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  Viernes, 27 de octubre de 2006 Actualizado a las 01:32
 

EL ÁGORA
Princesas

RAMON AGUILÓ


Hace unos días se comentaban cáusticamente unas declaraciones de Matas en el marco de un reportaje de la revista Lecturas, donde calificaba a Maite Areal, su mujer, como «su princesa» así como el estilo en el vestir de la señora consorte. No voy a entrar en la pertinencia de los comentarios que se han vertido, ni en su agudeza, aunque sí reconozco que en un matrimonio pueden pasar cosas muy gordas. Respecto a las cuestiones de estilo, proclamo mi incompetencia; sólo sabría balbucear algunas banalidades aprendidas en algún papel couché dominical de algún exquisito como Tom Ford. La cuestión para mí más interesante sería: ¿Es o no Matas un cursi? Para responder sin prejuicios a la pregunta, sugiero acudir a la piropería política comparada. Maragall, ZP, Mas, Rajoy, Chaves, Bono, Ibarretxe, Piqué, Camps, ¿a cuál de ellos imagina dedicando este cumplido a su pareja? Claro que en el caso de Matas, en el logo palpitante de la empresa familiar que nos demora el gozo cinematográfico, ya se insinúa el potencial de bombeo de un corazón que tiene razones que nuestra razón no entiende, v.g. que no cese a Pastor por su excesiva y nepotista devoción por sus princesas familiares.

Aconsejo encarecidamente, para saber a quién vamos a confiar nuestro voto, que en las próxima campaña electoral se pregunte a las altezas de los/las candidatos/as por su comportamiento en la cama, tal como ha hecho la prensa catalana. Entresaco lo más desmotivador, los calzoncillos negros del filólogo Carod y que funcione por la práctica; lo más sosito y reprimido, de la señora de Mas: «atento y cariñoso… no estaría mal poder comparar…pero no se puede»; lo más liberal, de la mujer de Piqué: «le quiero tanto que le perdonaría alguna infidelidad»; lo más increíble, de la mujer de Montilla: «francamente apasionado y se lo pasa muy bien jugando». Se me hace la boca agua con sólo imaginar las respuestas del señor Munar y demás consortes de próceres locales.

El panorama electoral para varones con ambición es un poco chungo, teniendo en cuenta las nuevas normas cremallera que se están imponiendo. Las princesas debieran estar en los primeros lugares de la política, como los príncipes, pero lo actual no deja de ser paternalismo políticamente correcto. Las cosas no habrán cambiado sociológicamente de verdad hasta que aquí no tengamos una presidenta del gobierno como una Mary Robinson, o cuando hagan las listas electorales mujeres presidentas, secretarias generales o de organización de los/las partidos/as políticos/as. Normalidad no debería ser el que una antigua amante -Edith Cresson- del príncipe -Mitterrand- sea nombrada presidenta del gobierno, sino, parafraseando de forma perversa una sentencia del gremio feminista, cuando cualquier varón mediocre pueda ser nombrado para un cargo importante de la política por ser amante temporal de una mujer poderosa, como pueda serlo cualquier mujer mediocre de hoy en la misma condición, sin que produzca extrañeza. Sería machismo de mal gusto. Aunque, teniendo en cuenta los trillados estándares masculinos de seducción: poder, inteligencia, dinero y el femenino: belleza, la mayoría de mediocres vamos a tenerlo peor para situarnos adecuadamente en este mundo feliz normalizado hacia el que deberíamos encaminarnos. A no ser que un bendito azar evolutivo cambie de una vez por todas los patrones de seducción y dejen de apropiarse de todas las bellezas disponibles en el mercado sexual los ricos, los poderosos y algún inteligente.

Volviendo a la condición principesca, desde siempre, aparte de algún sarcasmo local, habíamos guardado este calificativo para el único ejemplar de mujer capaz de hacernos suspirar durante algunas décadas: Carolina de Mónaco. Todo se rompió al decidir matrimoniar con el impresentable Hannover. Ahí nos sentimos dolidos con ella para siempre. La sustituimos, como es propio de la provecta edad en que de mala gana empezamos a entrar hace algún tiempo, por su hija. Ésta sí es nuestra auténtica princesa. Para nada me avergüenza decirlo. A algunos siempre les quedará París, a otros, ¡fuera imitaciones o sucedáneos horteras!, siempre nos quedará el ¡Hola! Y en ella, la única princesa que, con todo el derecho genético, ginecológico y propio, pastorea nuestros corazones. Goethe la llamó Ulrike, nosotros, Carlota.

 
   
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