ANTONIO LUCAS
MADRID.- Con la
paciencia de un maestro del bonsái, el
invisible Rosendo Naseiro (Lugo, 1935) ha
pasado los últimos 30 años confeccionando
una insólita colección de bodegones
españoles fechados entre los siglos XVII y
XIX. Una curiosidad que ha mantenido como
el último mohicano de una pasión por este
género del arte tantas veces
desplazado.
La colección de Naseiro
abarca casi 100 obras. Y 40 de ellas,
donadas por el BBVA al Museo del Prado bajo
la fórmula de dación por pago de impuestos
(adquirida por la entidad por 26 millones
de euros), se han incorporado a la
institución para completar los fondos de la
pinacoteca en uno de sus flancos más
débiles.
Casi nadie conocía el botín
de Naseiro, como recordó ayer, en la
presentación de la muestra de estas
adquisiciones, el director del Prado,
Miguel Zugaza. Hace 10 años, él fue uno de
los pocos privilegiados que accedió al piso
de la calle de Relatores, en Madrid, donde
el empresario conservaba un buen número de
piezas. Entre la discreción y el secreto,
Naseiro fue poniendo en un caballete una
tela, otra tela y otra más, en una penumbra
de cuarto cerrado aliviada por la
lupa de un potente foco.
Zugaza pidió algunas obras en
préstamo para el Museo de Bellas Artes de
Bilbao, y Naseiro dijo: «No, sencillamente
no». De hecho, esta colección
asumida por el Prado es, en buena
parte, inédita. De ahí la novedad de la
exposición, en la que se presenta, titulada
con un verso de Lope de Vega, Lo fingido
verdadero, abierta hasta el 7 de enero
y de la que es comisario Javier
Portús.
«Conseguir la mejor parte de
la colección Naseiro se presentaba como una
ocasión única», recordó ayer Zugaza.
«Ingresan ahora obras irrepetibles de
artistas de género y de otros creadores no
representados en los fondos del museo,
alimentando y dando más solidez al relato
de la pintura española». En este nuevo
ejército, formado por 19 pintores
españoles, destaca el excepcional Juan van
der Hammen.