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  Domingo, 2 de julio de 2006 Actualizado a las 02:21
 

LOS PUNTOS SOBRE LAS ÍES
A pesar de la señora Rodrigo ha sido un buen vasallo

EDUARDO INDA


Decía Winston Churchill a propósito de la calidad de la clase dirigente occidental en general y de la británica en particular que uno de los grandes problemas de nuestra época es que «los hombres no quieren ser útiles sino importantes». Esta reflexión se cumple a rajatabla en esta democracia nuestra en la que la mayoría de los políticos viene a servirse y no a servir, a figurar y no a currar, en definitiva, a hacer bueno ese proverbio nipón del «mínimo esfuerzo, máxima eficacia». No hace falta que les cuente -porque lo palpan casi a diario en estas páginas- que algunos llevan estas cuatro últimas palabras hasta las últimas y rentabilísimas consecuencias.

Rodrigo de Santos incumple flagrantemente la máxima del hombre que será eternamente recordado por su perenne optimismo y por haberle parado los pies al belcebú nazi cuando todos doblaban la cerviz. El todavía teniente de alcalde de Urbanismo de Cort no es un político al uso: no va de cóctel en cóctel y tiro porque me toca, no pontifica sobre lo divino y sobre lo humano, no está encantado de haberse conocido, no te mira por encima del hombro como si descendiera de la pata del Cid, es de los pocos que no tocan de oído y no conjuga el verbo comisionar ni por casualidad.

Para muesta, un botón: así como otros hacen el pino puente para que les entrevistemos o, simplemente, para que les saquemos en los papeles y obviamente bien, a éste le importa un pepino que le saquemos, que le entremos, que le pongamos a parir o que digamos que es el más listo, el más alto, el más simpático y el más guapo.

Como buen castellano es austero en lo material, profundo en lo intelectual y nada exhibicionista en las formas. Lo cierto es que nos costó sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas convencerle para protagonizar un cara a cara dominical. En tres años y dieciocho días al frente de la Concejalía de Urbanismo tan sólo nos ha concedido una entrevista. Él alternaba excusas cada vez que le embestíamos con nuestra repetitiva propuesta. Unas veces nos salía con el «hacérsela a la alcaldesa que es la que que debe salir» y otras con ese «más adelante, más adelante» sinónimo perfecto del ja ho veurem.

El adiós con 365 días de antelación de este burgalés de obvio nombre burgalés no es en contra de lo que pueda parecer fruto de una rabieta infantil. Lo del jueves no es sino la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de un hombre tranquilo que, al igual que el Sean Thorton que tan memorablemente encarnó John Wayne, parece a veces un pánfilo de tanto poner la otra mejilla.

El todopoderoso edil de Urbanismo estalló el jueves al contemplar cómo en esa asamblea mal llamada Pleno municipal un sujeto fuera de sí, malencarado como pocos y maleducado como ninguno, le llamaba de todo y por su orden: desde «sinvergüenza» hasta «cínico» pasando por una tan metafórica como en el fondo maliciosa asociación de ideas o de palabras -«usted ha abusado de los niños y los ancianos del barrio»-. ¡Ah! también le acusó de forrarse con las obras de remodelación de los ruinosos edificios de la calle Antoni Pons. Lo cual, conociendo el percal, es como mínimo una indecencia y como máximo una calumnia. Éste en honradez, lo que se dice en honradez, está hecho a imagen y semejanza de su todavía jefa. En esto sí que son tal para cual.

A este menda, que se ha chupado decenas por no decir cientos de plenos municipales de toda ralea, tamaño y condición en Madrid, le sorprenden las curiosas costumbres municipales palmesanas. Ese dejar intervenir a todo quisqui no lo he visto en mi vida, vamos, que me parece una costumbre cuasimarciana. Si el Pleno es la máxima expresión de la soberanía popular emanada de las urnas... ¿qué narices pintan interveniendo desde un skater hasta el skate del skater?

Catalina Cirer demostró el jueves que no tiene el aplomo ni la autoridad necesarios para ejercer un oficio, el de alcaldesa, en el que o tienes aplomo y autoridad o mejor dedicarte a otra cosa mariposa. Haría bien en hacérselo mirar porque una ciudad de 400.000 habitantes no se gobierna sólo dando besos por la calle a todo hijo de vecino, yendo a todas las fiestas de barrio habidas y por haber, ni desde luego aplicando esa democracia del arròs brut que tantos y tan buenos resultados dio a su amo. Cuidado Catalina porque algunos ya empiezan a aplicarte el genial dicho: «Se puede engañar a todos un poco de tiempo, a pocos todo el tiempo pero no a todos todo el tiempo».

Con todo lo peor no fue el laisser insultar, laissez calumniar con el que Catalina Cirer obsequió al cabecilla de los vecinos de Antoni Pons que, por cierto, no vive en Antoni Pons. Lo realmente indignante fue que no le cortase y que, para más inri, impidiera al aludido ejercer su legítimo derecho a la defensa.

