Un día cada tres meses cojo el carro de
la compra y lo lleno pipas. Dejo el coche
en el parking de Berenguer de Palou, plaza
de los patines, y empiezo el reparto de
pipas por los principales templos del arte
palmesano. Primero voy a Embat y Born de
llibres. En la librería Embat Juan
Cañellas, poeta que se hace rogar, y
viejo amigo ya, me recoge las bolsas con
esa paciencia que los libreros tienen con
los profesores de griego.
Salgo a la
calle rápido, porque me espera un buen
paseo. El café Món, en las Avenidas,
patrocinador de un premio literario del
mismo nombre que va por la cuarta
convocatoria, es la segunda estación
habitual. En la sombra, los responsables
del café Món, del café 1916, el Colonial y
el Cook Express dan prueba de su
sensibilidad y entienden que las mesas de
un café son refugio perfecto para quien
anda buscando un rincón donde abrir un
libro, o una libreta para empezar a
emborronar un poema o un cacho de
novela.
Toca bajar por la calle de
los Olmos, y mientras tiro del carro lleno
de pipas, me pregunto de qué voy a escribir
en esta columna. No llevo carbón en mi
carro, y hace un día tan estupendo que
sería una lástima estropearlo dedicándole
un solo minuto a la basura que copa la
actualidad en la prensa. Munar, la de los
camiones, es una caja de sorpresas y todas
desagradables.
Dejo un puñado de
pipas en la Galería Xavier Fiol, en la
calle San Jaime. Dejo otro en la librería
Bonaire. Poco a poco. Voy por la acera. Si
dos ancianas deciden interceptar el paso,
deteniéndose a curiosear algún balcón,
espero dos segundos a sus espaldas, pero al
tercero grito ¡permiso! Dan un salto y se
abre la barrera. Hace un sol inverosímil
para el 21 de octubre, así que voy a Can
Miquel, a por un helado de higo
chumbo.
Pero se acabó, ahora es
temporada de otras frutas, y tienen de
membrillo y de granada. Pruebo el de
granada, mientras un señor en la acera de
Jaime III se luce al acordeón. Dios mío de
mi vida, no sé si he probado jamás nada
igual. A partir de hora me nombro a mí
mismo apóstol del helado de granada de Can
Miquel. Ni se les ocurra no probarlo, y
rápido, que estos helados son de verdad,
del momento, y en dos semanas se acaban las
granadas.
Paso por el centro cultural
contemporáneo Pelaires, donde la jovial
Montse me recoge amablemente las
pipas y canto las alabanzas del helado de
granada a diestro y siniestro. Pep
Pinya se merece este helado y
más.
Dejo pipas en Cort y en la
librería Literanta, que tiene bar. Allí un
filósofo de barba rizada me confiesa que es
un niño, y yo le confieso al librero
José Luis que entre todas las pipas,
empiece por comerse los poemas de
Patricia Peláez.