Grosske ha pedido la dimisión del
concejal Sierra porque «nos ha
tomado el pelo». Parece que, según este
diario, mintió al decir que no cobra por
dedicarse a la representación de jugadores
de fútbol. Así parece deducirse por la
lectura de los contratos que suscribe con
ellos.
Pero esto es pensar mal, ya
que cabe la posibilidad de que Sierra
vulnere sus contratos, no cobrando, para no
incumplir las disposiciones legales. ¿Qué
segunda parte contratante iba a protestar
si la primera parte contratante -la del
representante- no cobra los honorarios por
los servicios prestados? Lo ha expresado de
forma rotunda en declaraciones públicas:
«Es compatible, legal y también ético».
Teníamos ante nuestros ojos a un benefactor
de la humanidad y nos empeñábamos en no
verlo. Así lo ha sostenido en público y
ante la alcaldesa Cirer; que ejerce
la representación de manera altruista y
desinteresada.
Yo sí le creo. Si se
fijan Uds. en su rostro percibirán un
parecido notable a Miquel Àngel
Nadal, que creo que también es cercano
al PP. Es un Zelig -aquel personaje
camaleónico de Woody Allen-
futbolero, imbuido por la idea ética de
promover el futuro de chicos necesitados de
Camerún y de Zaire a través del deporte con
el que se siente identificado, hasta el
extremo de asumir la fisonomía de nuestro
más reciente héroe futbolero, del Mallorca,
el Barça y la selección nacional. Me ha
sorprendido de forma grata la belleza
descriptiva y concisa con que destaca las
cualidades de sus apadrinados: «gran
desborde por la banda y su llegada al
área», «un jugador de gran rapidez, buen
regate y definición»…Quién sabe, si algún
día deja la política puede que tenga futuro
como periodista deportivo, un nuevo
Santiago Segurola.
Yo sí le
creo, basta recordar su inmaculado pasado
político en mejores tiempos -ay,
Fageda- para los negocios
municipales, en que simultaneaba su
asesoría a empresarios del juego por las
tardes mientras por las mañanas examinaba
sus expedientes. Cuando aconsejaba la
utilización de detectives para defenderse
de los abusos que hipotéticamente cometían
sus funcionarios. ¿Es que existe alguien
más adecuado para aconsejar el mejor método
para cumplir con un expediente que quien
debe examinarlo? Seguro que también era un
trabajo altruista, en beneficio de la
agilidad administrativa, y de la
transparencia en el juego. Juego limpio. Si
hubiera cobrado quizá hubiera margen para
la sospecha, pero tratándose de este
benefactor de los ciudadanos,
huelga.
Yo sí le creo. Porque es un
hombre con estudios superiores. Es
licenciado en derecho. Algún cátedro
exigente le aprobó en su día la asignatura
de Filosofía del Derecho, que le permite,
con todo el derecho, formular asertos de la
naturaleza de: «mi labor de intermediación
no sólo es legal, sino ética, porque si es
legal es ética». De ahí, a revolucionar la
legalidad y la ética. Porque efectivamente
hay que concluir, con el pesar del error
arrastrado durante tantos años -la
inutilidad de una gran parte de la vida-,
que la larga serie de tropelías de la
dictadura franquista, desde las condenas a
muerte de los tribunales militares hasta la
inexistencia de la libertad de prensa, de
reunión, de opinión, T.O.P., etc.,
amparadas por la legalidad realmente
existente, por serlo, tenían una
fundamentación ética, claro: el bien, la
salvación de nuestra alma. Hay que negar a
Dª. María Zambrano y colocar en su
lugar a D. José Manuel Sierra, concejal y
filósofo, autor del opúsculo Poder es
ética.
Yo sí le creo. Porque es
un defensor de las libertades individuales
en la intimidad de su despacho. Es un
individualista sensible que no tiene ningún
embarazo en reconocer, que allí: «Con
dinero y sin dinero, hago siempre lo que
quiero y mi palabra es la ley, no tengo
trono ni reina, ni nadie que me comprenda,
pero sigo siendo el rey». Porque es el
último reducto de las libertades ante el
todopoderoso Leviatán de la prensa, que
pretende hurgar en el fondo de nuestros
cajones y de nuestras almas, y dictarnos la
ética a nosotros, los encriptados en listas
bloqueadas y cerradas, a nosotros, los
libres.
Yo sí le creo. Que Alá
me confunda.