Sobrevivo -espero- a una Navidad muy
similar a la de todos. Una Navidad repleta
de simbología, a la vez laica y religiosa,
que no le hace ascos ni a los abetos
engalanados ni a los pesebres de cerámica
convertidos en portales de una anunciación
y unos regalos, que no importa si salen de
las alforjas de los tres Reyes, del saco
mágico de Santa Claus, de las
reliquias de San Nicolás de Bari, de
los favores de Saturno,
Befana o el gigante vasco
Olentzero. Tanta imaginería no nos
devuelve la infancia pero nos permite
homenajearla en esos niños que ahora
corretean donde ya lo hicimos nosotros. No
hace tanto tiempo de eso. La felicidad
-como la inocencia o el arte- no debiera
andar reñida con la inteligencia.
Esta Navidad sirve, como todas, de
puente entre el año que acaba y el nuevo.
Ahora mismo bailan en la TV al ritmo del
fango con michelines -pero no pegamoides-
de una Alaska que no debiera haber
dejado los programas infantiles. Casi
parece una parodia de nuestra presidenta
Munar. Con perdón. Esta Navidad,
como casi todas, coincide con otras
manifestaciones, oficiales u oficiosas: la
Festa de L'Estendard y las arengas
del 30-D y la autodeterminación de los
Países Catalanes. Podemos ignorarlas,
porque independizarse de una ficción para
caer en otra sólo nos revela quién juega al
efectismo rápido de las propuestas
alternativas, al ruido de las cacerolas
como al pásalo de los móviles. Esos
utensilios sirven para otras cosas. ¿Cómo
explicarlo sin que muchos mundos se
derrumben?
Pero el mundo real
desaparece. Una isla habitada ha sido
engullida por los mares. Se llamaba
Lohachara, en Bengala, allí donde el Ganges
y los ríos de Brahmaputra vacían su caudal
y su último aliento. Otros islotes la
precedieron y otros la seguirán. No sé si
con tanto caldeo global tiene sentido
seguir dándole a la ximbomba. Será inútil,
pero algo hay que hacer para espantar los
fantasmas del miedo. Sin símbolos ni
metáforas no hay tribu que dure cien años.
Como nosotros.