Decía Winston Churchill a propósito de
la calidad de la clase dirigente occidental
en general y de la británica en particular
que uno de los grandes problemas de nuestra
época es que «los hombres no quieren ser
útiles sino importantes». Esta reflexión se
cumple a rajatabla en esta democracia
nuestra en la que la mayoría de los
políticos viene a servirse y no a servir, a
figurar y no a currar, en definitiva, a
hacer bueno ese proverbio nipón del «mínimo
esfuerzo, máxima eficacia». No hace falta
que les cuente -porque lo palpan casi a
diario en estas páginas- que algunos llevan
estas cuatro últimas palabras hasta las
últimas y rentabilísimas
consecuencias.
Rodrigo de Santos
incumple flagrantemente la máxima del
hombre que será eternamente recordado por
su perenne optimismo y por haberle parado
los pies al belcebú nazi cuando todos
doblaban la cerviz. El todavía teniente de
alcalde de Urbanismo de Cort no es un
político al uso: no va de cóctel en cóctel
y tiro porque me toca, no pontifica sobre
lo divino y sobre lo humano, no está
encantado de haberse conocido, no te mira
por encima del hombro como si descendiera
de la pata del Cid, es de los pocos que no
tocan de oído y no conjuga el verbo
comisionar ni por
casualidad.
Para muesta, un botón:
así como otros hacen el pino puente para
que les entrevistemos o, simplemente, para
que les saquemos en los papeles y
obviamente bien, a éste le importa un
pepino que le saquemos, que le entremos,
que le pongamos a parir o que digamos que
es el más listo, el más alto, el más
simpático y el más guapo.
Como buen
castellano es austero en lo material,
profundo en lo intelectual y nada
exhibicionista en las formas. Lo cierto es
que nos costó sangre, sudor, esfuerzo y
lágrimas convencerle para protagonizar un
cara a cara dominical. En tres años y
dieciocho días al frente de la Concejalía
de Urbanismo tan sólo nos ha concedido una
entrevista. Él alternaba excusas cada vez
que le embestíamos con nuestra repetitiva
propuesta. Unas veces nos salía con el
«hacérsela a la alcaldesa que es la que que
debe salir» y otras con ese «más adelante,
más adelante» sinónimo perfecto del ja
ho veurem.
El adiós con 365 días
de antelación de este burgalés de obvio
nombre burgalés no es en contra de lo que
pueda parecer fruto de una rabieta
infantil. Lo del jueves no es sino la gota
que ha colmado el vaso de la paciencia de
un hombre tranquilo que, al igual que el
Sean Thorton que tan memorablemente encarnó
John Wayne, parece a veces un pánfilo de
tanto poner la otra mejilla.
El
todopoderoso edil de Urbanismo estalló el
jueves al contemplar cómo en esa asamblea
mal llamada Pleno municipal un sujeto fuera
de sí, malencarado como pocos y maleducado
como ninguno, le llamaba de todo y por su
orden: desde «sinvergüenza» hasta «cínico»
pasando por una tan metafórica como en el
fondo maliciosa asociación de ideas o de
palabras -«usted ha abusado de los niños y
los ancianos del barrio»-. ¡Ah! también le
acusó de forrarse con las obras de
remodelación de los ruinosos edificios de
la calle Antoni Pons. Lo cual, conociendo
el percal, es como mínimo una indecencia y
como máximo una calumnia. Éste en honradez,
lo que se dice en honradez, está hecho a
imagen y semejanza de su todavía jefa. En
esto sí que son tal para cual.
A
este menda, que se ha chupado decenas por
no decir cientos de plenos municipales de
toda ralea, tamaño y condición en Madrid,
le sorprenden las curiosas costumbres
municipales palmesanas. Ese dejar
intervenir a todo quisqui no lo he visto en
mi vida, vamos, que me parece una costumbre
cuasimarciana. Si el Pleno es la máxima
expresión de la soberanía popular emanada
de las urnas... ¿qué narices pintan
interveniendo desde un skater hasta
el skate del skater?
Catalina Cirer demostró el jueves que no
tiene el aplomo ni la autoridad necesarios
para ejercer un oficio, el de alcaldesa, en
el que o tienes aplomo y autoridad o mejor
dedicarte a otra cosa mariposa. Haría bien
en hacérselo mirar porque una ciudad de
400.000 habitantes no se gobierna sólo
dando besos por la calle a todo hijo de
vecino, yendo a todas las fiestas de barrio
habidas y por haber, ni desde luego
aplicando esa democracia del arròs
brut que tantos y tan buenos resultados
dio a su amo. Cuidado Catalina porque
algunos ya empiezan a aplicarte el genial
dicho: «Se puede engañar a todos un poco de
tiempo, a pocos todo el tiempo pero no a
todos todo el tiempo».
Con todo lo
peor no fue el laisser insultar, laissez
calumniar con el que Catalina Cirer
obsequió al cabecilla de los vecinos de
Antoni Pons que, por cierto, no vive en
Antoni Pons. Lo realmente indignante fue
que no le cortase y que, para más inri,
impidiera al aludido ejercer su legítimo
derecho a la defensa.
