El PSIB ha presentado para la semana que
viene dos mociones sobre la Guerra Civil en
las que, as usual, pide que tanto el
Parlament como el Consell de Mallorca
condenen el golpe de Estado de
Franco de 1936. En la exposición de
motivos el PSIB miente cínicamente. Por
ejemplo, se dice que «[después del golpe]
el país (¿qué país?) no siguió a los
golpistas y sólo por la fuerza de las
armas, brutalmente utilizadas, pudieron
pasar a controlar una parte del territorio
de la República». Sabemos, en cambio, que
el golpe militar de Franco fue
tremendamente popular y la fuerza de las
armas tanto fue utilizada por falangistas
como por «las masas obreras» a las que el
gobierno republicano irresponsablemente
entregó las armas, terminando así con
cualquier atisbo de «legalidad republicana»
en suelo republicano.
La exposición
de motivos termina con otra exageración
flagrante, «pero durante estos 36 años [de
dictadura franquista] se intentó exterminar
a todos aquéllos que se atrevieron a pensar
diferente, y se recordó año tras año que
había vencedores y vencidos». Lo cierto es
que, si bien en los primeros años de
posguerra podemos hablar de represión, la
verdad es que la mayoría de las condenas de
muerte fueron conmutadas por unos pocos
años en la cárcel. Es curioso, ahora ya no
es Franco, sino la izquierda la máxima
interesada en superar el pacto del perdón y
de la reconciliación que entre todos los
partidos se pactó durante la Transición y
recordarnos día sí y otro también de la
existencia de vencedores y vencidos
de la Guerra Civil.
Pero los
socialistas no entienden ni de mentiras ni
de verdades, no tienen el más mínimo
respeto por la historia y periódicamente
presentan propuestas del mismo estilo que
apenas se diferencian. Esta obstinación
periódica es interesada. Su estrategia
consiste en vincular el Partido Popular con
el franquismo con un doble objetivo:
apuntalar más si cabe la «concepción del
mundo» de la izquierda española, que ha
transformado la Guerra Civil en una especie
de Pentecostés maniqueo que delimita el
Bien (nosotros, los de izquierdas) y el Mal
(ellos, los de derechas) y aislar mediática
y políticamente al Partido Popular,
estigmatizándolo como franquista.
Desde los días de resistencialismo
antifranquista, la izquierda y los
nacionalistas creen tener una superioridad
moral con respecto a la derecha
democrática. La propaganda del movimiento
antifascista de los años treinta que tejió
admirablemente Willi Münzenberg
sigue siendo el único referente en una
izquierda, la española, cuya forma de
pensar no ha pasado de ahí.
El
sentimiento de la izquierda de que ellos
son los representantes de la paz, de la
cultura, de la legalidad, de la democracia
y del progreso (más allá de cualquier
evidencia histórica) encarnados en una
idealizada II República es una convicción
tan sentida que, aunque no se reconozca
explícitamente, subyace latente en lo más
profundo de la concepción que tiene del
mundo. Sólo desde una permanente
autosugestión, la izquierda española puede
consagrar la Guerra Civil como un nuevo
Pentecostés que separó a los herederos de
las víctimas republicanas (los
buenos) frente a los herederos
franquistas (los malos) asociados al
PP.
Nadie discute la condición de
víctimas, tanto asesinados como
represaliados, de muchísimos izquierdistas
por el régimen franquista, pero su
condición de víctima debe empezar a
proyectarse desde un ángulo más individual.
No es lícito que el PSOE, PCE o ERC como
partidos políticos, que tuvieron en sus
filas víctimas pero también crueles
verdugos, sigan contemplándose a sí mismos
como partidos-víctima porque no lo son, a
menos que también se consideren
partidos-verdugo. Tampoco el hecho de
perder una guerra que en definitiva la
izquierda hizo lo posible (incluso
alargarla) para ganar, les confiere
automáticamente ninguna superioridad moral
con respecto a los vencedores. A menos que
en el fondo se considere que los
izquierdistas fueron injustamente
asesinados por encarnar valores como el
progreso, la democracia o la paz, y que, en
cambio, los derechistas asesinados se lo
merecían ya que, a fin de cuentas, eran un
obstáculo histórico a la necesidad
histórica de instaurar la democracia, el
progreso o la paz que sólo la izquierda
podía traer a España.