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  Miércoles, 12 de julio de 2006 Actualizado a las 01:37
 

EL ÁGORA
A vueltas con la Guerra Civil

JOAN FONT ROSELLO


El PSIB ha presentado para la semana que viene dos mociones sobre la Guerra Civil en las que, as usual, pide que tanto el Parlament como el Consell de Mallorca condenen el golpe de Estado de Franco de 1936. En la exposición de motivos el PSIB miente cínicamente. Por ejemplo, se dice que «[después del golpe] el país (¿qué país?) no siguió a los golpistas y sólo por la fuerza de las armas, brutalmente utilizadas, pudieron pasar a controlar una parte del territorio de la República». Sabemos, en cambio, que el golpe militar de Franco fue tremendamente popular y la fuerza de las armas tanto fue utilizada por falangistas como por «las masas obreras» a las que el gobierno republicano irresponsablemente entregó las armas, terminando así con cualquier atisbo de «legalidad republicana» en suelo republicano.

La exposición de motivos termina con otra exageración flagrante, «pero durante estos 36 años [de dictadura franquista] se intentó exterminar a todos aquéllos que se atrevieron a pensar diferente, y se recordó año tras año que había vencedores y vencidos». Lo cierto es que, si bien en los primeros años de posguerra podemos hablar de represión, la verdad es que la mayoría de las condenas de muerte fueron conmutadas por unos pocos años en la cárcel. Es curioso, ahora ya no es Franco, sino la izquierda la máxima interesada en superar el pacto del perdón y de la reconciliación que entre todos los partidos se pactó durante la Transición y recordarnos día sí y otro también de la existencia de vencedores y vencidos de la Guerra Civil.

Pero los socialistas no entienden ni de mentiras ni de verdades, no tienen el más mínimo respeto por la historia y periódicamente presentan propuestas del mismo estilo que apenas se diferencian. Esta obstinación periódica es interesada. Su estrategia consiste en vincular el Partido Popular con el franquismo con un doble objetivo: apuntalar más si cabe la «concepción del mundo» de la izquierda española, que ha transformado la Guerra Civil en una especie de Pentecostés maniqueo que delimita el Bien (nosotros, los de izquierdas) y el Mal (ellos, los de derechas) y aislar mediática y políticamente al Partido Popular, estigmatizándolo como franquista. Desde los días de resistencialismo antifranquista, la izquierda y los nacionalistas creen tener una superioridad moral con respecto a la derecha democrática. La propaganda del movimiento antifascista de los años treinta que tejió admirablemente Willi Münzenberg sigue siendo el único referente en una izquierda, la española, cuya forma de pensar no ha pasado de ahí.

El sentimiento de la izquierda de que ellos son los representantes de la paz, de la cultura, de la legalidad, de la democracia y del progreso (más allá de cualquier evidencia histórica) encarnados en una idealizada II República es una convicción tan sentida que, aunque no se reconozca explícitamente, subyace latente en lo más profundo de la concepción que tiene del mundo. Sólo desde una permanente autosugestión, la izquierda española puede consagrar la Guerra Civil como un nuevo Pentecostés que separó a los herederos de las víctimas republicanas (los buenos) frente a los herederos franquistas (los malos) asociados al PP.

Nadie discute la condición de víctimas, tanto asesinados como represaliados, de muchísimos izquierdistas por el régimen franquista, pero su condición de víctima debe empezar a proyectarse desde un ángulo más individual. No es lícito que el PSOE, PCE o ERC como partidos políticos, que tuvieron en sus filas víctimas pero también crueles verdugos, sigan contemplándose a sí mismos como partidos-víctima porque no lo son, a menos que también se consideren partidos-verdugo. Tampoco el hecho de perder una guerra que en definitiva la izquierda hizo lo posible (incluso alargarla) para ganar, les confiere automáticamente ninguna superioridad moral con respecto a los vencedores. A menos que en el fondo se considere que los izquierdistas fueron injustamente asesinados por encarnar valores como el progreso, la democracia o la paz, y que, en cambio, los derechistas asesinados se lo merecían ya que, a fin de cuentas, eran un obstáculo histórico a la necesidad histórica de instaurar la democracia, el progreso o la paz que sólo la izquierda podía traer a España.

 
   
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