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Lunes, 14 de agosto de 2006 Actualizado a las 02:12
 

EL TELESCOPIO
La cleptocracia como forma de vida

ROMÁN PIÑA HOMS


Puedo asegurarles que si algo no me aburre es la política, o sea el manejo del poder, bien a través de las monarquías, las democracias, las tecnocracias o esta nueva fórmula que podría llamarse cleptocracia, que está en sustraer los bienes ajenos a través del poder. La política por lo general me ha reportado disgustos. También alguna que otra alegría. En este caso, alegría profunda, siempre vinculada a la utopía en la que uno sigue soñando. Nunca me ha hecho reír, pese a tanto como tiene de carnavalada. Y es que uno piensa en lo mucho que nos jugamos en el campo de la vida pública; en el quehacer cotidiano del que depende la felicidad del país. Tenían razón aquellos políticos de hace setenta y más años, de berrinche en berrinche y que nunca reían.

Sin embargo me hacen reír -y me parecen saludables- aquéllos que dotados de pluma fácil y excelente sentido del humor, flagelan a los políticos de turno, descubriendo ante la ciudadanía tanto su lado cómico como sus miserias, siempre que no lo hagan desde el desprecio o el resentimiento, porque estos otros, los resentidos, pueden llegar a ser patéticos. A veces, más que plumíferos, son activistas de la propia clase política, y se ve a la larga que lo suyo no es hacer reír, sino ir a degüello del contrario. Pero los primeros, los columnistas dotados de auténtico humor, resultan refrigerantes. Nos ayudan a sobrellevar el cabreo. Gracias a ellos nos decimos: nada puedo contra el político de turno torpe y venal, pero ahí está fulanito con su columna. ¡Es nuestro ángel vengador!

Tamañas consideraciones vienen a cuento a la vista de las constantes miserias que ofrece buena parte de nuestra clase política. Muchos políticos han llegado al poder desde la democracia, pero cabalgan desde la cleptocracia, o sea desde el latrocinio a caballo del poder. Los cleptómanos, fascinados por los bienes ajenos, a su lado son querubines. En sus intervalos lúcidos llegan a devolverte la cartera. Pero el que roba a mansalva desde su cargo público, parando la mano a cuanto soborno se le insinúa, éste o ésta ya no devolverá nada, y además se reirá ante las narices de la ciudadanía, a la que considera imbécil, sobre todo si además le ha votado en las últimas elecciones y piensa seguir votándole en las siguientes.

Viví, como muchos conciudadanos, gran parte del franquismo. Incluso fui represaliado, no tanto como mi querido Carlos Zayas, pero sufrí lo mío cuando como funcionario de carrera resulté postergado por no hacer lo que en un momento dado se me pidió que hiciese. Dos veces me sucedió: primero en 1967 y luego en 1978. Fue cuando el socialista Ramón Aguiló, convertido en el primer alcalde democrático de Palma, me restituyó en el cargo del que arbitrariamente había sido apartado. Pero puedo asegurar ante cualquiera, que la clase política del franquismo no ofrecía, ni de lejos, la corrupción de la de ahora. El denostado Francisco Franco -me lo decía hace pocos días, alguien que conoció y calibró la política de entonces- pudo tener poco o mucho de nepotista, de favorecer a los suyos, y con él muchos de los que le seguían, pero ni existía el hambre de ahora, ni lo mucho a repartir de los tiempos presentes. Guillermo Sureda, político del franquismo balear, que movió muchos hilos y no por poco tiempo, y con el que tuve más de una agarrada, murió poco antes de la transición a la democracia, en pleno ejercicio del poder, dejando a su familia poco más que su pobre pensión de funcionario. Recuerdo una tentativa de pelotazo urbanístico en Porto Pi, que habría hecho época, a través de la larga mano del impresentable yerno del Dictador, pero al olerlo el alcalde Máximo Alomar, lo desactivó de inmediato. Ya sé que afirmaciones como éstas me pueden traer disgustos, pero me da igual. Veinte años en Cort me sirvieron para conocer a muchos políticos, incluso para disgustarme con algunos de ellos, pero nunca para contemplar cómo se enriquecían sistemáticamente. Aún recuerdo a aquel pobre diablo que nunca pasó de concejal de abastos, y que se llevaba todas las gallinas del mercado que podía. Me lo encontré hará unos años. -Román, em vaig equivocar de lloc i de moment. Lo bó ha vengut ara- me dijo con una sinceridad e ironía que nunca olvidaré.

¿Y dónde está la causa de que en plena democracia y con prensa libre, las cosas hayan ido a peor? Hay quien piensa que en la profesionalización de la clase política. Otros creen que en la precariedad de los cargos, que obliga a curarse en salud. La mayoría cree que corrupción y política siempre han ido parejas, desde Atenas, pasando por Roma, por nuestros validos de la corrupta España del XVII, y sin ir más lejos, por nuestros Jurats, mandatarios mallorquines de la autonomía de pasados siglos, que llevaron la isla a la banca rota más tremenda, sin olvidar la larga nómina de funcionarios que, siglo tras otro, tuvieron que abandonar la isla por piernas, sin tiempo ni de fer taula, o sea de rendir cuentas.

Pero temo que a día de hoy, con la sofisticación de medios y la falta de honestidad generalizada, las cosas han ido a peor. Uno de mis queridos contertulios en la noche veraniega -Pablo Castellano- de insobornable compromiso y de una lucidez que molesta a esta gran mayoría que prefiere la penumbra, me decía que el asunto no tiene remedio, simplemente estallará cuando pronto no acuda a votar más allá del quince por ciento del electorado. Temo que desgraciadamente tenga razón, pero ¿y la causa? ¿no será que izquierdas y derechas nos quedamos sin ideología por la que luchar? Cuando de la política se ausentó la poesía que promete, ¿cómo impedir que triunfe la prosa de quienes simplemente desembarcaron para llenarse los bolsillos? Además, ¿qué se hizo de la persecución del llamado tráfico de influencias con que nuestros políticos de los ochenta se llenaban la boca? Pasó al archivo. Pero lo que no se archiva, es el amplio cauce de la discrecionalidad que la ley concede a los mandamases, origen de toda la corrupción imperante.

 
   
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