Puedo asegurarles que si algo no me
aburre es la política, o sea el manejo del
poder, bien a través de las monarquías, las
democracias, las tecnocracias o esta nueva
fórmula que podría llamarse cleptocracia,
que está en sustraer los bienes ajenos a
través del poder. La política por lo
general me ha reportado disgustos. También
alguna que otra alegría. En este caso,
alegría profunda, siempre vinculada a la
utopía en la que uno sigue soñando. Nunca
me ha hecho reír, pese a tanto como tiene
de carnavalada. Y es que uno piensa en lo
mucho que nos jugamos en el campo de la
vida pública; en el quehacer cotidiano del
que depende la felicidad del país. Tenían
razón aquellos políticos de hace setenta y
más años, de berrinche en berrinche y que
nunca reían.
Sin embargo me hacen
reír -y me parecen saludables- aquéllos que
dotados de pluma fácil y excelente sentido
del humor, flagelan a los políticos de
turno, descubriendo ante la ciudadanía
tanto su lado cómico como sus miserias,
siempre que no lo hagan desde el desprecio
o el resentimiento, porque estos otros, los
resentidos, pueden llegar a ser patéticos.
A veces, más que plumíferos, son activistas
de la propia clase política, y se ve a la
larga que lo suyo no es hacer reír, sino ir
a degüello del contrario. Pero los
primeros, los columnistas dotados de
auténtico humor, resultan refrigerantes.
Nos ayudan a sobrellevar el cabreo. Gracias
a ellos nos decimos: nada puedo contra el
político de turno torpe y venal, pero ahí
está fulanito con su columna. ¡Es nuestro
ángel vengador!
Tamañas
consideraciones vienen a cuento a la vista
de las constantes miserias que ofrece buena
parte de nuestra clase política. Muchos
políticos han llegado al poder desde la
democracia, pero cabalgan desde la
cleptocracia, o sea desde el latrocinio a
caballo del poder. Los cleptómanos,
fascinados por los bienes ajenos, a su lado
son querubines. En sus intervalos lúcidos
llegan a devolverte la cartera. Pero el que
roba a mansalva desde su cargo público,
parando la mano a cuanto soborno se le
insinúa, éste o ésta ya no devolverá nada,
y además se reirá ante las narices de la
ciudadanía, a la que considera imbécil,
sobre todo si además le ha votado en las
últimas elecciones y piensa seguir
votándole en las siguientes.
Viví,
como muchos conciudadanos, gran parte del
franquismo. Incluso fui represaliado, no
tanto como mi querido Carlos Zayas,
pero sufrí lo mío cuando como funcionario
de carrera resulté postergado por no hacer
lo que en un momento dado se me pidió que
hiciese. Dos veces me sucedió: primero en
1967 y luego en 1978. Fue cuando el
socialista Ramón Aguiló, convertido
en el primer alcalde democrático de Palma,
me restituyó en el cargo del que
arbitrariamente había sido apartado. Pero
puedo asegurar ante cualquiera, que la
clase política del franquismo no ofrecía,
ni de lejos, la corrupción de la de ahora.
El denostado Francisco Franco -me lo
decía hace pocos días, alguien que conoció
y calibró la política de entonces- pudo
tener poco o mucho de nepotista, de
favorecer a los suyos, y con él muchos de
los que le seguían, pero ni existía el
hambre de ahora, ni lo mucho a repartir de
los tiempos presentes. Guillermo
Sureda, político del franquismo balear,
que movió muchos hilos y no por poco
tiempo, y con el que tuve más de una
agarrada, murió poco antes de la transición
a la democracia, en pleno ejercicio del
poder, dejando a su familia poco más que su
pobre pensión de funcionario. Recuerdo una
tentativa de pelotazo urbanístico en
Porto Pi, que habría hecho época, a través
de la larga mano del impresentable yerno
del Dictador, pero al olerlo el alcalde
Máximo Alomar, lo desactivó de
inmediato. Ya sé que afirmaciones como
éstas me pueden traer disgustos, pero me da
igual. Veinte años en Cort me sirvieron
para conocer a muchos políticos, incluso
para disgustarme con algunos de ellos, pero
nunca para contemplar cómo se enriquecían
sistemáticamente. Aún recuerdo a aquel
pobre diablo que nunca pasó de concejal de
abastos, y que se llevaba todas las
gallinas del mercado que podía. Me lo
encontré hará unos años. -Román, em
vaig equivocar de lloc i de moment. Lo bó
ha vengut ara- me dijo con una sinceridad e
ironía que nunca olvidaré.
¿Y dónde
está la causa de que en plena democracia y
con prensa libre, las cosas hayan ido a
peor? Hay quien piensa que en la
profesionalización de la clase política.
Otros creen que en la precariedad de los
cargos, que obliga a curarse en salud. La
mayoría cree que corrupción y política
siempre han ido parejas, desde Atenas,
pasando por Roma, por nuestros
validos de la corrupta España del
XVII, y sin ir más lejos, por nuestros
Jurats, mandatarios mallorquines de la
autonomía de pasados siglos, que llevaron
la isla a la banca rota más tremenda, sin
olvidar la larga nómina de funcionarios
que, siglo tras otro, tuvieron que
abandonar la isla por piernas, sin tiempo
ni de fer taula, o sea de rendir
cuentas.
Pero temo que a día de hoy,
con la sofisticación de medios y la falta
de honestidad generalizada, las cosas han
ido a peor. Uno de mis queridos
contertulios en la noche veraniega
-Pablo Castellano- de insobornable
compromiso y de una lucidez que molesta a
esta gran mayoría que prefiere la penumbra,
me decía que el asunto no tiene remedio,
simplemente estallará cuando pronto no
acuda a votar más allá del quince por
ciento del electorado. Temo que
desgraciadamente tenga razón, pero ¿y la
causa? ¿no será que izquierdas y derechas
nos quedamos sin ideología por la que
luchar? Cuando de la política se ausentó la
poesía que promete, ¿cómo impedir que
triunfe la prosa de quienes simplemente
desembarcaron para llenarse los bolsillos?
Además, ¿qué se hizo de la persecución del
llamado tráfico de influencias con
que nuestros políticos de los ochenta se
llenaban la boca? Pasó al archivo. Pero lo
que no se archiva, es el amplio cauce de la
discrecionalidad que la ley concede
a los mandamases, origen de toda la
corrupción imperante.