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  Lunes, 14 de agosto de 2006 Actualizado a las 02:12
 

Pollença / Muestra
La Nit Niu 'mágica' reivindica la intervención de la sociedad

Seis artistas exhibieron el sábado sus propuestas en Cala Sant Vicenç


Algunos pasamos el sábado como los galos del poblado de Asterix: vigilando el cielo. No por temor a que éste se desplomase sobre nuestras cabezas, sino seguros de que la noche acabaría pasada por agua.

VIPERINA VIP

on todo, si la última cita en la Cala San Vicente -y ya van siete ediciones- no fue todo lo brillante que esperábamos, el motivo no tuvo nada que ver con la lluvia, y sí con un comisariado desacertado. Para gustos están hechos los colores, pero mi opinión sobre esta edición, mal llamada En un món màgic la comparte demasiada gente. El espectáculo arrancó pasadas las nueve, con bandera roja ondeando en la playa y un caballero, que respondía por William Hunt, improvisando un fallido performance sobre las rocas.

La idea original era navegar a la deriva por las aguas de la cala, tocando la guitarra mientras el rojo del atardecer daba paso a una noche de Bovril. Con el mar embravecido, pronto se desechó la idea de la barca, pues la ausencia de luz era total y el Mediterráneo no estaba para virguerías. Hunt, a quien le faltaron decibelios, acabó de pie en un extremo de la cala, cantando bajo las olas. La gente, que ya había posado, saludado y tomado un par de copas, decidió acercarse a la orilla por aquello de robarle una nota al viento. Las bengalas rojas que iluminaban al inglés proporcionaban una luz insuficiente; mucha más luz tenían los rostros de MAM y Dolça Mulet, recién llegadas al festejo. Nadie ignora que MAM tiene un repertorio de frases de lo más completo, pero por alguna razón se quedó rayada en el «qué interesante». Dolça, divertida y sin complejos, clavaba los tacones en la arena. La omnipresencia de Barbie presidenta empieza a resultarme molesta. El día menos pensado, iré a darme una ducha y me la encontraré inaugurándome el retrete. ¡En fin! Tras el prácticamente inaudible guitarreo, el público desvió su atención a las pantallas que presidían la cabecera de playa. En una de ellas, Johanna Billing -Magical World- ofrecía un corto en el que unos niños croatas cantaban una canción sobre las posibilidades de transformación individual y colectiva en un mundo no del todo devastado.

Como videoclip le faltaba brillo, y como acción artística, empaque. Mal pintaba la cosa. Para entonces, los artistas locales ya habían cerrado sus corrillos, los capitostes ya se habían instalado a pie de restaurante y los paseantes ocasionales sacaban sus conclusiones. La arriba firmante observaba y tomaba apuntes: nuestra Teresa Matas sigue siendo la más bella, a pesar de las duras pruebas a las que la vida la somete. En la segunda pantalla, ya que estamos, Sebastián Díaz Morales presentaba la videoinstalación titulada Lucharemos hasta anular la ley. La cosa iba de la crisis argentina del 2001. Nada del otro jueves, lo siento. Mientras una amable Annika Ström sacaba sus canciones a la arena, el siempre imprevisible Joan Morey nos tomaba el pelo.

Una ya no sabe qué decir de la provocativa obra de este artista: todos los adjetivos se me quedan cortos. Si nos atenemos al programa, su propuesta contemplaba una acción en la que el público participaría en un ámbito dual que combinaría dominación y sumisión, exclusión e inclusión, en clara alusión a situaciones internacionales recientes. La cruda realidad es que no pasamos a las manos por el canto de un euro. Me explicaré aun a riesgo de seguirle el juego: Dos matones vestidos de negro y con pinta de tener un largo historial delictivo frenaban, a empujones y a golpes, a la gente que se acercaba al lugar del performance. Joan Morey, concept designer según su biógrafo, parecía encantado con aquel in crescendo de cabreo. Superada la prueba del empujón y la linterna en los ojos, alcanzamos un espacio en el que un mozo inmóvil y en cuclillas esperaba a que Joan le cubriese la cabeza con una bolsa de basura negra. Acojonante, oiga: si lo sé, no vengo. J. Antonio Horrach, fan incondicional del mallorquín, llamaba «gamberros» a los que se resistían a aceptar el papel de víctimas.

Que los gamberros seamos nosotros no deja de tener su guasa, cosas del arte moderno. Una admirable Dora García temblaba gaitas con una intervención desarrollada a lo largo de toda la noche, cuyo final muchos nos perdimos dado el mal sabor de boca dejado por los seguidores del rollo sadomaso. Cual Cenicienta de Cala, puse pies en polvorosa cuando las agujas del reloj rozaban la medianoche. Tras sortear las furgonetas del catering de Menú, me sorprendió toparme con una grúa pollensina haciendo de las suyas. Bonita forma de apoyar el arte. Curiosa compensación a aquellos que, desoyendo la amenaza del cielo, atravesaron la Isla para animar una noche que prometía mucho y nos dio lo mismo que en otras ediciones.

 
   
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