Es curioso cómo cualquier cosa puede
convertirse en el símbolo de cualquier otra
cosa. Por ejemplo, una piscina. En
sucesivos veranos, la piscina de Pedro
J. ha extendido el orbe de sus
significados hasta abarcar varios
diccionarios. Igual que una piedra arrojada
a un estanque, los sucesivos y concéntricos
círculos semánticos se han ido ampliando
hasta llegar a costas completamente
inesperadas. Examinemos el proceso. En un
principio, Joan Puig y otros
catalanistas irredentos tomaron la piscina
de Pedro J. como metonimia de la Ley
de costas. En realidad, detrás de la
supuesta libertad de costas, no se escondía
otro objetivo que tocarle las narices al
director de EL MUNDO. La piscina les
pareció algo así como su talón de Aquiles:
un lugar donde clavar la lanza y la puñeta
y, si no fastidiarle la vida para siempre,
estropearle al menos los
veranos.
Pero los piscineros de
Esquerra toparon en hueso: no sólo porque
la piscina de la discordia, como tantas
otras construcciones en Mallorca y
Baleares, está en una situación
perfectamente legal, sino porque el
barrigazo de Joan Puig, michelines al
viento y carné de diputado español en la
boca, fue espectacular. Su supuesta defensa
de la libertad se transformó en un asalto
contra la vida privada en el mejor estilo
de los camisas negras de
Mussolini. En este punto es
necesario recordar que, tanto los fascistas
italianos como los nazis alemanes, eran
nacionalistas, sí, y también socialistas.
Aunque ellos, pobrecitos, no lo sepan, las
raíces más profundas de ERC no están en
Rosa Luxemburg sino en el Mein
Kampf y en la Marcha sobre
Roma.
La polémica en torno a la
piscina escondía en realidad un ataque
personal al director de un periódico que
hizo y hace mucha pupa a caciquillos
locales y partidos políticos que incuban
cobayas nazis. Pero en la segunda fase de
la tumoración, este año, los quistes
sebáceos de Joan Puig, Jaume Sastre
y demás secuaces han terminado por
reventar, revelando al mundo (con
minúsculas) su infección purulenta y su
maligna carcoma.
Los símbolos
nacionalistas, unidos a los carteles a
favor de la reagrupación de los presos
etarras, revelan, a cualquiera que tenga
dos dedos de frente, de qué está hecha la
extraña alianza entre independentistas y
socialistas mallorquines, la extraña
alianza entre diarios catalanistas y balas
en la nuca. Puede parecer extraña, sí, pero
ya la habíamos visto antes: el pacto entre
la cruz gamada y la hoz y el martillo
desembocó en la Segunda Guerra Mundial. A
la izquierda siempre se le olvida que los
comunistas no sólo empezaron en el bando de
Hitler, sino que le echaron una mano en
Polonia. Lo dijo Bergman, que de
nazis sabía un montón y que incluso pecó en
su juventud, igual que Günter Grass,
de tibio e ingenuo admirador fascista: el
huevo de la serpiente es transparente y
cualquiera puede ver bajo la cáscara, en
bañador y chanclas, al perfecto reptil.