Convivir es difícil. Y más si es
contracorriente. Demasiadas trampas
legales, permisos y facturas pendientes,
que no importa si son de trabajo, amistad o
pasión. Ramón Socias se lo ha
demostrado a Pastor y a su amiga
argentina cargando su bayoneta con toda
suerte de rumores que sólo se explican en
vísperas electorales. No hay más cera que
la que arde. Ignoro las servidumbres de un
cargo de confianza. También si buscar un
equilibrio entre la razón, los sentimientos
y la legalidad merece tantas
indiscreciones. Diría que no, pero yo no
estoy en precampaña. En realidad, estoy en
el limbo.
Somos un gentío en el
limbo. Muchísimos. Ni Ratzinger
podrá desalojarnos. Nos gusta pasear por
las tranquilas alamedas y disfrutar de la
bonanza de algunas sonrisas. Desde aquí el
mundo parece otro y puede que lo sea. No
hay dictaduras ni pruebas nucleares.
Tampoco nos alcanza la silueta televisiva
de Munar. Sólo una espera descreída
sin los fervores del cielo ni los horrores
del infierno.
Devoro antiguas
películas de ciencia ficción como si las
premoniciones fueran una realidad palpable.
Lo son. La uniformidad y asfixia agónicas
de Metrópolis -Fritz Lang,
1927- me recuerda las gradas del Camp Nou
la noche de los abrazos cómplices de
Maragall e Ibarretxe, las
salvas a los asesinos y todo esa pantomima
del nacionalismo de banda, bandera y
opereta. Euskadi y Catalunya anticiparon
-nada menos- la hipotética final de un
Mundial futurista y excéntrico. Tal vez en
Irán o entre las ruinas de quienes acabaron
con Anna Politkóvskaya. Pero no
importa. Sólo quieren que nos rasguemos las
vestiduras. Ni caso. Y si están -como
nosotros- hartos de hacer el ridículo con
la selección de Villar entendemos
que busquen el revulsivo de otra identidad.
Munar hace igual y hasta crea una
consellería de identidad, por si las dudas.
Se nota que son gente con pretensiones.
Pero hay una hoguera encrespada en el
centro de sus bailes tribales. Como debe
ser.