Grosske ha hablado: los miembros
de la corporación municipal de Palma han
incurrido en provocación al tratar de
imponer su presencia en la romería de Sant
Bernat que concluía en el monestir
de La Real. Que Dios le conserve la
capacidad de raciocinio al candidato in
péctore a regir los destinos de nuestra
ciudad por el Bloc. Y la capacidad de decir
cosas lógicas del estilo: Todos los hombres
son mortales / Grosske es un hombre /
Grosske es mortal. Supongo que debe ser tal
que así. A mí me daría mucha rabia morirme
y que Grosske gozara del privilegio de
decir sensateces que adornaran la eternidad
mientras yo me dedicara a criar malvas. A
mí también se me ocurren silogismos, como
por ejemplo: La democracia supone respeto a
las reglas de juego / Grosske es demócrata
/ Grosske respeta las reglas de juego. De
ahí a decir que los elegidos por los
ciudadanos como sus representantes, que
para más inri son católicos practicantes
(como mínimo la alcaldesa) provocan a los
romeros con su presencia y por tanto son
responsables de los desórdenes producidos,
media un trecho considerable, por mucho que
indigne el proceso del hospital de Son
Espases. Más aún cuando la alcaldesa, en un
gesto de tanta prudencia que parece
cobardía ha acudido dos horas antes al
monestir, para no crear problemas. A
eso se le llama hacerse valer como
representación de la ciudadanía. No me
siento bien representado, tanto ball de
bot y fútbol y tan poca vergüenza
torera.
No es que yo sea un forofo de
la liturgia del poder, pero si admitimos
que el hombre es el animal simbólico por
naturaleza, la alcaldesa, como mujer, debe
serlo por partida doble pues ha sido
elegida como representante de los animales
simbólicos que habitan Palma. Estas
declaraciones suponen una curiosa inversión
de conceptos de quienes dicen aceptar las
formas -ya se sabe, la falsa democracia
burguesa-, pero en su fuero interno se
siguen creyendo en posesión de una verdad
sustantiva más allá de formalismos y
retórica. Como cuando la gente de ¡Basta
ya! en el País Vasco era tildada de
provocadora por el mundo abertzale cuando
se manifestaba en la calle contra los que
apoyaban a ETA. O como no se recatan
algunos machistas en explicar las
violaciones por la provocación que supone
el vestir provocativo de algunas
chicas. Como estoy seguro que Grosske no se
adapta a estos perfiles es por lo que me
han sorprendido sus comentarios, más
propios de sus tiempos de sindicalista
provocado por los mandamases municipales o
de conseller provocado en el cogote por los
efluvios borbónicos de la fotografía del
rey de España, que por su condición de
aspirante a animal doblemente
simbólico.
Al final parece que el
prior del monestir no es un bombero
pirómano, como afirma el crisóstomo pepero,
tan hipertrófico como suele en sus
expresiones, sino un buen hombre que no
controla lo que pasa a su alrededor;
alrededor muy agitado, muy exaltado, poco
impregnado de la paz que debiera inspirar
un recinto sagrado, refugio que debiera ser
de almas atribuladas. Pero no basta con ser
un buen hombre para ser pastor de almas y
administrador de bienes eclesiásticos, ya
nos dice la sabiduría popular que el
infierno está empedrado de buenas
intenciones. Si el prior hubiera sido más
diligente en el estudio de la teodicea,
sabría que en las cosas de este mundo
siempre hay que contar con la presencia del
que quiere enredarlo todo, el demonio o,
digámoslo de otra modo, del mal; que no
siempre está entre los supuestos
adversarios, a veces también medra entre la
gente más cercana. Resumiendo: que para
hacer el bien, hay que contar con el mal. Y
a los irenistas hay que recomendarles que
se dediquen a la mística.
Una última
apreciación: ¿tan difícil es para la
policía local o nacional averiguar la
filiación de las personas que tienen un
comportamiento violento y quiénes las
dirigen? Así sabríamos quiénes son los
auténticos responsables. Y podríamos
demandar a Grosske que, para seducirnos un
poquitín más, se dejara de ramalazos de
demagogia que minan su solidez, y se
alejara de estas malas compañías.