Parece que el partido de las primarias
que no gusta de las primarias va a designar
ya al futuro candidato a alcalde de Palma.
Lógicamente va a ser una designación a
dedo. Lo cual no tiene por qué ser una
deficiente designación. Quizá será
excelente. Lo seguro es que así tratará de
venderse. Lo paradójico es que la persona
en la que va a recaer la principal
responsabilidad de la decisión,
Antich, consiguió su primera
nominación en pugna con el Secretario
General de su partido, Crespí, en un
proceso de primarias, es decir, del voto de
los afiliados al partido. Da toda la
impresión de que las reglas del juego se
siguen cuando sirven a los intereses de los
que mandan frente a los de los que quieren
mandar; y no se siguen cuando les
perjudican. Borrell, uno y no
más.
La democracia interna de los
partidos es tan plástica que se adapta
perfectamente a las necesidades de
perpetuación del grupo que en cada momento
está en el poder. Se establece una regla
general que se vulnera estatutariamente en
cuanto es necesario, con una panoplia de
argumentos a cual más sibilino, como
simulacro de racionalidad y conveniencia,
en aras del llamado patriotismo de partido,
es decir, la identificación de toda
disidencia como traición al propio partido,
sobre todo si trasciende a los medios de
comunicación.
Como la lucha es
impúdica no debe mostrarse, labor ésta de
ocultación propia de mistagogos, que
enmascara lo que es simplemente una pugna
descarnada por el poder en organizaciones
desideologizadas formadas por cargos
públicos y aspirantes a serlo. Con lo que
una de las fundamentaciones teóricas de las
primarias no existe, a saber, que el
conjunto de afiliados a un partido sea
representativo de los electores que votan
por éste en unas elecciones. Desde el punto
de vista de la teoría de la representación
política, los candidatos representan a los
afiliados, no a los electores, los cuales
con el actual sistema de elección sólo
pueden votar lo que les presentan
precocinado.
Los sistemas de
representación política, anglosajón o
continental, tienen su propio subsistema de
preselección de cargos políticos. En unos
casos, el americano, a través del método de
las primarias, establece el poder de
selección en los ciudadanos preinscritos
como votantes de un partido, que votan
según sus preferencias para decidir el
candidato. En el caso europeo, son los
partidos quienes deciden quiénes son sus
candidatos. Lo que no funciona es utilizar
un método- primarias propio de un sistema
de representación como método para otro.
Cada uno tiene su propia coherencia. En EE
UU el poder de los partidos es menor y el
de los ciudadanos es mayor. En Europa es al
revés. La mezcla provoca disfunciones entre
los candidatos, elegidos por los afiliados,
y las burocracias partidarias, responsables
de los programas, confección del resto de
integrantes de las listas, etc. Experiencia
que se desarrolló en el PSOE durante el
período en que el candidato a presidente
era Borrell y el Secretario General era
Almunia. La bicefalia en el poder no
funciona. El poder reclama jerarquía. Sin
duda hubo otros factores que influyeron,
pero el desastre fue mayúsculo, Borrell,
ninguneado por la burocracia dimitió y
Almunia perdió las elecciones.
Los
dirigentes partidarios son perfectamente
conscientes del déficit de representación
que supone el actual sistema, pero por
mucho que en ocasiones lo reconozcan, nunca
el cambiarlo forma parte de ninguno de los
programas electorales; a derecha o a
izquierda, cierran filas en su defensa,
pues les asegura su poder como élites que
se autorreproducen. Los elegidos deben sus
puestos y sus sueldos a quienes les
designan y no a los ciudadanos. Es el
clientelismo, el mundo al revés:
representan realmente al poder aunque
formalmente se escenifica la representación
popular.
En este contexto, lo que se
presentó como la gran innovación
democratizadora y participativa de la vida
política -las primarias-, es un fracaso
absoluto, como no podía ser de otra manera.
Lo que ocurre es que con el mejor de los
cinismos se obcecan en mantenerlas
figuradamente, obviándolas mediante
argucias, quienes son alérgicos a sus
probables disfunciones, pero son
simultáneamente incapaces de reconocer sus
errores.