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  Sábado, 16 de diciembre de 2006 Actualizado a las 01:53
 

EN VENA
El tenedor

ROMÁN PIÑA VALLS



«No es para tanto», me decía el jueves el cultivador de perlas de este periódico, con ánimo consolador. Supongo que pareció exagerada mi opinión de que «Palma se reinventa para dejarnos en la calle». Pues sí, claro que es exagerada. No soy más que víctima de una psicosis. Pero no soy un caso aislado. Ahí tienen, sin ir más lejos, a la prostituta del tenedor. A ella también le sienta mal la calle. Una prostituta se acercó a un hombre que iba en coche a ofrecerle sus servicios y, tras ser rechazada, sacó un tenedor del bolso y se lo clavó en un dedo. Yo me pongo a llorar cada vez que paso por la barrera bajada del Moka, porque hasta ahora era mi único lugar de peregrinación. En la religión del bocata caliente de salchichón me introdujo mi abuela. Mi abuela no se iba a morir nunca, pero el destino se equivocó y un día estiró la pata, literalmente. Ir al Moka desde entonces ha sido como ir al cementerio a visitar la tumba de mi abuela. En vez de dejar flores sobre una lápida, yo iba a honrar a mi muerta metiéndome en el Moka y pidiendo un cortado justo desde la mesa en la que ella me invitó al primer Laccao.

Que no parezca que mi devoción desaforada por un bar es una crítica política. Cuando digo Palma no digo Catalina Cirer. Nos deja en la calle el tiempo, la muerte, la economía. Comprendo la confusión, porque la capital despierta a menudo muchos lamentos. Hay una inercia que nos invita a denunciar la escasez de zonas verdes, el demencial trazado urbanístico, lo que sea, el edificio de GESA porque está ahí, el edificio de GESA porque lo van a quitar.

Despotricamos contra la plaza de España, contra el derribo del puente del tren, contra el asfalto y las aceras liliputienses. Y casi nunca alabamos lo que se hace bien. Ayer pasé por el Born y vi que se ha hundido casi medio metro. Pues queda muy bien, te invita a pasar. Antes, al estar elevado, nos resultaba algo repelente. Ha mejorado la calle Marqués de la Cenia, con su parking subterráneo, su parque infantil en superficie, más espacio en general para los bípedos al aire libre y también más para los coches bajo tierra.

Ahora aparcar para ir al Auditórium ha dejado de ser una odisea. Cort ha creado en tres años 200 hectáreas de zonas verdes. Nos deberíamos felicitar, aunque tal vez todos esos metros están tan dispersos que para verlos hay que subirse a un globo. La psicosis es la psicosis, y nada nos basta. Queremos un parque sobre las vías soterradas y que jamás se erija un rascacielos a lo Grande. La calle nos enloquece. El coche es un mal lugar donde morir. Si nos han de atracar a punta de tenedor, al menos que sea en un parque con flores.

 
   
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