La batalla de los consumidores y
pasteleros ha costado berrinches, sudor y
lágrimas pero al fin han conseguido su
objetivo: la ensaimada ha dejado de ser
considerada como un artefacto altamente
peligroso en los aviones.
La
ensaimada, ese dulce baleárico que hace las
delicias de peninsulares y bárbaros del
norte, verdadero souvenir de nuestras
costas, desayuno y merienda imprescindible
ya sea acompañada de whisky, absenta o
cacaolat, amiga de tertulias e
inspiraciones artísticas más o menos
alucinógenas… había sido considerado por
las fuerzas de seguridad y los burócratas
leguleyos que nos prohíben fumar como un
peligro para los pasajeros. Especialmente
la rellena, esa era como subir abordo
armado con un kilo de goma dos.
Y
naturalmente los rebaños de turistas
estaban desesperados. Llegaban a la puerta
de embarque y eran literalmente
desvalijados de su peligroso equipaje de
mano. De su irrefutable prueba de estancia
en las Islas Baleares. Les cacheaban y no
permitían que siguieran adelante con la
ensaimada. Se sentían como criminales en
potencia, un expreso de medianoche en suelo
balear y no por culpa del caballo ni del
perico sino por las cándidas
ensaimadas.
Muchos no embarcaron por
temor a no recuperar una ensaimada que si
se hubiera facturado habría desaparecido
tanto en el Charles de Gaulle como en
Malpensa. No; era o la ensaimada o el
viaje, y casi todos se quedaban
gallardamente con la ensaimada. Hasta que
las autoridades han recapacitado y ya no
consideran al dulce como una amenaza. La
ensaimada puede volar de nuevo, no así un
cortaúñas o una botella de colonia para
resistir los desmayos de la clase turista.
Sin embargo nadie se ha metido con
la sobrasada. Como es algo impuro a los
ojos de las moscas cojoneras con turbante,
nadie -salvo los fanáticos vegetarianos y
ayatollahs del colesterol- piensa en la
sobrasada como una amenaza para el vuelo.
Es más, si te ven con una sobrasada los
guardias de seguridad te guiñan un ojo
cómplice y franquean antes la entrada en la
esquizofrenia que domina los aeropuertos.
Porque el avión se ha convertido en
el medio más incómodo de viajar. Los
asientos son cada vez más apretados, el
servicio abordo te lo clavan como si
tomaras una copa en el Ritz, los retrasos
son aceptados borregamente, las colas en
facturación claman al cielo y la histeria
ha tomado los mandos de la industria
aeronáutica. El mayor temor se conjuraría
blindando la puerta de los pilotos y
ordenando que no se abrieran durante todo
el vuelo. Pero para eso haría falta hacer
menos historias. Y ya se sabe lo mucho que
disfrutan con semejantes chorradas los que
se dedican a ponerlo todo más complicado en
aras de una seguridad que ahoga toda
comodidad.
Pero con la sagrada
ensaimada han topado.