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  Viernes, 27 de octubre de 2006 Actualizado a las 01:32
 

A CAPÓN
Los dioses Douglas

DAVID TORRES


Sorprende que este periódico, normalmente tan informado, no haya dado importancia a la principal noticia de esta semana, y quizá del mes, y quizá del año. Ni la colección de pellejos de la Munar, ni la de garabatos de Pedro Serra, ni siquiera el próximo portahelicópteros del Pocero pueden compararse a un cabreo de Catherine -Zeta-Jones, me refiero.

En un matrimonio de dimensiones monárquicas -y yo diría más: míticas- cualquier malentendido equivale a una crisis de estado. Aquí no tenemos estado -por no tener, no tenemos ni Estatut, gracias al cielo-, pero aun así podrían resentirse los cimientos de la isla. Mr. Douglas, a quien ya le cansa un poco su imagen de maridito perfecto, ha declarado en una revista que le encanta el culo de Eva Longoria. Lo cual no sólo es una grosería para con su señora, sino una muestra evidente de miopía y de mal gusto: dónde va parar esa raspa eléctrica de la Longoria al lado de Catherine, que despide sensualidad a dos kilómetros a la redonda.

Hace mal Mr. Douglas en echar de menos su pasado casquivano viviendo, como vive, junto a una de las mujeres más bellas del planeta. La mitología nos enseña que una diosa celosa tiene muy mala leche y que puede acabar con una civilización en lo que tarda en cambiarse las enaguas. Un mosqueo entre Catherine y su marido tendría consecuencias incalculables para Mallorca. Apartados del mundanal ruido, retirados en su cala olímpica, los Douglas forman uno de esos raros matrimonios de diez o doce ceros, de cuya estabilidad dependen infraestructuras, hoteles, negocios millonarios, miles de empleos y docenas de inversiones futuras. Mr. Douglas alza una ceja y la bolsa se tambalea. Catherine frunce el ceño y las olas se encrespan.

La sangre galesa de una diosa morena y el temperamento visceral del hijo de Espartaco se refugiaron en este paraíso mediterráneo para criar una familia. A ustedes les parecerá una tontería, pero la mitología y la realidad siempre andan más cerca de lo que nos pensamos. Los dioses griegos hace tiempo que emigraron a Hollywood, pero a sus avatares les tira más el Mediterráneo que esa versión soleada llamada California. Después de todo, California es el nombre de una reina de las amazonas. Un capitán entusiasta de los libros de caballerías la bautizó así en aquellos tiempos en que los soldados leían.

Lo que quiero decir es que Mr. Douglas ya está mayorcito para jugar a Paris. Además, ya consiguió una versión corregida y aumentada de Helena al lado de la cual el oro del Oscar en su mesilla de noche sólo es el envoltorio de una chocolatina. La piel de Catherine hace que los visones de la Munar parezcan lo que son: mondas de bichejos muertos. Pero es que, aparte de la pasta y la envidia, los Douglas me caen muy bien, juntos y por separado. A ver si por una tontería vamos a empezar otra vez la guerra de Troya.

 
   
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