como un calendario. En Mallorca uno tiene la sensación de leer siempre el mismo periódico, de vivir siempre el mismo episodio: los pactos se renuevan, el Monopoly de la corrupción salta de Calvià a Andratx, del PP al PSOE. Pero toda nuestra historia gira y gira en el tiovivo de una carrera de trotones, alrededor de una mujer pizpireta que se adorna con pieles de mamut y collares de dos toneladas. No, no es María Antonia Munar: es Vilma Picapiedra.

 
   
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