O la defensa se ha hecho rematadamente
mal o en el Tribunal Superior de Justicia
de las Baleares tenemos a una cuadrilla de
talibanes catalanistas cuyo imán es el
charnego Carod. Porque no se
entiende la última sentencia judicial que
da la razón al sindicato catalanista STEI y
obliga al Govern a contratar sólo maestros
que sepan catalán. Lo de la Normalización
Lingüística es ya una chorrada porque
estamos en manos de los fanáticos de la
lengua no ya mallorquina sino catalana. Los
satélites de los divisores están bien
asentados en las Islas Baleares,
especialmente en el noble y universal campo
de la Educación, que están manchando con la
villanía de una ideología que no va más
allá de la tribu.
Naturalmente el
nivel académico o la vocación no importan.
Sólo es relevante si los maestros hablan
catalán, para que así formen un coto
cerrado ante las invasiones forasteras y
planten frente a los padres que exigen
justamente lo que se les prometió y no se
cumple por cobardía política: una docencia
en la lengua que hablan todos los
españoles, en español, porque castellano es
el español que se habla en Castilla, pero
el español es la lengua de todos los
pueblos que se unieron voluntariamente para
formar la nación más antigua de Europa. En
Italia, pueblo mucho más práctico que
afirma que el dinero no da la felicidad
pero calma los nervios, no se hacen
semejantes pajas mentales. Pero en fin, no
hay duda de que eso que querer imponer una
lengua por cojones, como pretenden hacer
los nacionalistas, no deja de ser muy
español. La actitud del converso siempre ha
pasado por ser más papista que el papa,
tocapelotas sin pelotas, aburridos
savonarolas que portan la cruz de la
intransigencia.
Caín debía
ser íbero porque aquí no hacemos otra cosa
que dividirnos. La envidia, el miedo y el
odio a lo diferente quieren hacer naufragar
a las Españas y regresar, en plena era
globalizadora, a los reinos de
Taifas.
La injusta sentencia sobre
los maestros es la última boutade.
Pasará igual que con los músicos, a los que
exigen que hablen catalán para tocar las
universales notas. El triunfo de lo paleto,
o sea.
Me encantó la respuesta de una
dama mallorquina a unos periodistas
catalanes que pretendían ensalzar la
historia de su apellido con fines
divisores. «Mi familia lleva más de
setecientos años en Mallorca. Sin duda
muchos más que los que llevan sus
dirigentes en Cataluña. ¿Por qué entonces
no me dejan considerarme mallorquina?»
Genial.
En Baleares se habla
libremente en la calle. La cortesía de sus
gentes y el interés de un diálogo
comprensible permite pasar de una lengua a
otra sin complejos. Pero ahora tenemos a
políticos y maestrillos que se empeñan en
torcer lo que iba bien. No hay quien les
comprenda.