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  Lunes, 14 de agosto de 2006 Actualizado a las 02:12
 

El velo de Tanit
El sol en venta


JORGE MONTOJO

urante el verano, a cada atardecer, se juntan miles de seres que despiden al sol en la Costa de ses Variades de San Antonio de Portmany. La mayoría son turistas británicos color langosta thermidor, pero, si se hiciera un escrutinio, encontraríamos más nacionalidades que en el casino de la ONU. La culpa la tienen el Café del Mar y el Dj José Padilla, antes juntos y hoy revueltos por el cochino dinero que han hecho con sus discos.

Antes de masificarse, en el Café del Mar podías jugar al back gammon, encontrar fácilmente una mesa y brindar por el Rayo Verde con un gin tonic a un precio decente. Incluso el propio Padilla te regalaba amablemente unas cintas grabadas con su música.

Hoy es uno de los bares más famosos del planeta, frecuentado alguna vez por casi todo el mundo que aterriza en la Isla, en donde es casi cotidiano el encontrarte al cantante Eros Ramazzoti espléndidamente acompañado y a las personalidades más canallas del Chinawhite londinense. Son dos mafias, la inglesa y la italiana, que compiten a tiros con la magrebí para llevarse el podrido pescado de los estupefacientes, y tentar a los miles de impresionables jovencitos que vienen a correrse una semana de juerga escapando de las grises fábricas de Manchester o Milán. Y, semejantes pobres diablos, son presa fácil de los que venden sueños que terminan en pesadilla.

Al lado de Café del Mar han proliferado numerosos bares que también pinchan música para huir del silencio (necesitamos desesperadamente a Ernst Hannover para meter en cintura a los macarras que hacen negocio con el ocio), mientras admiran la puesta de sol en la bahía que las águilas romanas bautizaron como Portus Magnus. Pero las masas acaban destrozándolo todo porque ahogan el sagrado individualismo. Se quedan justo hasta que el sol se pone, y, tras aplaudir histéricamente (una moda iniciada por el tiquismiquis del marqués de Montelo, quien hoy se lamenta de ser copiado por el vulgo), se marchan en estampida a sus hoteles porque si no se pierden la insípida cena del todo incluido.

Pero tras la tempestad viene la calma, y es una gozada charlar con la hedonista viajera de ojos líquidos que siempre los cierra para no ver el Rayo Verde. ¿Por qué? Porque ella prefiere seguir equivocándose en el amor, donde toda seguridad es dañina para las pasiones que exige…

 
   
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