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  Martes, 24 de octubre de 2006 Actualizado a las 01:12
 

EN VENA
Helado de granada

ROMÁN PIÑA VALLS


Un día cada tres meses cojo el carro de la compra y lo lleno pipas. Dejo el coche en el parking de Berenguer de Palou, plaza de los patines, y empiezo el reparto de pipas por los principales templos del arte palmesano. Primero voy a Embat y Born de llibres. En la librería Embat Juan Cañellas, poeta que se hace rogar, y viejo amigo ya, me recoge las bolsas con esa paciencia que los libreros tienen con los profesores de griego.

Salgo a la calle rápido, porque me espera un buen paseo. El café Món, en las Avenidas, patrocinador de un premio literario del mismo nombre que va por la cuarta convocatoria, es la segunda estación habitual. En la sombra, los responsables del café Món, del café 1916, el Colonial y el Cook Express dan prueba de su sensibilidad y entienden que las mesas de un café son refugio perfecto para quien anda buscando un rincón donde abrir un libro, o una libreta para empezar a emborronar un poema o un cacho de novela.

Toca bajar por la calle de los Olmos, y mientras tiro del carro lleno de pipas, me pregunto de qué voy a escribir en esta columna. No llevo carbón en mi carro, y hace un día tan estupendo que sería una lástima estropearlo dedicándole un solo minuto a la basura que copa la actualidad en la prensa. Munar, la de los camiones, es una caja de sorpresas y todas desagradables.

Dejo un puñado de pipas en la Galería Xavier Fiol, en la calle San Jaime. Dejo otro en la librería Bonaire. Poco a poco. Voy por la acera. Si dos ancianas deciden interceptar el paso, deteniéndose a curiosear algún balcón, espero dos segundos a sus espaldas, pero al tercero grito ¡permiso! Dan un salto y se abre la barrera. Hace un sol inverosímil para el 21 de octubre, así que voy a Can Miquel, a por un helado de higo chumbo.

Pero se acabó, ahora es temporada de otras frutas, y tienen de membrillo y de granada. Pruebo el de granada, mientras un señor en la acera de Jaime III se luce al acordeón. Dios mío de mi vida, no sé si he probado jamás nada igual. A partir de hora me nombro a mí mismo apóstol del helado de granada de Can Miquel. Ni se les ocurra no probarlo, y rápido, que estos helados son de verdad, del momento, y en dos semanas se acaban las granadas.

Paso por el centro cultural contemporáneo Pelaires, donde la jovial Montse me recoge amablemente las pipas y canto las alabanzas del helado de granada a diestro y siniestro. Pep Pinya se merece este helado y más.

Dejo pipas en Cort y en la librería Literanta, que tiene bar. Allí un filósofo de barba rizada me confiesa que es un niño, y yo le confieso al librero José Luis que entre todas las pipas, empiece por comerse los poemas de Patricia Peláez.

 
   
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