JORGE MONTOJO
urante el verano, a
cada atardecer, se juntan miles de seres
que despiden al sol en la Costa de ses
Variades de San Antonio de Portmany. La
mayoría son turistas británicos color
langosta thermidor, pero, si se
hiciera un escrutinio, encontraríamos más
nacionalidades que en el casino de la ONU.
La culpa la tienen el Café del Mar y el
Dj José Padilla, antes juntos y hoy
revueltos por el cochino dinero que han
hecho con sus discos.
Antes de
masificarse, en el Café del Mar podías
jugar al back gammon, encontrar
fácilmente una mesa y brindar por el Rayo
Verde con un gin tonic a un precio
decente. Incluso el propio Padilla te
regalaba amablemente unas cintas grabadas
con su música.
Hoy es uno de los
bares más famosos del planeta, frecuentado
alguna vez por casi todo el mundo que
aterriza en la Isla, en donde es casi
cotidiano el encontrarte al cantante
Eros Ramazzoti espléndidamente
acompañado y a las personalidades más
canallas del Chinawhite londinense. Son dos
mafias, la inglesa y la italiana, que
compiten a tiros con la magrebí para
llevarse el podrido pescado de los
estupefacientes, y tentar a los miles de
impresionables jovencitos que vienen a
correrse una semana de juerga escapando de
las grises fábricas de Manchester o Milán.
Y, semejantes pobres diablos, son presa
fácil de los que venden sueños que terminan
en pesadilla.
Al lado de Café del Mar
han proliferado numerosos bares que también
pinchan música para huir del silencio
(necesitamos desesperadamente a Ernst
Hannover para meter en cintura a los
macarras que hacen negocio con el ocio),
mientras admiran la puesta de sol en la
bahía que las águilas romanas bautizaron
como Portus Magnus. Pero las masas acaban
destrozándolo todo porque ahogan el sagrado
individualismo. Se quedan justo hasta que
el sol se pone, y, tras aplaudir
histéricamente (una moda iniciada por el
tiquismiquis del marqués de Montelo,
quien hoy se lamenta de ser copiado por el
vulgo), se marchan en estampida a sus
hoteles porque si no se pierden la insípida
cena del todo incluido.
Pero tras la
tempestad viene la calma, y es una gozada
charlar con la hedonista viajera de ojos
líquidos que siempre los cierra para no ver
el Rayo Verde. ¿Por qué? Porque ella
prefiere seguir equivocándose en el amor,
donde toda seguridad es dañina para las
pasiones que exige…