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  Viernes, 25 de agosto de 2006 Actualizado a las 01:50
 

A CAPÓN
El fascismo en chanclas

DAVID TORRES


Es curioso cómo cualquier cosa puede convertirse en el símbolo de cualquier otra cosa. Por ejemplo, una piscina. En sucesivos veranos, la piscina de Pedro J. ha extendido el orbe de sus significados hasta abarcar varios diccionarios. Igual que una piedra arrojada a un estanque, los sucesivos y concéntricos círculos semánticos se han ido ampliando hasta llegar a costas completamente inesperadas. Examinemos el proceso. En un principio, Joan Puig y otros catalanistas irredentos tomaron la piscina de Pedro J. como metonimia de la Ley de costas. En realidad, detrás de la supuesta libertad de costas, no se escondía otro objetivo que tocarle las narices al director de EL MUNDO. La piscina les pareció algo así como su talón de Aquiles: un lugar donde clavar la lanza y la puñeta y, si no fastidiarle la vida para siempre, estropearle al menos los veranos.

Pero los piscineros de Esquerra toparon en hueso: no sólo porque la piscina de la discordia, como tantas otras construcciones en Mallorca y Baleares, está en una situación perfectamente legal, sino porque el barrigazo de Joan Puig, michelines al viento y carné de diputado español en la boca, fue espectacular. Su supuesta defensa de la libertad se transformó en un asalto contra la vida privada en el mejor estilo de los camisas negras de Mussolini. En este punto es necesario recordar que, tanto los fascistas italianos como los nazis alemanes, eran nacionalistas, sí, y también socialistas. Aunque ellos, pobrecitos, no lo sepan, las raíces más profundas de ERC no están en Rosa Luxemburg sino en el Mein Kampf y en la Marcha sobre Roma.

La polémica en torno a la piscina escondía en realidad un ataque personal al director de un periódico que hizo y hace mucha pupa a caciquillos locales y partidos políticos que incuban cobayas nazis. Pero en la segunda fase de la tumoración, este año, los quistes sebáceos de Joan Puig, Jaume Sastre y demás secuaces han terminado por reventar, revelando al mundo (con minúsculas) su infección purulenta y su maligna carcoma.

Los símbolos nacionalistas, unidos a los carteles a favor de la reagrupación de los presos etarras, revelan, a cualquiera que tenga dos dedos de frente, de qué está hecha la extraña alianza entre independentistas y socialistas mallorquines, la extraña alianza entre diarios catalanistas y balas en la nuca. Puede parecer extraña, sí, pero ya la habíamos visto antes: el pacto entre la cruz gamada y la hoz y el martillo desembocó en la Segunda Guerra Mundial. A la izquierda siempre se le olvida que los comunistas no sólo empezaron en el bando de Hitler, sino que le echaron una mano en Polonia. Lo dijo Bergman, que de nazis sabía un montón y que incluso pecó en su juventud, igual que Günter Grass, de tibio e ingenuo admirador fascista: el huevo de la serpiente es transparente y cualquiera puede ver bajo la cáscara, en bañador y chanclas, al perfecto reptil.

 
   
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