En su libro Libertad de elegir,
el Nobel de Economía y maestro de
liberales, Milton Friedman, señala
la importancia que tienen los climas de
opinión intelectuales para influir y a la
postre cambiar la mentalidad de los
políticos. Cuenta Friedman cómo en las
primeras décadas del siglo XX el clima de
opinión entre los intelectuales
anglosajones comenzó a cambiar. Estos
dejaron de creer en la responsabilidad
individual y en el mercado para apoyarse en
el estado apelando a las «obligaciones
sociales» hacia los más desfavorecidos. El
ariete de esta corriente de opinión fue el
Partido Socialista de los Estados Unidos,
dirigido por Norman Thomas, un
partido minoritario pero muy activo sobre
todo en los ámbitos universitarios y en la
enseñanza superior, que se llegó a
convertir en el partido más influyente de
los Estados Unidos. La influencia del
Partido Socialista sobre los demás partidos
se debía paradójicamente a su escaso éxito
electoral. Su mejor resultado electoral fue
un escaso 6% de los votos en las elecciones
a presidente de EEUU en 1912. En las
elecciones de 1928 y 1932 sus resultados
fueron más escuálidos todavía, un 1 y un
2%, respectivamente. Pero ahí radicaba su
fuerza. Como carecía de posibilidades de
éxito electoral, este minúsculo partido
podía permitirse ser un partido de
principios, un lujo que no estaba al
alcance de los grandes partidos, el
demócrata y el republicano. Al ser
partidos de gobierno, el partido
demócrata y republicano debían evitar a
toda costa los maximalismos y extremismos
si querían volver a gobernar, es decir,
debían renunciar a los principios. La
obsesión de ambos era ganarse el centro, de
ahí que sus discrepancias programáticas e
ideológicas fueran prácticamente
inexistentes.
Sin embargo, con el
paso del tiempo, ambos partidos
mayoritarios terminaron por aprobar leyes
que seguían al pie de la letra casi todos
los puntos económicos del programa
electoral que el Partido Socialista había
llevado a las elecciones presidenciales de
1928 en las que su candidato, Norman
Thomas, había obtenido apenas un 1%. El
mensaje del Partido Socialista y de las
elites intelectuales, gracias a la
tenacidad y firmeza en la defensa a
ultranza de sus principios, había ido
calando paulatinamente la mentalidad de la
opinión pública y de los partidos
mayoritarios que ya no veían con malos ojos
los postulados socialistas -más
intervencionismo estatal, más regulaciones,
más impuestos y más gasto social-. En
definitiva, los socialistas norteamericanos
habían muerto de éxito.
Una vez más
salta a la vista el poder de las ideas,
pero no tanto el de las ideas, sino el
poder que sobre los gobernantes ejerce una
determinada corriente de opinión
autorizada, sustentada en argumentos de
autoridad -que no de verdad.
Como
señalé en mi libro Artesanos de la
culpa, la hazaña del Partido Socialista
de Thomas es análoga a la que aquí, en
Baleares, ha realizado el PSM de
Morro, Sampol, D. Pons
y Alorda. Tal vez esta hipótesis
mereciera cuando menos ser estudiada por
nuestro pesemólogo oficial,
Antoni Marimon, simplemente
contrastando los programas del PSM y
analizando su incidencia sobre las
políticas de los demás partidos. Con el
tiempo el trípode ideológico del PSM
-nacionalismo, socialismo y ecologismo- ha
terminado influyendo en las leyes y
políticas de nuestros dos partidos
mayoritarios, el PP balear y el PSIB-PSOE.
Así, en Baleares, contamos con las
sucursales regionales del PP y PSOE más
vanguardistas de España: somos más
catalanistas, más socialistas -en el
sentido de regular el mercado, intervenir
sobre el ciudadano y absorber todo tipo de
funciones sociales- y más ecologistas que
cualquier sucursal popular y socialista
regional española, con la excepción del PSC
catalán.
En los noventa el PSM llegó
a ejercer una innegable persuasión política
sobre las oligarquías de los demás
partidos. En 1995 el PSM obtiene los
mejores resultados de toda su historia:
41.223 votos -el 13,46%- y 5 escaños sólo
en Mallorca. Sus postulados, alentados con
ferocidad por una sociedad civil bien
organizada y conformada por el GOB, la OCB,
el STEI y el búnker catalanista de
Educación y la UIB, infunden tanto respeto
entre la clase política adversaria que la
van atrayendo hasta el punto de lograr casi
un cisma en el PP balear. El PSM es
entonces el partido de moda y su influencia
crece cada día. Una de las primeras
tentativas de Jaume Matas al llegar
al Govern en 1996 es funcionarizar a
los profesores interinos de Educación. El
intento se quedará en un Pacto de
Estabilidad que garantice el puesto de
trabajo durante seis años a los interinos.
En 1997, Matas firma el famoso Decreto de
Mínimos que obliga a dar un mínimo de un
50% de las clases en catalán. En 1999
aprueba unas polémicas Directrices de
Ordenación del Territorio. Cuatro años
antes, el menorquín Joan Huguet
adoptaba un discurso ecologista -Menorca
como reserva de la Biosfera- y ganaba el
Consell de Menorca. Igual que el Partido
Socialista de Thomas, el PSM ha muerto de
éxito a medida que los demás partidos se
apropiaban de sus ideas y las traducían en
políticas concretas. El PSM ha sido, desde
un punto de vista ideológico, el partido
más influyente de Baleares, para desgracia,
a mi entender, de sus ciudadanos. Nada
hubiera sido igual en Baleares de no haber
existido. Si termina desapareciendo, sólo
cabrá despedirlos como unos idealistas que
cumplieron valerosamente su
misión.
La influencia de partidos
minoritarios y maximalistas para conformar
climas de opinión favorables a sus tesis,
atrayéndose a los gobernantes de los
partidos mayoritarios, demuestra la
importancia de defender unos principios.
Las políticas de componendas y compromisos
que practican el PSIB-PSOE y sobre todo el
PP balear pueden servir para conquistar y/o
mantener el poder, pero no ilusionan a
nadie. Además, en última instancia, no les
queda sino adaptarse a una opinión pública
que han renunciado a dirigir. Con el tiempo
la defensa de los principios -los que sean-
siempre sale a cuenta y resulta fundamental
para su éxito social. No sucede así con la
cobardía disfrazada de prudencia, la
pusilanimidad disfrazada de buena educación
o la indigencia intelectual disfrazada de
moderación. Nietszche tenía razón:
«el mundo gira alrededor de los inventores
de nuevos valores». Aunque su
materialización recaiga en otros, los
mismos pragmáticos que seguramente antes
habían acusado de utópicos a sus
inventores.