MAURILIO DE MIGUEL
MADRID.- Tantas
veces llegan las olas a las playas cubanas
que conviene decir, de una vez por todas,
que La Habana no está bañada por el Caribe,
sino por el océano Atlántico. Y que, en
consecuencia, acuñó hace ya mucho su propio
lenguaje musical patronímico, la habanera,
lenguaje que a Marina Rossell le ha
inspirado su nueva entrega discográfica
titulada genéricamente Vistas al
mar.
«He buscado en ella el
trabajo monográfico sobre un género que a
mí me gusta recordar con sus raíces
coloniales. Un género del que derivaron con
el tiempo el tango y el danzón», comienza
señalando la cantautora catalana.
«El
músico y arreglista Maurici Villavecchia,
más el también multiinstrumentista Eduard
Iniesta, vinieron a ser mis compañeros de
viaje en esta grabación, en la que los tres
hablamos de texturas, sabores y
temperaturas, como cocineros. Sólo después
pasamos a tratar de cifrados y
partituras...», advierte asímismo
Marina.
Por tanto, no sería
descabellado decir que su lanzamiento huele
a mar, desde la propia carátula, teniendo
además en cuenta que anuncia una sesión de
fotos llevada a cabo en el Consorci dei
Far, astillero de la Barceloneta donde los
jóvenes más desfavorecidos se esfuerzan en
reparar y construir barcos.
Y es que,
según comenta la cantautora, «también me he
dedicado en este álbum a reconstruir; en mi
caso, composiciones muy añejas, aparte de
incluir en él canciones de mi propia
cosecha, Ruta de estrellas y De
qué hablas habanera, cuya
interpretación junto a Carlos Cano rescato
para Vistas al mar».
Ruta
de estrellas junto a Paco Ibáñez, El
adiós del soldado mano a mano con Sisa,
la composición anónima que La bella
Lola con el grupo Port Bo, el citado
dúo con el malogrado Carlos Cano, maestro
del género mientras vivió... Hasta en
cuatro cortes del álbum se hace acompañar
de amigos Rossell, en una grabación que
comprende compases de habanera cubana, pero
también con pedigrí en
Latinoamérica.
Así lo explica la
artista: «Mi grabación presenta tres
bloques de canción bien diferenciadas. Uno
recrea clásicos del género en estado puro,
como La bella Lola, La
golondrina y La paloma. Otro
rastrea los orígenes mexicano y colombiano
de piezas como Guarda esa flor (con
la voz de Cristina Vilallonga) y El
adiós del soldado, respectivamente. Y
la de más allá se plantea homenajes al
género como el acometido con Carlos Cano,
Carbón de ron, que habla sutilmente
de pateras, y Ruta de estrellas,
tema nacido, por otra parte, al calor de mi
reciente viaje a Ciudad Juárez para
denunciar sus feminicidios, con la
Plataforma de Mujeres Artistas contra la
Violencia de Género.
'Tempo'
cromático
La manera de respetar
la habanera como género, a juicio de Marina
Rossell, pasa por no salirse de su
tempo cromático, a la hora de
actualizarla con emociones, miradas propias
y acústicas propias... Es decir, sigue
pidiendo, ritmos de dos por cuatro, para
diferenciarse del tres por cuatro propio
del bolero, cadencia romántica en expansión
con la que a menudo se le ha confundido o
asimilado. «La habanera resulta mucho más
evocadora que el bolero, formato musical
narrativo por excelencia. Tiene más de
ensoñación en sus desarrollos literarios»,
explica Marina. Y termina argumentando:
«Obedece al placer de recrear lo ya oído y
sentido. Ésa es la base de mis
reinterpretaciones».
Un ramillete de
melodías con perfume de receta muy
personal, que se edita no sólo en la
Península, sino además en Canadá, Francia y
Estados Unidos, dispuesto a ser
interpretado desde estas mismas semanas con
piano, acordeón y familia de guitarras
mediterráneas, a la hora de entronizar la
voz de sirena que sigue caracterizando a la
cantautora. No en vano, Marina Rossell
acaba de ser la artista invitada de la
mexicana Lila Downs en Barcelona.