Hemeroteca Agenda cultural Cartelera Titulares

Tienda Restaurantes De copas Loterías
 BALEARES
 24HORAS
 Opinión
 Illes Balears
 Palma
 Menorca
 Part Forana
 Deporte
 Cultura
 Ibiza y
 Formentera
 SUPLEMENTOS
 La Economía
 Balear
 Fora Vila Verd
 EDICIÓN
 NACIONAL
 España
 Internacional
 Economía
 Deportes
 Cultura
 Ciencia
 Tecnología
 60 segundos
 Edición
 impresa
 Catalunya
 Madrid24horas
 OTROS
 Fotos del día
 Álbum
 Vídeos
 
  Viernes, 13 de octubre de 2006 Actualizado a las 01:10
 

LA MIRADA
Una regeneración que no llega

FRANCISCO VILLALONGA


En Baleares estamos viviendo últimamente una serie de problemas, derivados de decisiones y actuaciones políticas bajo sospecha, sin que nadie dimita ni se depuren responsabilidades. Los responsables directos e indirectos, quizás algunos de aquellos que se quejaron en alguna ocasión de una excesiva judicialización de la política, son los primeros que apelan ahora a ella para pedir su amparo. Cuando les conviene, claro. Y éstos son los más honrados.

El verbo dimitir no entra en los presupuestos de quienes se ven señalados por el dedo acusador de las evidencias, sobre todo cuando el poder permite resortes para dilatar responsabilidades cuando menos sospechosas. Bien es cierto que a veces las denuncias surgen efecto y llegan a los tribunales, en cuyos casos no queda más remedio que tener más paciencia que el santo Job, vista la lentitud de los procesos. Pero en algunos casos, ni eso. Existen asuntos más graves: hay denuncias que son recibidas por los acusados con la mayor desfachatez: simplemente aparentan ignorarlas. Ya conocen el dicho francés, laissez faire, laissez passer.

La casuística es muy rica: alcaldes bajo sospechas de actuaciones ilegales, presuntos casos de prevaricación, concejales incumplidores de su obligada dedicación exclusiva, pues para ello cobran, y, en definitiva, una presidenta que no sólo permite, sino que auspicia lo que este periódico ha dado en denominar como 'La Piñata'. Una señora, dicho sea de paso, con un partido residual que a pesar de no haber obtenido nunca el favor de los ciudadanos -jamás ganó unas elecciones- no ha tenido empacho en pactar con quien hiciera falta para conseguir sus verdaderos propósitos: controlar el Consell y sobre todo los presupuestos. Derechas e izquierdas desgraciadamente siempre cayeron en la trampa, concediéndole unos favores a los que jamás se hizo acreedora en las urnas. ¿Qué cómo es posible que hayamos llegado a semejante situación? Fundamentalmente por la permisividad de nuestro sistema, que tolera actuaciones que no serían de recibo en países con una tradición democrática más seria que la nuestra.

El silencio -o la ommertá, si lo prefieren- es algo más propio de la mafia siciliana que de un sistema democrático, pero desgraciadamente en Baleares está a la orden del día. Nuestra democracia nominal todavía no ha aprendido que para un servidor público la carga de la prueba reside en él mismo y no sólo en los juzgados. Justo al revés de lo que sucede con la sociedad civil: si un ciudadano se siente injuriado, calumniado o estafado deberá recurrir a los tribunales, que para ello están. El servidor público, sin embargo, ante una denuncia, además de responder también ante los tribunales, debería saber que, como la mujer del César, no basta ser honrado; debe parecerlo. El silencio es sinónimo de culpabilidad para el político.

Otro de los factores que denotan una salud quebradiza en democracias no consolidadas es la permisibilidad ante la mentira. Un sistema que tolera o prefiere ignorar al político de turno cuando públicamente falta a la verdad es un síntoma de enfermedad. Recuerden a este respecto los casos Watergate y Lewinsky. En el primero tuvo que dimitir Nixon no sólo por las escuchas ilegales, sino también por haber mentido. En el segundo, al demostrarse que la becaria le había realizado una felación al presidente, éste estuvo al borde de la destitución, pero no por el hecho en sí, sino por mentir. De hecho, pudo conservar su puesto gracias a la habilidad de sus abogados al sostener la tesis de que para Clinton este acto no suponía un acto sexual al no haber existido penetración vaginal.

Entre nuestra clase política, en cambio, poco importa que una señora presidenta declarase, a pregunta de Eduardo Inda y ante una televisión, que ya no tenía relación alguna con lo que se dio en llamar en su día el negocio de la grava y pocos días después EL MUNDO-El Día de Baleares demostrara lo contrario. O que un concejal asegurara más recientemente no utilizar su teléfono móvil municipal para otros fines que no fueran los propios de su actividad política y una página de Internet dejara en evidencia al edil.

 
   
BUSQUEDAS

Otros buscadores
 LA VIDA MÁS FÁCIL
Hemeroteca
Agenda cultural
Cartelera
Restaurantes
De copas
Busca piso
Rutas de viajes
Callejero
Farmacias
Horóscopo
Televisión
Aeropuertos
Estado de la mar
Líneas Marítimas
Teléfonos útiles
Tráfico
Gasolineras
© EL MUNDO / EL DIA DE BALEARES
Política de privacidad