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  Viernes, 29 de diciembre de 2006 Actualizado a las 01:00
 

EL ÁGORA
Fiesta de Navidad

RAMON AGUILÓ


Ya están aquí las auxiliares. Traen las bandejas de comida, los refrescos. Magdalena, alta, nariz aguileña, media melena con volumen, las sigue sucesivamente, gimoteando. Ellas la consuelan. La abrazan. Siéntate cariño. Caty, bajita, pelo cano a lo garçon, ojos de gavilán, avanza hacia Benito, sentado a la mesa, de espaldas, a pasitos minúsculos. Al fin llega. Le roza el hombro. «¡Quita la zarpa!» Ruge éste.«¡No le sobes!» le dice Ángeles. Caty:«¡Putarrotputarrotputarrot!» «Si, pero de lujo monada.» José, perfil de canónigo, la gorra calada, visera en la nuca, traza con dedos de pianista palabras invisibles. Benito, limpio y atildado, espera la llegada de su hija y su nieto. Le ignora, como Faustino. Sentados ambos. Mirada al frente, a la pared vacía. Erguidos, inmóviles como grandes saurios. Tomás aparenta menos años, se remueve en su silla, inquieto. Pide salir. Se levanta. Gira la silla de plástico apilable; la encara a la pared. La defiende como un militar kakanio. Dolores está sujeta a la suya con cinturón amplio de lona. Se inclina. Recoge sin descanso objetos también invisibles que a continuación arroja lejos de sí. Una y otra vez repite la secuencia, pertinaz. Empiezan a llegar familiares y el resto de cuidadores. Cristina coloca a su madre en una esquina en la silla de ruedas. No deja de emitir lamentos rítmicos, la cabeza echada hacia atrás, los labios exangües. Cristina le limpia el interior de la boca con una gasa. Paciente, silenciosa. Hija. Entran los coordinadores. Comen todos. Magdalena se dirige alborozada hacia la puerta. Acaba de entrar su hermano. Se abrazan. Se cogen de la mano. Hacía dos meses que no le veía. Gime. Entra la hija de Faustino, que abandona su rigidez. Un destello enciende un instante su mirada. Juana aparta a su madre. Pepe Sigüenza hace sonar con su guitarra las melodías de siempre. Juana: «¿Verdad que estás bien?» «¿Verdad que no te sientes abandonada?» Ella, niega: «Vamos a casa.» Los ojos de Juana dan cauce a penas injustas y vergonzantes. Su madre la mira compungida. Le pregunto a la mía qué quiere comer. Churros. Traigo el chocolate. Le coloco la servilleta. Come con apetito. No sé muy bien qué hacer. Comienzo con los contrarios. Blanco, digo. Negro, responde. Abrir. Cerrar. Alto. Bajo. Dulce. Salado. Grueso. Delgado. Encender. Apagar… Los contesta casi todos. Sigo con el completar frases. Año de nieves. Año de bienes. A quien madruga. Dios le ayuda. Quien mucho abarca, poco… aprieta. Ángeles, Maribel, Ana, Asunción, Concha, Juani, van sin bata, mujeres jóvenes y de mediana edad. Atractivas. Se reparten por la sala. Hablan con internos y familiares. Ríen. Debería besarlas. Qué fortaleza tienen. Tres sillas más allá está Braulio. Tiene apostura. Todo el pelo. Recuerda a Jason Robards. Está solo. Indiferente a estar solo. Con la coraza neuronal que le separa del mundo. Come desganadamente. Mirando a ninguna parte. Sigue, autómata, las instrucciones que le da Maribel; como si no le importaran. Benito se dirige a su nieto, como brigada a un recluta, con distancia, con atención educada, con circunspección:« ¿Cómo estáis?» «¿Obedeces a tu madre?» Miguel, sin quitarse la parca, habla con Asunción mientras ofrece un trozo de tarta a su madre, incómodo, dudando, fuera de lugar. Francisca repite una canción una y otra vez, acompañándose de palmas y pies. Sin concederse pausa alguna. Inmune a todo. Nadie la interrumpe. Nadie aparenta que se oiga algo. Se pide silencio. Teresa dice unas frases que quieren saltar la pared de lo protocolario y lo circunstancial. Llegar. Tocar. A unos. A otros. También Rosa. Y Jordi. Unos, los internos, indiferentes. Otros, básicamente hijas, con brillo en los ojos, dirigiéndolos a los que se alejan sin demora, con la ciega determinación de lo inevitable, incansables. Le digo a mi madre que está muy guapa. Desvía su mirada de la lejanía hacia mí por unos segundos. Me sonríe. Después regresa a sí misma. Los familiares van despidiéndose. Magdalena lloriquea. Recomienza la rutina institucional. Se cierran las puertas del pabellón. Sigo la ruta lisa de las sillas de ruedas. Salgo a General Riera. Cojo aire. Salgo a la noche de la ciudad.

 
   
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