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  Viernes, 13 de octubre de 2006 Actualizado a las 01:10
 

A CAPÓN
Catalán por pelotas

DAVID TORRES


Franco se empeñó en que yo no hablara catalán. Carod-Rovira está empeñado en que lo hable. Entre el capricho histérico de estos dos tenistas de la política se encuentra la pelota del catalán, una lengua augusta con una gloriosa tradición literaria y hablada por varios millones de personas. La gente que no habla catalán no lo hace por falta de respeto ni por imposición estatal. Hay diversas razones: yo, por ejemplo, padezco una especie de tara biológica con los idiomas.

Lo cuento en mi libro de viajes sobre Polonia, que en el aprendizaje del inglés nunca pasé más allá del my father is poor -frase que era cierta, dicho sea de paso: en mi familia no había sastre-. Soy de esos tipos que, cuando canturrean una canción de los Beatles o de Led Zeppelin, se van inventando la letra a medida que la música avanza, en un batiburrillo de fonemas que hubiera hecho las delicias del Jehová bíblico en Babel. Dejé mi oportunidad perdida en los pupitres de la infancia y así me va, que cuando chapurreo en inglés parezco Aznar dando un discurso en tejano, y cuando lo intento con el francés, parezco Zapatero doblando los dibujos del inspector Clouseau.

Los españoles siempre hemos tenido fama de perezosos al aprender idiomas. En mi caso y en el de mucha otra gente de mi generación, esto es completamente cierto. Quizá sea esto uno de los restos del imperio, de cuando en Flandes no se ponía el sol y los versos de Quevedo llegaban hasta las Filipinas. Los únicos españoles que estudiaban idiomas eran los catalanes, los gallegos y los vascos, obligados a aprender español -castellano es una denominación para señoritas de provincia- no ya por imposición política sino por pura astucia comercial.

Toda la polémica sobre el catalán tiene su raíz en un error monstruoso: la prohibición de las lenguas vernáculas durante la dictadura. Ahora bien, pensar que un error se corrige con otro es pensar con el culo. El catalán no va a ser más uno, grande y libre por prohibir el español en escuelas y letreros. Hablar catalán en el Congreso de los Diputados no es sólo un dislate que dispararía los presupuestos destinados a traducción, sino una paletada. Una actitud profundamente equivocada, autista y jactanciosa, y un gesto de mala educación. Por un bocinazo así, Bernat Joan, eurodiputado ibicenco, recibió el aplauso de la extrema derecha francesa. Los extremos se tocan: en Cataluña, con la pelota del catalán, en un extremo juega Franco y en el otro Carod.

En medio estamos los ciudadanos, que tenemos que sufrir las payasadas de una clase política oportunista y cerril, unos zampabollos que no tienen nada mejor que hacer que prohibir y legislar sobre lo que no se puede prohibir ni legislar: la lengua y la soberana libertad de hablar, escribir y pensar. El PP balear se ha sumado al carro de los catalanistas por pelotas. Es que los borregos balan todos igual.

 
   
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