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  Domingo, 1 de octubre de 2006 Actualizado a las 01:38
 

LOS PUNTOS SOBRE LAS IES
Hecha la trampa, hecho el dictamen

EDUARDO INDA


Baleares estrena una nueva era de la democracia: la 'dictamenocracia'

Que Joan Verger no le dice la verdad ni al médico está claro. Pero no faltó a la verdad -que diría un cursi- cuando nuestro audaz reportero Agustín Rivera le telefoneó hace poco menos de mes y medio y, más fuera que dentro de sí, cantó La Traviata: «¡¡¡No queda mucho para que se conozca el informe. A ver si os atrevéis a publicarlo cuando esté!!!». Una de dos, o el todavía presidente de la Autoridad Portuaria es un sosias de Rappel que esconde dotes paranormales tras ese rostro de hombre primitivo que Dios le ha dado o sabía por dónde iban a ir los tiros porque alguien le había dado un chivatazo al más puro estilo del jefe de Seguridad de Ferraz. Porque acertar, lo que se dice acertar, acertó. Vaya si dio en el clavo el tío. Y encima con un mes de antelación y antes incluso de que hubieran arribado a la Abogacía del Estado los papeles de la constructora que comparte con un concursator llamado Juan Antonio Riutort. Documentos cuyo conocimiento previo era esencial antes de escribir una sola coma del veredicto sobre la impresentable conducta del de Montuïri.

El político-gasolinero había comentado a sus íntimos -a los que, por cierto, les faltó tiempo para venir a contárnoslo- cuál era su objetivo: «Un informe favorable para limpiar mi imagen ante la opinión pública [un deseo a caballo de la misión imposible y el milagro puro y duro] y de paso evitar que el fiscal me meta el cuerno. Luego, me iré». Pues eso, que el objetivo del objetivo, es decir, el último objetivo, no era otro que dejar el camino expedito para una huida en toda regla. Verger, que como buen ingeniero es más listo que el hambre, es plenamente consciente de que la cuenta atrás ha comenzado y de que consecuentemente la mejor manera de conservar su sospechoso imperio empresarial es poner pies en polvorosa. Un imperio empresarial que no aguantaría una embestida de la Fiscalía en un país serio. Pero, bueno, no soñemos, porque Spain is different.

Del autor del informe que sostiene que es legal presidir un Consejo de Administración que adjudica a tu ¿antigua? empresa y a tu actual socio un contrato de 20 millones de euros de na no tengo ninguna duda ni ninguna queja ética. Francisco Paco Medina es un buen jurista, una mejor persona y un señor de los pies a la cabeza. Y, además, es rara avis en los tiempos que corren porque va de frente: durante todo el caso Verger me ha llamado siempre que lo ha creído oportuno para apostillar que «si tal» o para puntualizar que «si pascual». No se esconde. No tengo, pues, ni un pero que poner en el apartado moral a este personaje que parece salido de una obra del Siglo de Oro.

Pero sí que creo que nuestro involuntario a la par que quijotesco protagonista no ha estado estéticamente a la altura de las circunstancias. Es tan buena persona que antepone la institución, la Autoridad Portuaria, a cualquier otra consideración; como tantos y tantos servidores del Estado es capaz de cualquier cosa por proteger a Doña Administración. Para gente del Plan Antiguo como él lo primero es el Estado, luego el Estado y para terminar el Estado. Son gentes capaces de poner su cabeza para que se la vuelen antes de permitir que toquen un solo pelo a ese tótem que juraron por su conciencia y por su honor defender hasta la muerte.

Me imagino a Paco Medina como al capitán del remolcador que intentó por todos los medios impedir que el Prestige reventase cerca de la Costa de la Muerte consiguiendo que el remedio fuera peor que la enfermedad. El número 2 de la Abogacía del Estado en Baleares se ha dejado la piel para impedir que la mancha negra del petrolero del gasolinero Verger contaminase a la Autoridad Portuaria y, al final, el que ha acabado embadurnado de chapapote ha sido él. Su papel me recuerda al de la guardia pretoriana de los césares romanos que estaba obligada a situarse en la trayectoria de cualquier objeto punzante que fuera dirigido a su señorito dando su vida si fuera preciso.

