Sorprende que este periódico,
normalmente tan informado, no haya dado
importancia a la principal noticia de esta
semana, y quizá del mes, y quizá del año.
Ni la colección de pellejos de la
Munar, ni la de garabatos de
Pedro Serra, ni siquiera el próximo
portahelicópteros del Pocero pueden
compararse a un cabreo de Catherine
-Zeta-Jones, me refiero.
En
un matrimonio de dimensiones monárquicas -y
yo diría más: míticas- cualquier
malentendido equivale a una crisis de
estado. Aquí no tenemos estado -por no
tener, no tenemos ni Estatut, gracias al
cielo-, pero aun así podrían resentirse los
cimientos de la isla. Mr. Douglas, a
quien ya le cansa un poco su imagen de
maridito perfecto, ha declarado en una
revista que le encanta el culo de Eva
Longoria. Lo cual no sólo es una
grosería para con su señora, sino una
muestra evidente de miopía y de mal gusto:
dónde va parar esa raspa eléctrica de la
Longoria al lado de Catherine, que despide
sensualidad a dos kilómetros a la
redonda.
Hace mal Mr. Douglas en
echar de menos su pasado casquivano
viviendo, como vive, junto a una de las
mujeres más bellas del planeta. La
mitología nos enseña que una diosa celosa
tiene muy mala leche y que puede acabar con
una civilización en lo que tarda en
cambiarse las enaguas. Un mosqueo entre
Catherine y su marido tendría consecuencias
incalculables para Mallorca. Apartados del
mundanal ruido, retirados en su cala
olímpica, los Douglas forman uno de esos
raros matrimonios de diez o doce ceros, de
cuya estabilidad dependen infraestructuras,
hoteles, negocios millonarios, miles de
empleos y docenas de inversiones futuras.
Mr. Douglas alza una ceja y la bolsa se
tambalea. Catherine frunce el ceño y las
olas se encrespan.
La sangre galesa
de una diosa morena y el temperamento
visceral del hijo de Espartaco se
refugiaron en este paraíso mediterráneo
para criar una familia. A ustedes les
parecerá una tontería, pero la mitología y
la realidad siempre andan más cerca de lo
que nos pensamos. Los dioses griegos hace
tiempo que emigraron a Hollywood, pero a
sus avatares les tira más el Mediterráneo
que esa versión soleada llamada California.
Después de todo, California es el nombre de
una reina de las amazonas. Un capitán
entusiasta de los libros de caballerías la
bautizó así en aquellos tiempos en que los
soldados leían.
Lo que quiero decir
es que Mr. Douglas ya está mayorcito para
jugar a Paris. Además, ya consiguió
una versión corregida y aumentada de
Helena al lado de la cual el oro del
Oscar en su mesilla de noche sólo es el
envoltorio de una chocolatina. La piel de
Catherine hace que los visones de la Munar
parezcan lo que son: mondas de bichejos
muertos. Pero es que, aparte de la pasta y
la envidia, los Douglas me caen muy bien,
juntos y por separado. A ver si por una
tontería vamos a empezar otra vez la guerra
de Troya.