LORENZO MARINA
PALMA.- Pedro Nadal
y sus benefactores se reencontraron ayer en
la Comandancia de la Guardia Civil. Dos
años después de obrar el milagro de
Capdepera. Nadal fue rescatado después de
permanecer 25 horas en el interior de una
cueva submarina de Cala Rajada.
«A
estas horas hace dos años, estaba en la
cueva», recuerda Nadal mientras se abraza
rápidamente con los tres buceadores del
Grupo Especial de Actividades Subacuáticas
(Geas) que le salvaron de una muerte
segura.
Desde la odisea vivida hace
exactamente dos años en la gruta J-1 de
Cala Rajada, los expertos buceadores de la
Guardia Civil Javier Galindo, José Antonio
Soto y Javier Oraá se han convertido en
estrechos amigos de Pedro
Nadal.
«Ésta es nuestra mayor
recompensa», abunda Javier Oraá mientras
sostiene en sus brazos al bebé de Nadal.
Como muestra de agradecimiento, el pequeño
ha sido bautizado con el nombre de los tres
buceadores que obraron el milagro: José
Javier.
Y es que las probabilidades
de que Pedro Nadal hubiera sobrevivido 25
horas en una gruta submarina eran
prácticamente nulas. De hecho, no hay
constancia de que se haya producido un
suceso de similares características jamás
en Europa.
Transcurridos dos años,
Pedro Nadal se mostró exultante por abrazar
a sus compañeros y a su bebé. No obstante,
también lanza un recuerdo a su infortunado
compañero de inmersión. Marco Antonio
Moreno, policía local de Sant Llorenç de 28
años, no tuvo la fortuna de encontrar a
tiempo la burbuja de aire.
Tras
una langosta
Los hechos
ocurrieron en 204 tal día como ayer,
festividad de la Virgen del Pilar, en Cala
Rajada. Pedro Nadal, entonces con 35 años,
acudió a practicar submarinismo con Marco
Antonio y otros cuatro amigos más.
De
repente, tras seguir a una langosta y un
congrio se adentraron en una cueva
submarina: la J-1. El plácido día se
convirtió en un infierno.
«No veíamos
nada. Había cieno por todas partes. Tuve
que apagar la linterna porque ya no me
servía de nada», recordaba ayer Pedro
Antonio Nadal. Sin equipo para
espeleobuceo, los submarinistas se
adentraron en una cueva extremadamente
peligrosa.
El nerviosismo se apoderó
de los submarinistas. Cuatro salieron a la
superficie a pedir ayuda. Marco Antonio y
Pedro quedaron atrapados, sin escapatoria,
en el interior de la gruta.
Sólo era
cuestión de tiempo que agotaran los 15
litros de oxígeno almacenados en sus
botellas. Marco Antonio no pudo escapar. El
nerviosismo le hizo consumir rápidamente
sus reservas de aire. En cambio, Pedro
conservó la calma.
«Creía, al
principio, que todos mis compañeros habían
muerto. En realidad, palpé tres veces el
cuerpo de Marco Antonio. Sólo podía ir a
tientas», evocó Pedro.
Su instinto de
supervivencia fue determinante. Tras
tantear y seguir un rastro encontró una
burbuja de aire. El alivio afloró en su
rostro. «No sabía el tiempo que podía
permanecer sin comer ni beber», abundó. En
su pizarra escribió un mensaje de amor con
el lápiz graso.
El avistamiento de la
luz del casco del geas José Antonio Soto
despertó un júbilo mútuo. Pedro sintió la
vuelta a la vida y la posibilidad de
reencontrarse con sus esposa. Los guardias
civiles se mostraron exultantes al rescatar
con vida al submarinista. Ambos
coincidieron en el diagnóstico tras el
reencuentro: el 12 de octubre de 2004 Pedro
Nadal volvió a nacer.