No sé si acabar, de una puñetera vez,
mis cursillos de esperanto o iniciarme en
chino mandarín, que es el idioma más
hablado, aunque ignoro si entendido, sobre
la tierra. Tampoco sé si celebrar la Nit
de San Joan -gracias, me doy por
felicitado- en el Parque del Mar, en Can
Pastilla o en cualquier otra verbena.
También puede que obvie tanta orgía
artificial y tanto Correfoc per la
llengua i la interculturalitat, que así
llaman ahora los directores espirituales de
la OCB al evento, que hasta la fecha
constituía la celebración mágica del
solsticio de verano, el misterio del fuego
purificador y, en definitiva, el triunfo de
la luz sobre la oscuridad. Un hermoso
imposible, lo sé.
Exponer culturas,
admirar su exotismo, y mostrarlas como si
fueran algo muerto. Ésa suele ser la
primera premisa de la interculturalidad, la
principal y, por supuesto, la más miserable
de todas. La realidad existe para ser
interpretada, que es una forma de
compartirla como en un juicio rápido sin
más condena que saberse parte de ella sin
pretenderlo. A mí me alivia y tranquiliza
escribir sobre gentes que no conozco ni
tengo curiosidad por conocer. Me basta con
saber de sus hechos. O me sobra. No
necesito ser soez como Jordi Bayona
y sus panfletos contra la rojigualda o el
viejo y gordo (sic) Luis Aragonés,
que tanto le duelen.
Por eso no me
extraña que Maria Antònia Munar
cayera rendida ante Jean Nouvel y su
proyecto de Can Domenge. Si el arquitecto
embaucó a Chirac con el Quai de
Branly, un museo ecológico de las
civilizaciones, un refugio simulado en
pleno París, cómo no iba a caer rendida
ante su oropel una nacionalista tan
primitiva como Munar. Los estudiosos de la
interculturalidad adoran las ramas para
columpiarse y la espesura para encontrar
una sombra donde admirar sus bous de
Costitx y la cimera de Jaume I.
Que se los traigan. A ver si así deja la
política y se dedica a la contemplación...
Otro imposible, me temo.