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  Miércoles, 6 de diciembre de 2006 Actualizado a las 00:42
 

EL ÁGORA
Milton Friedman y el PSM

JOAN FONT ROSELLÓ


En su libro Libertad de elegir, el Nobel de Economía y maestro de liberales, Milton Friedman, señala la importancia que tienen los climas de opinión intelectuales para influir y a la postre cambiar la mentalidad de los políticos. Cuenta Friedman cómo en las primeras décadas del siglo XX el clima de opinión entre los intelectuales anglosajones comenzó a cambiar. Estos dejaron de creer en la responsabilidad individual y en el mercado para apoyarse en el estado apelando a las «obligaciones sociales» hacia los más desfavorecidos. El ariete de esta corriente de opinión fue el Partido Socialista de los Estados Unidos, dirigido por Norman Thomas, un partido minoritario pero muy activo sobre todo en los ámbitos universitarios y en la enseñanza superior, que se llegó a convertir en el partido más influyente de los Estados Unidos. La influencia del Partido Socialista sobre los demás partidos se debía paradójicamente a su escaso éxito electoral. Su mejor resultado electoral fue un escaso 6% de los votos en las elecciones a presidente de EEUU en 1912. En las elecciones de 1928 y 1932 sus resultados fueron más escuálidos todavía, un 1 y un 2%, respectivamente. Pero ahí radicaba su fuerza. Como carecía de posibilidades de éxito electoral, este minúsculo partido podía permitirse ser un partido de principios, un lujo que no estaba al alcance de los grandes partidos, el demócrata y el republicano. Al ser partidos de gobierno, el partido demócrata y republicano debían evitar a toda costa los maximalismos y extremismos si querían volver a gobernar, es decir, debían renunciar a los principios. La obsesión de ambos era ganarse el centro, de ahí que sus discrepancias programáticas e ideológicas fueran prácticamente inexistentes.

Sin embargo, con el paso del tiempo, ambos partidos mayoritarios terminaron por aprobar leyes que seguían al pie de la letra casi todos los puntos económicos del programa electoral que el Partido Socialista había llevado a las elecciones presidenciales de 1928 en las que su candidato, Norman Thomas, había obtenido apenas un 1%. El mensaje del Partido Socialista y de las elites intelectuales, gracias a la tenacidad y firmeza en la defensa a ultranza de sus principios, había ido calando paulatinamente la mentalidad de la opinión pública y de los partidos mayoritarios que ya no veían con malos ojos los postulados socialistas -más intervencionismo estatal, más regulaciones, más impuestos y más gasto social-. En definitiva, los socialistas norteamericanos habían muerto de éxito.

Una vez más salta a la vista el poder de las ideas, pero no tanto el de las ideas, sino el poder que sobre los gobernantes ejerce una determinada corriente de opinión autorizada, sustentada en argumentos de autoridad -que no de verdad.

Como señalé en mi libro Artesanos de la culpa, la hazaña del Partido Socialista de Thomas es análoga a la que aquí, en Baleares, ha realizado el PSM de Morro, Sampol, D. Pons y Alorda. Tal vez esta hipótesis mereciera cuando menos ser estudiada por nuestro pesemólogo oficial, Antoni Marimon, simplemente contrastando los programas del PSM y analizando su incidencia sobre las políticas de los demás partidos. Con el tiempo el trípode ideológico del PSM -nacionalismo, socialismo y ecologismo- ha terminado influyendo en las leyes y políticas de nuestros dos partidos mayoritarios, el PP balear y el PSIB-PSOE. Así, en Baleares, contamos con las sucursales regionales del PP y PSOE más vanguardistas de España: somos más catalanistas, más socialistas -en el sentido de regular el mercado, intervenir sobre el ciudadano y absorber todo tipo de funciones sociales- y más ecologistas que cualquier sucursal popular y socialista regional española, con la excepción del PSC catalán.

En los noventa el PSM llegó a ejercer una innegable persuasión política sobre las oligarquías de los demás partidos. En 1995 el PSM obtiene los mejores resultados de toda su historia: 41.223 votos -el 13,46%- y 5 escaños sólo en Mallorca. Sus postulados, alentados con ferocidad por una sociedad civil bien organizada y conformada por el GOB, la OCB, el STEI y el búnker catalanista de Educación y la UIB, infunden tanto respeto entre la clase política adversaria que la van atrayendo hasta el punto de lograr casi un cisma en el PP balear. El PSM es entonces el partido de moda y su influencia crece cada día. Una de las primeras tentativas de Jaume Matas al llegar al Govern en 1996 es funcionarizar a los profesores interinos de Educación. El intento se quedará en un Pacto de Estabilidad que garantice el puesto de trabajo durante seis años a los interinos. En 1997, Matas firma el famoso Decreto de Mínimos que obliga a dar un mínimo de un 50% de las clases en catalán. En 1999 aprueba unas polémicas Directrices de Ordenación del Territorio. Cuatro años antes, el menorquín Joan Huguet adoptaba un discurso ecologista -Menorca como reserva de la Biosfera- y ganaba el Consell de Menorca. Igual que el Partido Socialista de Thomas, el PSM ha muerto de éxito a medida que los demás partidos se apropiaban de sus ideas y las traducían en políticas concretas. El PSM ha sido, desde un punto de vista ideológico, el partido más influyente de Baleares, para desgracia, a mi entender, de sus ciudadanos. Nada hubiera sido igual en Baleares de no haber existido. Si termina desapareciendo, sólo cabrá despedirlos como unos idealistas que cumplieron valerosamente su misión.

La influencia de partidos minoritarios y maximalistas para conformar climas de opinión favorables a sus tesis, atrayéndose a los gobernantes de los partidos mayoritarios, demuestra la importancia de defender unos principios. Las políticas de componendas y compromisos que practican el PSIB-PSOE y sobre todo el PP balear pueden servir para conquistar y/o mantener el poder, pero no ilusionan a nadie. Además, en última instancia, no les queda sino adaptarse a una opinión pública que han renunciado a dirigir. Con el tiempo la defensa de los principios -los que sean- siempre sale a cuenta y resulta fundamental para su éxito social. No sucede así con la cobardía disfrazada de prudencia, la pusilanimidad disfrazada de buena educación o la indigencia intelectual disfrazada de moderación. Nietszche tenía razón: «el mundo gira alrededor de los inventores de nuevos valores». Aunque su materialización recaiga en otros, los mismos pragmáticos que seguramente antes habían acusado de utópicos a sus inventores.

 
   
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