Sea como fuere, los espectáculos que se viven en todos y cada uno de los plenos palmesanos son más propios de una pseudodemocracia bananera que de un país occidental. No sé cómo lo hacen pero la cosa sale a pollo por pleno. El día que no son las masas de Salvem la Real las que toman el recargado Salón, son las multitudes del Parc de les Vies y el día que no son las multitudes del Parc de les Vies son los skaters los encargados de aguar la fiesta.

El más hasta siempre que hasta ahora de Rodrigo de Santos encierra dos problemas: uno de índole político al perder Cirer a un tipo al que le cabe -tres en uno- el Ayuntamiento, la Comunidad y el Estado en la cabeza, y otro de orden ético, ya que la Concejalía de Urbanismo queda de nuevo a los pies de los caballos o, lo que es lo mismo, a merced de los jetas de siempre.

El contratiempo político es morrocotudo toda vez que el adiós de Rodrigo de Santos cuestiona el liderazgo de una alcaldesa que no sabe hacer ni menos aún mantener equipos. Algo falla cuando cuatro de los 15 concejales han huido en tres años de legislatura. Si no recuerdo mal cogieron los bártulos Antonio Nadal, Rosa Arregui, Maite Jiménez y ahora Rodrigo de Santos. Un récord de libro Guinness teniendo en cuenta que normalmente para sacar a un político de la poltrona hay que llamar a los GEO. El mundo al revés: aquí hay que atarles a la poltrona para que no tomen las de Villadiego.

Alguien que tenía todas las papeletas para estar en el Ayuntamiento de Palma y por todo lo alto me lo pudo decir más alto pero no más claro cuando le pregunté en el verano de 2003 por qué se había escaqueado: «Pues mira porque, aunque Catalina da una imagen de persona afable y de hecho es una buenísima tía, es imposible trabajar con ella, es de los que arreglan las cosas gritando».

El problema de Catalina Cirer es el problema al cuadrado de Jaume Matas. No hace falta haber pasado por la mejor escuela de administración pública del mundo, la harvardiana John Kennedy School of Government, para colegir que si el PP pierde Palma tiene todos los boletos para perderlo todo. Lo he repetido hasta la saciedad: 11Ms aparte, el camino a La Moncloa pasa por la Plaza de la Villa de Madrid y normalmente es imposible llegar al Consolat de Mar sin haber hecho parada y fonda previa en Cort.

Conclusión: el puesto de trabajo del president depende de la estabilidad laboral de la alcaldesa y viceceversa. Conclusión de la conclusión: se necesitan mutuamente. Todos estos líos no presagian nada bueno y menos a un año menos treinta y cinco días del día D electoral. Menos aún teniendo en cuenta que ya se habla de Rafael Durán como recambio de Rodrigo de Santos. Un relevo que es algo así como canjear un BMW de gama baja por un Rolls Royce full equipe. Si Catalina Cirer se sale con la suya y pone de número 2 a este treintañero que no le ha empatado a nadie el círculo del disparate se habrá cerrado. El padre de la celebérrima guía sexual no es precisamente Churchill lo cual no quiere decir que algún día sea un político de talla. Es un buen chico, es trabajador y se desenvuelve bien por los procelosos caminos de la vida pública pero aún le queda mucha mili para ser un senior en condiciones.

Las encuestas pintan bien en Cort para el PP en estos momentos pero no creo que sean tan benévolas si los cristos siguen siendo el pan nuestro de cada día, si a los cocos que valen los tiran por la borda, si el adiós de De Santos se contesta con un tan torpe como orgulloso «no afectará en nada», si el Govern tiene que seguir saliendo al quite cada dos por tres, si Matas tiene que aportar la imaginación que les falta a otras y si a la susodicha le ponen enfrente a un pata negra tipo Ramon Socías.

Como ciudadano me preocupa cien veces más el foso ético que se abre tras el adiós de Rodrigo de Santos en una Concejalía de Urbanismo que hasta su irrupción era conocida entre bastidores como «la Cueva de Alí Babá». Con él llegó la decencia a un negociado en el que unos pocos manchaban el prestigio de todos, en el que Cursach entraba como Pedro por su casa, en el que pagaban justos por los pecadores que cobraban y en el que las recalificaciones a la carta y la confusión más indecente entre lo público y lo privado estaban a la orden del día. De esto último nos puede dar lecciones un Rafael Vidal que compatibilizaba la Concejalía de Urbanismo con el estudio de arquitectura que tenía abierto en Palma por persona interpuesta, su hijo.

El adiós de Rodrigo supone la eliminación de uno de los pocos diques de salvaguarda de la legalidad, de la honradez, de la ética y de la decencia que quedan en la política balear. Otro de ellos es, curiosamente, una Catalina Cirer que hace tiempo advirtió a sus concejales: «Al que meta la mano en la caja, se la corto». El inconveniente es que para gestionar un pedazo de ciudad como Palma no sólo hay que ser honrada y parecerlo sino algo más. Para empezar, no dar pie a que algún subordinado diga: «¡Qué buen vasallo sería si tuviera buena señora!», y para terminar, cortar la longa manu de ese amigo de sí mismo y de nadie más que es Gabriel Cañellas.

 
   
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