Anteayer Localia emitió un
magnífico reportaje sobre el emperador
Justiniano, último de una serie
sobre los césares. Cuando en el año 542
empezaron a morir impositores en
Constantinopla y en otras ciudades del
imperio oriental a causa de la peste,
Justiniano dictó leyes para asegurarse que
la familia del fallecido heredase las
deudas fiscales. Era tal la necesidad del
emperador que incluso llegó a dictar que si
el fallecido no tenía familia, fuera el
vecino quien asumiera el pago de sus
impuestos.
El moderno contrato
social, que tiene sus antecedentes en
Platón y Cicerón y desemboca
en Rousseau, influido por
Hobbes y Locke, sólo añade
literatura bobalicona a la espada y al
derecho justinianos. Al fin y al cabo las
sociedades humanas democráticas se reducen
a productores que pagan impuestos y a
políticos que administran el dinero,
políticos que son elegidos quieran o no
quieran los súbditos, llamados
eufemísticamente electores, la mayoría de
los cuales no quieren admitir el juego
manipulador al que son sometidos. En la
mayoría de situaciones los electores se ven
obligados a elegir sin disponer más que de
pésimas ofertas (p.ej.: Matas,
Antich, Munar). Incluso
cuando casi nadie acude a votar se aprueba
lo sometido a votación (p.ej.: Constitución
Europea). Y se traga lo indecible bajo un
velo de ignorancia, como por ejemplo una
presidenta no electa.
La letra grande
del contrato social es la que vocean los
programas electorales y los medios. Pero la
letra pequeña es la más importante y la que
incita a ciertos humanos a dedicarse a la
administración de los impuestos de los
otros. La preocupación justiniana de que
los impuestos no mermen se mantiene hoy
como ayer, porque la letra grande alimenta
la pequeña en una simbiosis perfecta. Y
mientras, nuestro esfuerzo engorda
políticos, como antaño engordó emperadores
y obispos.
Dicho lo anterior, no me
parece mal que se haga una ley que, como
dice este periódico, evite que Maria
Antònia Munar se sirva de la política para
hacer negocios, es decir una ley que
elimine la letra pequeña del contrato
social. Pero es imposible y además no puede
ser. Sin letra pequeña no hay contrato, no
hay políticos, no hay sociedad.
No
nos engañemos: Munar sólo se lleva lo que
otro se llevaría si ella no lo hiciera. Así
son las cosas y apuesto a que así lo pone,
en letra pequeña, su contrato con el
PP.