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EL ÁGORA
Fiesta de Navidad
RAMON AGUILÓ
Ya están aquí las auxiliares. Traen las
bandejas de comida, los refrescos.
Magdalena, alta, nariz aguileña, media
melena con volumen, las sigue
sucesivamente, gimoteando. Ellas la
consuelan. La abrazan. Siéntate cariño.
Caty, bajita, pelo cano a lo garçon,
ojos de gavilán, avanza hacia Benito,
sentado a la mesa, de espaldas, a pasitos
minúsculos. Al fin llega. Le roza el
hombro. «¡Quita la zarpa!» Ruge éste.«¡No
le sobes!» le dice Ángeles.
Caty:«¡Putarrotputarrotputarrot!» «Si, pero
de lujo monada.» José, perfil de canónigo,
la gorra calada, visera en la nuca, traza
con dedos de pianista palabras invisibles.
Benito, limpio y atildado, espera la
llegada de su hija y su nieto. Le ignora,
como Faustino. Sentados ambos. Mirada al
frente, a la pared vacía. Erguidos,
inmóviles como grandes saurios. Tomás
aparenta menos años, se remueve en su
silla, inquieto. Pide salir. Se levanta.
Gira la silla de plástico apilable; la
encara a la pared. La defiende como un
militar kakanio. Dolores está sujeta
a la suya con cinturón amplio de lona. Se
inclina. Recoge sin descanso objetos
también invisibles que a continuación
arroja lejos de sí. Una y otra vez repite
la secuencia, pertinaz. Empiezan a llegar
familiares y el resto de cuidadores.
Cristina coloca a su madre en una esquina
en la silla de ruedas. No deja de emitir
lamentos rítmicos, la cabeza echada hacia
atrás, los labios exangües. Cristina le
limpia el interior de la boca con una gasa.
Paciente, silenciosa. Hija. Entran los
coordinadores. Comen todos. Magdalena se
dirige alborozada hacia la puerta. Acaba de
entrar su hermano. Se abrazan. Se cogen de
la mano. Hacía dos meses que no le veía.
Gime. Entra la hija de Faustino, que
abandona su rigidez. Un destello enciende
un instante su mirada. Juana aparta a su
madre. Pepe Sigüenza hace sonar con su
guitarra las melodías de siempre. Juana:
«¿Verdad que estás bien?» «¿Verdad que no
te sientes abandonada?» Ella, niega: «Vamos
a casa.» Los ojos de Juana dan cauce a
penas injustas y vergonzantes. Su madre la
mira compungida. Le pregunto a la mía qué
quiere comer. Churros. Traigo el chocolate.
Le coloco la servilleta. Come con apetito.
No sé muy bien qué hacer. Comienzo con los
contrarios. Blanco, digo. Negro, responde.
Abrir. Cerrar. Alto. Bajo. Dulce. Salado.
Grueso. Delgado. Encender. Apagar… Los
contesta casi todos. Sigo con el completar
frases. Año de nieves. Año de bienes. A
quien madruga. Dios le ayuda. Quien mucho
abarca, poco… aprieta. Ángeles, Maribel,
Ana, Asunción, Concha, Juani, van sin bata,
mujeres jóvenes y de mediana edad.
Atractivas. Se reparten por la sala. Hablan
con internos y familiares. Ríen. Debería
besarlas. Qué fortaleza tienen. Tres sillas
más allá está Braulio. Tiene apostura. Todo
el pelo. Recuerda a Jason Robards. Está
solo. Indiferente a estar solo. Con la
coraza neuronal que le separa del mundo.
Come desganadamente. Mirando a ninguna
parte. Sigue, autómata, las instrucciones
que le da Maribel; como si no le
importaran. Benito se dirige a su nieto,
como brigada a un recluta, con distancia,
con atención educada, con circunspección:«
¿Cómo estáis?» «¿Obedeces a tu madre?»
Miguel, sin quitarse la parca, habla con
Asunción mientras ofrece un trozo de tarta
a su madre, incómodo, dudando, fuera de
lugar. Francisca repite una canción una y
otra vez, acompañándose de palmas y pies.
Sin concederse pausa alguna. Inmune a todo.
Nadie la interrumpe. Nadie aparenta que se
oiga algo. Se pide silencio. Teresa dice
unas frases que quieren saltar la pared de
lo protocolario y lo circunstancial.
Llegar. Tocar. A unos. A otros. También
Rosa. Y Jordi. Unos, los internos,
indiferentes. Otros, básicamente hijas, con
brillo en los ojos, dirigiéndolos a los que
se alejan sin demora, con la ciega
determinación de lo inevitable,
incansables. Le digo a mi madre que está
muy guapa. Desvía su mirada de la lejanía
hacia mí por unos segundos. Me sonríe.
Después regresa a sí misma. Los familiares
van despidiéndose. Magdalena lloriquea.
Recomienza la rutina institucional. Se
cierran las puertas del pabellón. Sigo la
ruta lisa de las sillas de ruedas. Salgo a
General Riera. Cojo aire. Salgo a la noche
de la ciudad.
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