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  Viernes, 23 de junio de 2006 Actualizado a las 01:49
 

EL ÁGORA
Primarias

RAMÓN AGUILÓ MUNAR


Parece que el partido de las primarias que no gusta de las primarias va a designar ya al futuro candidato a alcalde de Palma. Lógicamente va a ser una designación a dedo. Lo cual no tiene por qué ser una deficiente designación. Quizá será excelente. Lo seguro es que así tratará de venderse. Lo paradójico es que la persona en la que va a recaer la principal responsabilidad de la decisión, Antich, consiguió su primera nominación en pugna con el Secretario General de su partido, Crespí, en un proceso de primarias, es decir, del voto de los afiliados al partido. Da toda la impresión de que las reglas del juego se siguen cuando sirven a los intereses de los que mandan frente a los de los que quieren mandar; y no se siguen cuando les perjudican. Borrell, uno y no más.

La democracia interna de los partidos es tan plástica que se adapta perfectamente a las necesidades de perpetuación del grupo que en cada momento está en el poder. Se establece una regla general que se vulnera estatutariamente en cuanto es necesario, con una panoplia de argumentos a cual más sibilino, como simulacro de racionalidad y conveniencia, en aras del llamado patriotismo de partido, es decir, la identificación de toda disidencia como traición al propio partido, sobre todo si trasciende a los medios de comunicación.

Como la lucha es impúdica no debe mostrarse, labor ésta de ocultación propia de mistagogos, que enmascara lo que es simplemente una pugna descarnada por el poder en organizaciones desideologizadas formadas por cargos públicos y aspirantes a serlo. Con lo que una de las fundamentaciones teóricas de las primarias no existe, a saber, que el conjunto de afiliados a un partido sea representativo de los electores que votan por éste en unas elecciones. Desde el punto de vista de la teoría de la representación política, los candidatos representan a los afiliados, no a los electores, los cuales con el actual sistema de elección sólo pueden votar lo que les presentan precocinado.

Los sistemas de representación política, anglosajón o continental, tienen su propio subsistema de preselección de cargos políticos. En unos casos, el americano, a través del método de las primarias, establece el poder de selección en los ciudadanos preinscritos como votantes de un partido, que votan según sus preferencias para decidir el candidato. En el caso europeo, son los partidos quienes deciden quiénes son sus candidatos. Lo que no funciona es utilizar un método- primarias propio de un sistema de representación como método para otro. Cada uno tiene su propia coherencia. En EE UU el poder de los partidos es menor y el de los ciudadanos es mayor. En Europa es al revés. La mezcla provoca disfunciones entre los candidatos, elegidos por los afiliados, y las burocracias partidarias, responsables de los programas, confección del resto de integrantes de las listas, etc. Experiencia que se desarrolló en el PSOE durante el período en que el candidato a presidente era Borrell y el Secretario General era Almunia. La bicefalia en el poder no funciona. El poder reclama jerarquía. Sin duda hubo otros factores que influyeron, pero el desastre fue mayúsculo, Borrell, ninguneado por la burocracia dimitió y Almunia perdió las elecciones.

Los dirigentes partidarios son perfectamente conscientes del déficit de representación que supone el actual sistema, pero por mucho que en ocasiones lo reconozcan, nunca el cambiarlo forma parte de ninguno de los programas electorales; a derecha o a izquierda, cierran filas en su defensa, pues les asegura su poder como élites que se autorreproducen. Los elegidos deben sus puestos y sus sueldos a quienes les designan y no a los ciudadanos. Es el clientelismo, el mundo al revés: representan realmente al poder aunque formalmente se escenifica la representación popular.

En este contexto, lo que se presentó como la gran innovación democratizadora y participativa de la vida política -las primarias-, es un fracaso absoluto, como no podía ser de otra manera. Lo que ocurre es que con el mejor de los cinismos se obcecan en mantenerlas figuradamente, obviándolas mediante argucias, quienes son alérgicos a sus probables disfunciones, pero son simultáneamente incapaces de reconocer sus errores.

 
   
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