Sea como
fuere, los espectáculos que se viven en
todos y cada uno de los plenos palmesanos
son más propios de una pseudodemocracia
bananera que de un país occidental. No sé
cómo lo hacen pero la cosa sale a pollo por
pleno. El día que no son las masas
de Salvem la Real las que toman el
recargado Salón, son las multitudes
del Parc de les Vies y el día que no son
las multitudes del Parc de les Vies
son los skaters los encargados de
aguar la fiesta.
El más hasta siempre
que hasta ahora de Rodrigo de Santos
encierra dos problemas: uno de índole
político al perder Cirer a un tipo al que
le cabe -tres en uno- el Ayuntamiento, la
Comunidad y el Estado en la cabeza, y otro
de orden ético, ya que la Concejalía de
Urbanismo queda de nuevo a los pies de los
caballos o, lo que es lo mismo, a merced de
los jetas de siempre.
El contratiempo
político es morrocotudo toda vez que el
adiós de Rodrigo de Santos cuestiona el
liderazgo de una alcaldesa que no sabe
hacer ni menos aún mantener equipos. Algo
falla cuando cuatro de los 15 concejales
han huido en tres años de legislatura. Si
no recuerdo mal cogieron los bártulos
Antonio Nadal, Rosa Arregui, Maite Jiménez
y ahora Rodrigo de Santos. Un récord de
libro Guinness teniendo en cuenta que
normalmente para sacar a un político de la
poltrona hay que llamar a los GEO. El mundo
al revés: aquí hay que atarles a la
poltrona para que no tomen las de
Villadiego.
Alguien que tenía todas
las papeletas para estar en el Ayuntamiento
de Palma y por todo lo alto me lo pudo
decir más alto pero no más claro cuando le
pregunté en el verano de 2003 por qué se
había escaqueado: «Pues mira porque, aunque
Catalina da una imagen de persona afable y
de hecho es una buenísima tía, es imposible
trabajar con ella, es de los que arreglan
las cosas gritando».
El problema de
Catalina Cirer es el problema al cuadrado
de Jaume Matas. No hace falta haber pasado
por la mejor escuela de administración
pública del mundo, la harvardiana
John Kennedy School of Government, para
colegir que si el PP pierde Palma tiene
todos los boletos para perderlo todo. Lo he
repetido hasta la saciedad: 11Ms
aparte, el camino a La Moncloa pasa por la
Plaza de la Villa de Madrid y normalmente
es imposible llegar al Consolat de Mar sin
haber hecho parada y fonda previa en
Cort.
Conclusión: el puesto de
trabajo del president depende de la
estabilidad laboral de la alcaldesa y
viceceversa. Conclusión de la conclusión:
se necesitan mutuamente. Todos estos líos
no presagian nada bueno y menos a un año
menos treinta y cinco días del día D
electoral. Menos aún teniendo en cuenta
que ya se habla de Rafael Durán como
recambio de Rodrigo de Santos. Un relevo
que es algo así como canjear un BMW de gama
baja por un Rolls Royce full equipe.
Si Catalina Cirer se sale con la suya y
pone de número 2 a este treintañero
que no le ha empatado a nadie el círculo
del disparate se habrá cerrado. El
padre de la celebérrima guía sexual
no es precisamente Churchill lo cual no
quiere decir que algún día sea un político
de talla. Es un buen chico, es trabajador y
se desenvuelve bien por los procelosos
caminos de la vida pública pero aún le
queda mucha mili para ser un senior en
condiciones.
Las encuestas pintan
bien en Cort para el PP en estos momentos
pero no creo que sean tan benévolas si los
cristos siguen siendo el pan nuestro de
cada día, si a los cocos que valen
los tiran por la borda, si el adiós de De
Santos se contesta con un tan torpe como
orgulloso «no afectará en nada», si el
Govern tiene que seguir saliendo al quite
cada dos por tres, si Matas tiene que
aportar la imaginación que les falta a
otras y si a la susodicha le ponen enfrente
a un pata negra tipo Ramon
Socías.
Como ciudadano me preocupa
cien veces más el foso ético que se abre
tras el adiós de Rodrigo de Santos en una
Concejalía de Urbanismo que hasta su
irrupción era conocida entre bastidores
como «la Cueva de Alí Babá». Con él llegó
la decencia a un negociado en el que unos
pocos manchaban el prestigio de todos, en
el que Cursach entraba como Pedro por su
casa, en el que pagaban justos por los
pecadores que cobraban y en el que las
recalificaciones a la carta y la confusión
más indecente entre lo público y lo privado
estaban a la orden del día. De esto último
nos puede dar lecciones un Rafael
Vidal que compatibilizaba la Concejalía de
Urbanismo con el estudio de arquitectura
que tenía abierto en Palma por persona
interpuesta, su hijo.
El adiós de
Rodrigo supone la eliminación de uno de los
pocos diques de salvaguarda de la
legalidad, de la honradez, de la ética y de
la decencia que quedan en la política
balear. Otro de ellos es, curiosamente, una
Catalina Cirer que hace tiempo advirtió a
sus concejales: «Al que meta la mano en la
caja, se la corto». El inconveniente es que
para gestionar un pedazo de ciudad como
Palma no sólo hay que ser honrada y
parecerlo sino algo más. Para empezar, no
dar pie a que algún subordinado diga: «¡Qué
buen vasallo sería si tuviera buena
señora!», y para terminar, cortar la
longa manu de ese amigo de sí mismo
y de nadie más que es Gabriel Cañellas.