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  Viernes, 25 de agosto de 2006 Actualizado a las 01:49
 

Esporles
La casa de la dama altruista y los caballos

Marieta Salas posee una casona neomallorquina de estilo racionalista en la que destacan las cuidadas cuadras de los equinos


Hasta hace no tantos años, el príncipe Zourab Tchkotoua vestía americana y vaqueros, y lucía una melenita heredada de los setenta que se empeñaba en domesticar a base de gomina y constancia de estirón.

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Nadie hubiera dicho que se trataba de un príncipe georgiano nacionalizado norteamericano si no fuera porque en los rincones se escuchaba el siguiente cuchicheo: «Ese que come tortilla es el amigo del Rey. Los periodistas le llaman ZT y dicen que es príncipe de algún remoto lugar». Cuenta la leyenda que Tchkotoua pescaba calamares con Don Juan Carlos en aguas de Cabrera antes de la llegada de la democracia, pero, lógicamente, no hay modo de comprobarlo.

La figura huesuda de ZT, de muy controvertida biografía, siempre se ha envuelto en un halo de enigma, incluso en Mallorca, donde se afincó a principios de los 70. Su fluctuante popularidad pivota sobre dos pilares. Uno, su amistad con la Casa Real. Dos, su matrimonio con la hija de uno de los empresarios más conocidos del archipiélago, el fallecido Pedro Salas, que fuera presidente de la Diputación Provincial durante el régimen franquista y cabeza visible de una de las familias más acaudaladas de la isla.

Los negocios del príncipe amigo del Rey siempre han intrigado a la sociedad mallorquina; de hecho, en el verano de 1991 la prensa se hacía eco de una de sus pocas apariciones públicas junto al entonces hombre fuerte en España de Kuwait Investment Office, Javier de la Rosa. Lo que nunca podrá negar será su vertiente de promotor inmobiliario. Su aristocrático apellido está ya por siempre ligado en Mallorca a uno de los escándalos más sonados: el caso Los Almendros. Pero todo eso es agua muy pasada y poco tiene que ver con la mansión que hoy nos ocupa.

Su mujer, la encantadora Marieta Salas, es una dama altruista y generosa, y buena prueba de ello es el hecho de ser miembro de la junta directiva de El Refugi. No es raro verla, en persona, vendiendo curiosos objetos en los mercadillos de Navidad, organizados a fin de recaudar fondos para sus protegidos. Lo que no todo el mundo sabe es que Marieta es propietaria de la Ganadería Ses Planes, fundada con magníficos caballos procedentes de la yeguada Ses Rotes. Sus caballos, purasangres árabes, han obtenido numerosos premios nacionales e internacionales, y son fuente de satisfacción para su propietaria y criadora.

La casa es una espléndida casona neomallorquina de estilo racionalista, y se ubica en el valle de Esporles. La decoración interior ha corrido a cargo de su propietaria, que reivindica, mediante telas, cerámicas y obras de arte, su carácter eminentemente mallorquín. Curiosamente, el interiorista Pascua Ortega se jacta de haber colaborado en la decoración de algunos de sus salones, mientras que nuestras gargantas profundas nos informan de que el diseñador Antonio Obrador es el responsable del interiorismo. ¿El resultado es obra del exquisito gusto de Marieta o de una colaboración «à trois»?, pero nos quedamos con el dato de su indudable carácter autóctono.

pureza de líneas. En la finca destaca su geometría y la pureza de sus líneas, pureza que se traslada al jardín, donde el orden y la perfecta disposición de los parterres es esencial. Su inspiración cartesiana nos recuerda a los jardines clásicos franceses que, durante el reinado del Rey Sol, sirvieron de modelo a toda Europa.

El eje visual que propone la perspectiva de un jardín francés quiere dejar sentir su rango de absoluto: su principio, en el castillo, y su fin, en el infinito. Este tipo de disposición requería extensiones de superficie vastísimas, con el objeto de parecer interminables debido a su escala y juegos de geometría. Y algo de castillo-fortaleza tiene, a nuestro entender, la casa de Marieta Salas.

Observen el majestuoso empaque del muro exterior. El patio interior alrededor del cual se disponen corrales y establos. El rectángulo turquesa de la piscina. La elegante rigidez de la fachada, animada, aquí y allá, por pequeñas áreas de descanso o meeting points en las que el blanco, sumado al aroma de la lavanda procedente del jardín, favorece la distensión. Sencillamente impresionante, ¿no?

 
   
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