Hace unos días se comentaban
cáusticamente unas declaraciones de
Matas en el marco de un reportaje de
la revista Lecturas, donde
calificaba a Maite Areal, su mujer,
como «su princesa» así como el estilo en el
vestir de la señora consorte. No voy a
entrar en la pertinencia de los comentarios
que se han vertido, ni en su agudeza,
aunque sí reconozco que en un matrimonio
pueden pasar cosas muy gordas. Respecto a
las cuestiones de estilo, proclamo mi
incompetencia; sólo sabría balbucear
algunas banalidades aprendidas en algún
papel couché dominical de algún exquisito
como Tom Ford. La cuestión para mí
más interesante sería: ¿Es o no Matas un
cursi? Para responder sin prejuicios a la
pregunta, sugiero acudir a la piropería
política comparada. Maragall,
ZP, Mas, Rajoy,
Chaves, Bono,
Ibarretxe, Piqué,
Camps, ¿a cuál de ellos imagina
dedicando este cumplido a su pareja? Claro
que en el caso de Matas, en el logo
palpitante de la empresa familiar que nos
demora el gozo cinematográfico, ya se
insinúa el potencial de bombeo de un
corazón que tiene razones que nuestra razón
no entiende, v.g. que no cese a
Pastor por su excesiva y nepotista
devoción por sus princesas
familiares.
Aconsejo encarecidamente,
para saber a quién vamos a confiar nuestro
voto, que en las próxima campaña electoral
se pregunte a las altezas de los/las
candidatos/as por su comportamiento en la
cama, tal como ha hecho la prensa catalana.
Entresaco lo más desmotivador, los
calzoncillos negros del filólogo
Carod y que funcione por la
práctica; lo más sosito y reprimido, de la
señora de Mas: «atento y cariñoso… no
estaría mal poder comparar…pero no se
puede»; lo más liberal, de la mujer de
Piqué: «le quiero tanto que le perdonaría
alguna infidelidad»; lo más increíble, de
la mujer de Montilla: «francamente
apasionado y se lo pasa muy bien jugando».
Se me hace la boca agua con sólo imaginar
las respuestas del señor Munar y
demás consortes de próceres
locales.
El panorama electoral para
varones con ambición es un poco chungo,
teniendo en cuenta las nuevas normas
cremallera que se están imponiendo. Las
princesas debieran estar en los primeros
lugares de la política, como los príncipes,
pero lo actual no deja de ser paternalismo
políticamente correcto. Las cosas no habrán
cambiado sociológicamente de verdad hasta
que aquí no tengamos una presidenta del
gobierno como una Mary Robinson, o
cuando hagan las listas electorales mujeres
presidentas, secretarias generales o de
organización de los/las partidos/as
políticos/as. Normalidad no debería ser el
que una antigua amante -Edith
Cresson- del príncipe
-Mitterrand- sea nombrada presidenta
del gobierno, sino, parafraseando de forma
perversa una sentencia del gremio
feminista, cuando cualquier varón mediocre
pueda ser nombrado para un cargo importante
de la política por ser amante temporal de
una mujer poderosa, como pueda serlo
cualquier mujer mediocre de hoy en la misma
condición, sin que produzca extrañeza.
Sería machismo de mal gusto. Aunque,
teniendo en cuenta los trillados estándares
masculinos de seducción: poder,
inteligencia, dinero y el femenino:
belleza, la mayoría de mediocres vamos a
tenerlo peor para situarnos adecuadamente
en este mundo feliz normalizado hacia el
que deberíamos encaminarnos. A no ser que
un bendito azar evolutivo cambie de una vez
por todas los patrones de seducción y dejen
de apropiarse de todas las bellezas
disponibles en el mercado sexual los ricos,
los poderosos y algún
inteligente.
Volviendo a la condición
principesca, desde siempre, aparte de algún
sarcasmo local, habíamos guardado este
calificativo para el único ejemplar de
mujer capaz de hacernos suspirar durante
algunas décadas: Carolina de Mónaco.
Todo se rompió al decidir matrimoniar con
el impresentable Hannover. Ahí nos
sentimos dolidos con ella para siempre. La
sustituimos, como es propio de la provecta
edad en que de mala gana empezamos a entrar
hace algún tiempo, por su hija. Ésta sí es
nuestra auténtica princesa. Para nada me
avergüenza decirlo. A algunos siempre les
quedará París, a otros, ¡fuera imitaciones
o sucedáneos horteras!, siempre nos quedará
el ¡Hola! Y en ella, la única princesa que,
con todo el derecho genético, ginecológico
y propio, pastorea nuestros corazones.
Goethe la llamó Ulrike,
nosotros, Carlota.