El abogado del Estado ha hecho un favor a Joan Verger aun a costa de hacerse una putadilla a sí mismo efectuando una más que sui géneris lectura de la Ley de Incompatibilidades de 1995 y del sucedáneo de 2006. Nadie en su sano juicio jurídico entiende cómo no ha reparado en un artículo, el 2.3, que obliga a los altos cargos a «inhibirse en los asuntos en cuyo despacho hubieren intervenido o interesen a empresas en cuya dirección, asesoramiento o administración hubieran tenido alguna parte». Cualquiera diría que el que parió este exacto epígrafe de la Ley de Incompatibilidades estuviera pensando en IP3M cuando lo concibió. Porque no sólo es que el presidente de la Autoridad Portuaria y gasolinero de moda ¿fuera? accionista de la Sociedad Limitada IP3M, tan limitada, tan limitada que eran cinco y el perro, sino que le prestó «servicios profesionales» a cambio de la nada despreciable cantidad de 180.000 euros. Es decir, que administrar IP3M, la administró, y asesorarla, también la asesoró a cambio de un pastizal. Esta norma, que nació en un contexto histórico corrupto, los estertores del felipismo, ha sido recientemente retocada y en el caso que nos ocupa a peor porque si bien antes no establecía límites temporales ahora apostilla «en los dos años anteriores a su nombramiento». Esta suavización de la norma tampoco mejora la coyuntura legal del susodicho porque permaneció en IP3M hasta poco antes o poco después -no lo recuerdo bien- de su designación.

Dicho lo cual está claro que aquí se ha hecho una interpretación más que restrictiva de la ley o, cuando menos, benévola por no decir caprichosa. Pero el quid de la cuestión no es ése. La cosa va mucho más allá porque tanto Verger como su presidente, Jaume Matas, se han pasado por el arco del triunfo la teoría de las responsabilidades políticas que con tanto ahínco y con tanto acierto defendieron cuando el PSOE de Felipe González se ahogaba en el fango de la corrupción. La tesis del José María Aznar de la oposición era de una lógica, una ética y una estética apabullantes. La esgrimía cada vez que EL MUNDO destapaba un nuevo caso de corrupción, es decir, prácticamente a diario: «Las responsabilidades políticas son independientes de las políticas y hay que asumirlas antes de que se pronuncien los tribunales e incluso aunque los tribunales te hayan dado la razón». Impecable discurso, propio de una democracia de primera división, que sin embargo diez años después han tirado al baúl de los recuerdos como si fuera una peligrosa antigualla.

No sé a ciencia cierta si Joan Verger ha desviado el golpe amenazando con tirar de la manta en la más genuina tradición Roldán. Pero Juan Balear tiene meridianamente claro que es una indecencia y una indignidad que este individuo no se abstuviera en la votación de marras sabiendo además que los técnicos proponían darle el negociazo a su antigua empresa y, peor aún, que el president no se lo cargase al día siguiente de conocer que el beneficiario del varaderazo sigue siendo socio suyo. Pero, ya se sabe, los designios del Señor son inescrutables. Al multimillonario presidente de la Autoridad Portuaria le podrá salvar la cara el president, le podrá exonerar la Abogacía del Estado y le podrá echar un cable el fiscal pero la sociedad civil, la calle, la ciudadanía, el vulgo pópulo, ya ha emitido su veredicto: culpable. La gente normal, que a falta de sabiduría jurídica echa mano del menos común de los sentidos, el sentido común, considera que la conducta de Verger es vergonzosa y motivo más que suficiente para que coja los bártulos y se vaya por donde ha venido. Ni a éste ni a Fidel Castro la historia los absolverá.

Del otro dictamen de moda, el del Consell Consultiu sobre Son Espases, no digo nada de momento porque no pasa de ser una propuesta, un borrador, un esbozo. Sabemos que apoya la adjudicación del superhospital a una oferta que nos va a salir a los contribuyentes por 105 millones de euros más (17.500 millones de euros más) que la otra finalista que, para más inri, era la que eligieron inicialmente los técnicos. Sea como fuere, más que eso me llama la atención la preconstitucional nota que el presidente de esta institución, el también abogado del Estado Miquel Coll Carreras, invitó a firmar en un tono nada amistoso a los seis consejeros censurando a EL MUNDO/El Día de Baleares. Nuestro delito: haber destapado el contenido del informe. El delito falso que nos imputan: «Haber llevado a cabo una campaña de desprestigio contra Miquel Coll Carreras». Un comunicado más falso que Judas toda vez que nosotros calificamos a la institución de «prestigiosa y respetada» y a su mandamás de «prestigioso y reconocido». Miquel Coll está más cabreado que una mona porque hemos revelado el contenido de su informe, pero olvida que es nuestro trabajo y que el artículo 20 de la Constitución defiende nuestro derecho a la información. Y si no, que se aplique el refrán: el que se pica, ajos come.

Sin quererlo o queriéndolo, entre Jaume Matas y Joan Verger ha inaugurado una nueva era de la democracia: la dictamenocracia. Esto de sentenciar las responsabilidades políticas o los concursos públicos bajo sospecha mediante dictámenes es un fraude. En un Estado de Derecho las responsabilidades las dirime la opinión pública, la lógica, los usos y costumbres democráticos o los tribunales pero nunca un letrado ad hoc o directamente nombrado por el afectado. Del «hecha la ley, hecha la trampa» hemos pasado al «hecha la trampa, hecho el dictamen». De aquí a Banana Republic, un paso.

e.inda@elmundo.es

 
   
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