«No es para tanto», me decía el jueves
el cultivador de perlas de este periódico,
con ánimo consolador. Supongo que pareció
exagerada mi opinión de que «Palma se
reinventa para dejarnos en la calle». Pues
sí, claro que es exagerada. No soy más que
víctima de una psicosis. Pero no soy un
caso aislado. Ahí tienen, sin ir más lejos,
a la prostituta del tenedor. A ella también
le sienta mal la calle. Una prostituta se
acercó a un hombre que iba en coche a
ofrecerle sus servicios y, tras ser
rechazada, sacó un tenedor del bolso y se
lo clavó en un dedo. Yo me pongo a llorar
cada vez que paso por la barrera bajada del
Moka, porque hasta ahora era mi
único lugar de peregrinación. En la
religión del bocata caliente de salchichón
me introdujo mi abuela. Mi abuela no se iba
a morir nunca, pero el destino se equivocó
y un día estiró la pata, literalmente. Ir
al Moka desde entonces ha sido como
ir al cementerio a visitar la tumba de mi
abuela. En vez de dejar flores sobre una
lápida, yo iba a honrar a mi muerta
metiéndome en el Moka y pidiendo un
cortado justo desde la mesa en la que ella
me invitó al primer Laccao.
Que no
parezca que mi devoción desaforada por un
bar es una crítica política. Cuando digo
Palma no digo Catalina Cirer.
Nos deja en la calle el tiempo, la muerte,
la economía. Comprendo la confusión, porque
la capital despierta a menudo muchos
lamentos. Hay una inercia que nos invita a
denunciar la escasez de zonas verdes, el
demencial trazado urbanístico, lo que sea,
el edificio de GESA porque está ahí, el
edificio de GESA porque lo van a
quitar.
Despotricamos contra la
plaza de España, contra el derribo del
puente del tren, contra el asfalto y las
aceras liliputienses. Y casi nunca alabamos
lo que se hace bien. Ayer pasé por el Born
y vi que se ha hundido casi medio metro.
Pues queda muy bien, te invita a pasar.
Antes, al estar elevado, nos resultaba algo
repelente. Ha mejorado la calle Marqués de
la Cenia, con su parking subterráneo, su
parque infantil en superficie, más espacio
en general para los bípedos al aire libre y
también más para los coches bajo tierra.
Ahora aparcar para ir al Auditórium
ha dejado de ser una odisea. Cort ha creado
en tres años 200 hectáreas de zonas verdes.
Nos deberíamos felicitar, aunque tal vez
todos esos metros están tan dispersos que
para verlos hay que subirse a un globo. La
psicosis es la psicosis, y nada nos basta.
Queremos un parque sobre las vías
soterradas y que jamás se erija un
rascacielos a lo Grande. La calle
nos enloquece. El coche es un mal lugar
donde morir. Si nos han de atracar a punta
de tenedor, al menos que sea en un parque
con flores.