Algunos pasamos el sábado como los galos
del poblado de Asterix: vigilando el
cielo. No por temor a que éste se
desplomase sobre nuestras cabezas, sino
seguros de que la noche acabaría pasada por
agua.
VIPERINA VIP
on todo, si
la última cita en la Cala San Vicente -y ya
van siete ediciones- no fue todo lo
brillante que esperábamos, el motivo no
tuvo nada que ver con la lluvia, y sí con
un comisariado desacertado. Para gustos
están hechos los colores, pero mi opinión
sobre esta edición, mal llamada En un
món màgic la comparte demasiada gente.
El espectáculo arrancó pasadas las nueve,
con bandera roja ondeando en la playa y un
caballero, que respondía por William
Hunt, improvisando un fallido
performance sobre las
rocas.
La idea original era navegar a
la deriva por las aguas de la cala, tocando
la guitarra mientras el rojo del atardecer
daba paso a una noche de Bovril. Con el mar
embravecido, pronto se desechó la idea de
la barca, pues la ausencia de luz era total
y el Mediterráneo no estaba para
virguerías. Hunt, a quien le faltaron
decibelios, acabó de pie en un extremo de
la cala, cantando bajo las olas. La gente,
que ya había posado, saludado y tomado un
par de copas, decidió acercarse a la orilla
por aquello de robarle una nota al viento.
Las bengalas rojas que iluminaban al inglés
proporcionaban una luz insuficiente; mucha
más luz tenían los rostros de MAM y
Dolça Mulet, recién llegadas al
festejo. Nadie ignora que MAM tiene un
repertorio de frases de lo más completo,
pero por alguna razón se quedó rayada en el
«qué interesante». Dolça, divertida y sin
complejos, clavaba los tacones en la arena.
La omnipresencia de Barbie
presidenta empieza a resultarme molesta. El
día menos pensado, iré a darme una ducha y
me la encontraré inaugurándome el retrete.
¡En fin! Tras el prácticamente inaudible
guitarreo, el público desvió su atención a
las pantallas que presidían la cabecera de
playa. En una de ellas, Johanna
Billing -Magical World- ofrecía
un corto en el que unos niños croatas
cantaban una canción sobre las
posibilidades de transformación individual
y colectiva en un mundo no del todo
devastado.
Como videoclip le
faltaba brillo, y como acción artística,
empaque. Mal pintaba la cosa. Para
entonces, los artistas locales ya habían
cerrado sus corrillos, los capitostes ya se
habían instalado a pie de restaurante y los
paseantes ocasionales sacaban sus
conclusiones. La arriba firmante observaba
y tomaba apuntes: nuestra Teresa
Matas sigue siendo la más bella, a
pesar de las duras pruebas a las que la
vida la somete. En la segunda pantalla, ya
que estamos, Sebastián Díaz Morales
presentaba la videoinstalación titulada
Lucharemos hasta anular la ley. La
cosa iba de la crisis argentina del 2001.
Nada del otro jueves, lo siento. Mientras
una amable Annika Ström sacaba sus
canciones a la arena, el siempre
imprevisible Joan Morey nos tomaba
el pelo.
Una ya no sabe qué decir de
la provocativa obra de este artista: todos
los adjetivos se me quedan cortos. Si nos
atenemos al programa, su propuesta
contemplaba una acción en la que el público
participaría en un ámbito dual que
combinaría dominación y sumisión, exclusión
e inclusión, en clara alusión a situaciones
internacionales recientes. La cruda
realidad es que no pasamos a las manos por
el canto de un euro. Me explicaré aun a
riesgo de seguirle el juego: Dos matones
vestidos de negro y con pinta de tener un
largo historial delictivo frenaban, a
empujones y a golpes, a la gente que se
acercaba al lugar del performance.
Joan Morey, concept designer según
su biógrafo, parecía encantado con aquel
in crescendo de cabreo. Superada la
prueba del empujón y la linterna en los
ojos, alcanzamos un espacio en el que un
mozo inmóvil y en cuclillas esperaba a que
Joan le cubriese la cabeza con una bolsa de
basura negra. Acojonante, oiga: si lo sé,
no vengo. J. Antonio Horrach, fan
incondicional del mallorquín, llamaba
«gamberros» a los que se resistían a
aceptar el papel de víctimas.
Que los
gamberros seamos nosotros no deja de tener
su guasa, cosas del arte moderno. Una
admirable Dora García temblaba
gaitas con una intervención desarrollada a
lo largo de toda la noche, cuyo final
muchos nos perdimos dado el mal sabor de
boca dejado por los seguidores del rollo
sadomaso. Cual Cenicienta de Cala,
puse pies en polvorosa cuando las agujas
del reloj rozaban la medianoche. Tras
sortear las furgonetas del catering
de Menú, me sorprendió toparme con una
grúa pollensina haciendo de las suyas.
Bonita forma de apoyar el arte. Curiosa
compensación a aquellos que, desoyendo la
amenaza del cielo, atravesaron la Isla para
animar una noche que prometía mucho y nos
dio lo mismo que en otras ediciones.