Franco se empeñó en que yo no
hablara catalán. Carod-Rovira está
empeñado en que lo hable. Entre el capricho
histérico de estos dos tenistas de la
política se encuentra la pelota del
catalán, una lengua augusta con una
gloriosa tradición literaria y hablada por
varios millones de personas. La gente que
no habla catalán no lo hace por falta de
respeto ni por imposición estatal. Hay
diversas razones: yo, por ejemplo, padezco
una especie de tara biológica con los
idiomas.
Lo cuento en mi libro de
viajes sobre Polonia, que en el aprendizaje
del inglés nunca pasé más allá del my
father is poor -frase que era cierta,
dicho sea de paso: en mi familia no había
sastre-. Soy de esos tipos que, cuando
canturrean una canción de los Beatles
o de Led Zeppelin, se van
inventando la letra a medida que la música
avanza, en un batiburrillo de fonemas que
hubiera hecho las delicias del
Jehová bíblico en Babel. Dejé mi
oportunidad perdida en los pupitres de la
infancia y así me va, que cuando chapurreo
en inglés parezco Aznar dando un
discurso en tejano, y cuando lo intento con
el francés, parezco Zapatero
doblando los dibujos del inspector
Clouseau.
Los españoles
siempre hemos tenido fama de perezosos al
aprender idiomas. En mi caso y en el de
mucha otra gente de mi generación, esto es
completamente cierto. Quizá sea esto uno de
los restos del imperio, de cuando en
Flandes no se ponía el sol y los versos de
Quevedo llegaban hasta las
Filipinas. Los únicos españoles que
estudiaban idiomas eran los catalanes, los
gallegos y los vascos, obligados a aprender
español -castellano es una
denominación para señoritas de provincia-
no ya por imposición política sino por pura
astucia comercial.
Toda la polémica
sobre el catalán tiene su raíz en un error
monstruoso: la prohibición de las lenguas
vernáculas durante la dictadura. Ahora
bien, pensar que un error se corrige con
otro es pensar con el culo. El catalán no
va a ser más uno, grande y libre por
prohibir el español en escuelas y letreros.
Hablar catalán en el Congreso de los
Diputados no es sólo un dislate que
dispararía los presupuestos destinados a
traducción, sino una paletada. Una actitud
profundamente equivocada, autista y
jactanciosa, y un gesto de mala educación.
Por un bocinazo así, Bernat
Joan, eurodiputado ibicenco, recibió
el aplauso de la extrema derecha francesa.
Los extremos se tocan: en Cataluña, con la
pelota del catalán, en un extremo juega
Franco y en el otro Carod.
En medio
estamos los ciudadanos, que tenemos que
sufrir las payasadas de una clase política
oportunista y cerril, unos zampabollos que
no tienen nada mejor que hacer que prohibir
y legislar sobre lo que no se puede
prohibir ni legislar: la lengua y la
soberana libertad de hablar, escribir y
pensar. El PP balear se ha sumado al carro
de los catalanistas por pelotas. Es que los
borregos balan todos igual.