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URGENTE Atacan con cohetes desde el Líbano el norte de Israel
Miércoles, 15 de noviembre de 2006 Actualizado a las 01:49
 

LA PLUMA
La batalla de la ensaimada

JORGE MONTOJO


La batalla de los consumidores y pasteleros ha costado berrinches, sudor y lágrimas pero al fin han conseguido su objetivo: la ensaimada ha dejado de ser considerada como un artefacto altamente peligroso en los aviones.

La ensaimada, ese dulce baleárico que hace las delicias de peninsulares y bárbaros del norte, verdadero souvenir de nuestras costas, desayuno y merienda imprescindible ya sea acompañada de whisky, absenta o cacaolat, amiga de tertulias e inspiraciones artísticas más o menos alucinógenas… había sido considerado por las fuerzas de seguridad y los burócratas leguleyos que nos prohíben fumar como un peligro para los pasajeros. Especialmente la rellena, esa era como subir abordo armado con un kilo de goma dos.

Y naturalmente los rebaños de turistas estaban desesperados. Llegaban a la puerta de embarque y eran literalmente desvalijados de su peligroso equipaje de mano. De su irrefutable prueba de estancia en las Islas Baleares. Les cacheaban y no permitían que siguieran adelante con la ensaimada. Se sentían como criminales en potencia, un expreso de medianoche en suelo balear y no por culpa del caballo ni del perico sino por las cándidas ensaimadas.

Muchos no embarcaron por temor a no recuperar una ensaimada que si se hubiera facturado habría desaparecido tanto en el Charles de Gaulle como en Malpensa. No; era o la ensaimada o el viaje, y casi todos se quedaban gallardamente con la ensaimada. Hasta que las autoridades han recapacitado y ya no consideran al dulce como una amenaza. La ensaimada puede volar de nuevo, no así un cortaúñas o una botella de colonia para resistir los desmayos de la clase turista.

Sin embargo nadie se ha metido con la sobrasada. Como es algo impuro a los ojos de las moscas cojoneras con turbante, nadie -salvo los fanáticos vegetarianos y ayatollahs del colesterol- piensa en la sobrasada como una amenaza para el vuelo. Es más, si te ven con una sobrasada los guardias de seguridad te guiñan un ojo cómplice y franquean antes la entrada en la esquizofrenia que domina los aeropuertos.

Porque el avión se ha convertido en el medio más incómodo de viajar. Los asientos son cada vez más apretados, el servicio abordo te lo clavan como si tomaras una copa en el Ritz, los retrasos son aceptados borregamente, las colas en facturación claman al cielo y la histeria ha tomado los mandos de la industria aeronáutica. El mayor temor se conjuraría blindando la puerta de los pilotos y ordenando que no se abrieran durante todo el vuelo. Pero para eso haría falta hacer menos historias. Y ya se sabe lo mucho que disfrutan con semejantes chorradas los que se dedican a ponerlo todo más complicado en aras de una seguridad que ahoga toda comodidad.

Pero con la sagrada ensaimada han topado.

 
   
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