Hasta hace no tantos años, el príncipe
Zourab Tchkotoua vestía americana y
vaqueros, y lucía una melenita heredada de
los setenta que se empeñaba en domesticar a
base de gomina y constancia de
estirón.
VIPERINA VIP
Nadie
hubiera dicho que se trataba de un príncipe
georgiano nacionalizado norteamericano si
no fuera porque en los rincones se
escuchaba el siguiente cuchicheo: «Ese que
come tortilla es el amigo del Rey. Los
periodistas le llaman ZT y dicen que es
príncipe de algún remoto lugar». Cuenta la
leyenda que Tchkotoua pescaba
calamares con Don Juan Carlos en
aguas de Cabrera antes de la llegada de la
democracia, pero, lógicamente, no hay modo
de comprobarlo.
La figura huesuda de
ZT, de muy controvertida biografía, siempre
se ha envuelto en un halo de enigma,
incluso en Mallorca, donde se afincó a
principios de los 70. Su fluctuante
popularidad pivota sobre dos pilares. Uno,
su amistad con la Casa Real. Dos, su
matrimonio con la hija de uno de los
empresarios más conocidos del archipiélago,
el fallecido Pedro Salas, que fuera
presidente de la Diputación Provincial
durante el régimen franquista y cabeza
visible de una de las familias más
acaudaladas de la isla.
Los negocios
del príncipe amigo del Rey siempre han
intrigado a la sociedad mallorquina; de
hecho, en el verano de 1991 la prensa se
hacía eco de una de sus pocas apariciones
públicas junto al entonces hombre fuerte en
España de Kuwait Investment Office,
Javier de la Rosa. Lo que nunca
podrá negar será su vertiente de promotor
inmobiliario. Su aristocrático apellido
está ya por siempre ligado en Mallorca a
uno de los escándalos más sonados: el caso
Los Almendros. Pero todo eso es agua muy
pasada y poco tiene que ver con la mansión
que hoy nos ocupa.
Su mujer, la
encantadora Marieta Salas, es una
dama altruista y generosa, y buena prueba
de ello es el hecho de ser miembro de la
junta directiva de El Refugi. No es raro
verla, en persona, vendiendo curiosos
objetos en los mercadillos de Navidad,
organizados a fin de recaudar fondos para
sus protegidos. Lo que no todo el mundo
sabe es que Marieta es propietaria de la
Ganadería Ses Planes, fundada con
magníficos caballos procedentes de la
yeguada Ses Rotes. Sus caballos,
purasangres árabes, han obtenido numerosos
premios nacionales e internacionales, y son
fuente de satisfacción para su propietaria
y criadora.
La casa es una
espléndida casona neomallorquina de estilo
racionalista, y se ubica en el valle de
Esporles. La decoración interior ha corrido
a cargo de su propietaria, que reivindica,
mediante telas, cerámicas y obras de arte,
su carácter eminentemente mallorquín.
Curiosamente, el interiorista Pascua Ortega
se jacta de haber colaborado en la
decoración de algunos de sus salones,
mientras que nuestras gargantas profundas
nos informan de que el diseñador Antonio
Obrador es el responsable del interiorismo.
¿El resultado es obra del exquisito gusto
de Marieta o de una colaboración «à
trois»?, pero nos quedamos con el dato de
su indudable carácter autóctono.
pureza de
líneas. En la finca destaca su
geometría y la pureza de sus líneas, pureza
que se traslada al jardín, donde el orden y
la perfecta disposición de los parterres es
esencial. Su inspiración cartesiana nos
recuerda a los jardines clásicos franceses
que, durante el reinado del Rey Sol,
sirvieron de modelo a toda Europa.
El eje visual que propone la
perspectiva de un jardín francés quiere
dejar sentir su rango de absoluto: su
principio, en el castillo, y su fin, en el
infinito. Este tipo de disposición requería
extensiones de superficie vastísimas, con
el objeto de parecer interminables debido a
su escala y juegos de geometría. Y algo de
castillo-fortaleza tiene, a nuestro
entender, la casa de Marieta
Salas.
Observen el majestuoso empaque
del muro exterior. El patio interior
alrededor del cual se disponen corrales y
establos. El rectángulo turquesa de la
piscina. La elegante rigidez de la fachada,
animada, aquí y allá, por pequeñas áreas de
descanso o meeting points en las que
el blanco, sumado al aroma de la lavanda
procedente del jardín, favorece la
distensión. Sencillamente impresionante,
¿no?